Orwell: una trilogía de la miseria

Sobre tres obras de George Orwell. 

La actual crisis económica parece no tener fin. Tardamos en percatarnos de su presencia, o más bien los medios y la clase política tardaron en asumirla y revelárnosla. Pero la tenemos encima desde como mínimo el 2008. Al principio parecía una de tantas: periodo de recesión y luego remontada al cabo de unos años: y vuelta al (supuesto) crecimiento, al menos el teórico, el de pizarras y porcentajes. (no tanto el de nuestros bolsillos). Pero a principios de este 2012, comprendemos al fin que la cosa es más grave: la crisis es de las del tipo W. O sea, una fase descendente de la economía, seguida por un periodo de crecimiento anémico para volver a la fase descendente unos meses o trimestres después. 2011 fue un año de brotes verdes. Eso se nos decía. De pequeñas plántulas que parecían prometer el inminente deshielo, o así quisimos creerlo. Yo quise creerlo. Comprendemos ahora que la travesía del desierto va a durar mucho: Un ilimitado horizonte rojizo y polvoriento. Y además nada nos garantiza que tras la actual W no llegue una cadena indefinida de Ws.

Vamos, que la cosa va para largo, y que esto que llamamos crisis tal vez sea una nueva forma de “normalidad” a la que tengamos que acostumbrarnos. No un revés o un bache, sino un nuevo standard. Quizá de esta crisis emerjan oportunidades y formas de vida y relación (social, económica, laboral) que ahora vemos en un estado embrionario, pero que podrían dar lugar en el futuro  a un mundo más avanzado, diverso, plural. Más libre y menos encorsetado. Aunque ahora nos parezca justo lo contrario. Pero tampoco estamos en nuestro mejor momento anímico. Nos falta perspectiva.

Perspectiva. Es bueno no perder de vista aquello que tenemos. El enorme potencial del universo dos punto cero, esa tierra prometida surgida casi por arte de magia de unas tecnologías cada vez más cotidianas y rutinarias. Lo he afirmado otras veces, pero no me importa volver a hacerlo: prefiero un mundo en “crisis” disponiendo de la red y sus posibilidades infinitas, que aquellos viejos mundos en (supuesto) “crecimiento” y sin la red. Dicho de otro modo: prefiero mil veces 2012 a 1990 ó 1999. LinkedIn nos salva del horror circular de los viejos anuncios de empleo de La Vanguardia.

Oímos y leemos mucha basura estos dias. Conviene no perder de vista la historia para saber de donde venimos, como era la existencia hace cien, ochenta, cincuenta años. Para valorar mejor aquello de lo que disponemos, para tener una visión más adecuada de las cosas y no caer en un desánimo mayor del necesario.

Qué mejor para ello que la historia y qué mejor que la literatura. Y en particular la literatura inmersa en la trama de la historia, esa que sabe darle brillo estético y emocional, a la historia y las gentes que en ella vivieron. Y qué mejor que esa literatura-testimonio de uno de los grandes: George Orwell. Una de esas figuras que han sabido elevarse por encima del habitual maniqueismo ideológico, un tipo que ha conseguido ser adorado por izquierdas y derechas por igual, y sobre todo por los que aborrecemos esas divisorias.

Todos conocemos sus obras maestras, esas dos o tres que son ya casi tópicos en nuestra cultura. Pero creo que en estos momentos que vivimos, no hay nada más adecuado que sumergirnos en lo que se me ha ocurrido llamar su Trilogía de la miseria: Sin blanca en París y Londres, Mantened la Aspidistra Izada y El Camino de Wigan Pier. 

Orwell, sin blanca

George Orwell es conocido ante todo como autor de dos clásicos contra el totalitarismo: 1984 (1948) y la fábula Rebelión en la Granja (1945). En España, además se reedita constantemente su Homenaje a Cataluña (1938), libro en que recoge sus experiencias de la Guerra Civil.  Además de la crítica al totalitarismo y al imperialismo británico (al que se refiere en Burmese days,1934), otro de sus grandes temas es el de la justicia social, el reparto equitativo de la riqueza y la descripción de la miseria y las penalidades económicas, especialmente en la Inglaterra de los años 30.

Tras su periodo en Birmania como policía colonial británico, Orwell vuelve a Inglaterra en 1927, y se establece en la residencia familiar de Southwald. Comienza un periodo de pobreza, en parte “escogido”, hasta cierto punto similar al de Gordon Comstock, personaje principal de su novela Keep the aspidistra flying. En los años siguientes, vivirá de artículos, publicaciones e impartiendo clases. Se relaciona con el mundo intelectual de Hampstead.

También trabajará como ayudante en una librería, de nuevo lo mismo que Gordon. Durante nueve meses de 1928, y al igual que otros ingleses de perspectivas bohemias y literarias, vivirá en Paris. Entre las actividades remuneradas de Orwell en los meses parisinos figurará la de fregaplatos en un hotel de lujo de la calle Rivoli.

Hay al menos tres obras de George Orwell que tratan del tema de la pobreza:

Down and Out in Paris and London, 1933. Es una crónica autobiográfica. El narrador es el propio Orwell o alguien muy similar. Refiere de una manera muy vivaz sus experiencias en las dos ciudades, sus traslados de pensión en pensión, con las monedas siempre contadas, accediendo a algún que otro trabajo de tarde en tarde, principalmente en restaurantes. Se nos relata la picaresca de la gente de la calle, de los excluidos, las reflexiones políticas en torno al socialismo y la supuestamente inmediata revolución.

Keep the aspidistra flying, 1936. Se trata de una especie de comedia dramática que nos narra las peripecias de Gordon Comstock, poetilla con un mísero libro publicado y aparatosos proyectos de obras poéticas que nunca se materializan, más allá de un montón de páginas emborronadas.

Rechaza el “imperio del dinero” y de la “sociedad respetable”, lo cual le lleva a dar la espalda a cualquier empleo que pueda abrirle perspectivas de desarrollo, incluidos aquellos para los que parece bien dotado. Prefiere trabajos insignificantes que le permitan subsistir, mientras espera poder desplegar algún día todo el arte que cree llevar dentro. Desoye orgullosamente los ofrecimientos de ayuda de su acomodado editor y amigo “izquierdista” Ravelston y los consejos bienintencionados de su sufrida novia Rosemary.

El personaje de Gordon Comstock nos resulta entrañable e irritante a un tiempo. Su cruzada personal contra el “totalitarismo” del dinero no le impide una obsesiva y algo patética preocupación por el “qué dirán” y que la gente perciba que no tiene un céntimo. Es un sujeto más que trágico, tragicómico, vagamente valleinclanesco.

The Wigan Pier Road, 1937. Por encargo del editor Victor Gollancz, Orwell marcha hacia el noroeste de Inglaterra, al entorno de Wigan (entre Manchester y Liverpool), para recopilar material de primera mano acerca de las condiciones de vida de la clase trabajadora en esa parte especialmente deprimida del país. En el camino de Wigan Pier, las dotes de observación y de análisis del inglés se nos aparecen de nuevo en todo su esplendor, algo que tendrá inmediata continuidad con su viaje a la España en guerra y el Homenaje a Cataluña (1938).

Además de una buena lectura, los tres libros de George Orwell, esa “trilogía de la miseria”, nos ofrecen un estimulante background o fondo para estos tiempos de crisis económica de la que, como decimos, parece que tenemos para rato. Habitemos durante unas horas mundos un pelín más duros que el nuestro.

Artículo original 

La vida que no pudo ser

(Sobre Sonia Greene y los dos años de felicidad de Lovecraft en Nueva York)

Creemos saberlo todo acerca de HP Lovecraft, su presencia en Internet es enorme, su artículo de la wikipedia tiene tres cuartos de la extensión del de Dickens. Uno de los autores más populares del siglo XX (y XXI), ha “enterrado” a decenas de escritores que en su momento tuvieron el reconocimiento de la crítica. Y más allá de la literatura de género en la que ha solido encerrársele, en América empieza hoy a serle reconocida una condición casi canónica.

¿Pero quien fue este ser capaz de crear en torno suyo un culto póstumo tan desmedido, el creador de un universo de horror material de estética impecable, que ha sabido tocar fibras ocultas de nuestra sensibilidad?

A pesar de todo lo que se ha escrito sobre el autor de La llamada de Cthulhu, persisten no pocos enigmas. Michel Houellebecq en su intenso ensayo Lovecraft contra el mundo, contra la vida (1991) nos cuenta como el biógrafo Sprague de Camp remata su largo estudio de 500 paginas de esta manera: “no pretendo entender completamente a Howard Philips Lovecraft”.

Primeros años

Nació en 1890, en Providence. En 1898, su padre, agente de comercio, murió enloquecido en una habitación de hotel, a causa de la neurosífilis. A partir de entonces, Lovecrat sería educado (y sobreprotegido) por su madre y dos tías.

En 1908, la mala gestión del modesto patrimonio llevó a la familia a tener que mudarse, lo que fastidió mucho al joven Lovecraft. Entre 1908 y 1913 puede decirse que no hizo absolutamente nada, aparte del ejercicio de la lectura y algún pinito poetico.

No consiguió su diploma de enseñanza secundaria, algo que lo acomplejaría de por vida, y que socialmente ocultaría. Esto iba a frustrar además su acceso a la Universidad. Antes de cumplir los veinte años, Lovecraft se veía ya completamente seco desde un punto de vista emocional. De la existencia sólo le interesaban la maravilla y el terror, patrimonio de los sueños, y al difícil ejercicio de recrearlos dedicaría su literatura futura.

Conoce a Sonia (1922)

Hacia 1916 iría abriéndose un poco más al exterior, y saliendo de su aislamiento, especialmente a través de las revistas, la escritura y la correspondencia con otros aficionados. Empezó, pues, a escribir historias, bajo la influencia de autores como Lord Dunsany.

En 1922, en un encuentro de periodistas amateur en Boston, conoció a Sonia Greene. Mujer independiente, era siete años mayor que Howard. Tenía un negocio propio: una tienda de sombreros de moda. Era de origen judío ucraniano, lo que en principio no resultaba prometedor cara al judeófobo Lovecraft. Pero ocurrió lo increíble: Sonia se enamoró de Lovecraft, que, más increíblemente todavía, se enamoró a su vez.

Qué poco dura la felicidad

Se casaron en 1924 y se establecieron en Brooklyn, Nueva York. Aquel periodo entre 1922 y 1925 fue quizá el mejor de la vida de Lovecraft. Se abrió a las relaciones sociales, volviéndose casi agradable y jovial. El matrimonio y un círculo neoyorquino de amigos parecían sentarle bien. Comenzó a soñar con una carrera literaria, con el éxito incluso. Pero todo se vendría abajo sin que nada realmente catastrófico llegara a suceder.

Lo que sucedió fue algo que hubiera podido superarse, pero que acabó siendo definitivo. Sonia vio como su negocio de sombreros quebraba, lo que la obligó a buscar trabajo fuera de Nueva York. Lovecraft también se vio obligado a dejar de lado sus ínfulas clasistas de aristócrata de pega y hubo de empezar a enviar cartas de solicitud de empleo.

Pero lo hizo con una falta de maña impresionante. No se molestaba en ocultar lo mucho que le fastidiaba tener que entrar en el mundo material del trabajo, tener que mostrar preocupación por el dinero y el salario. Percibía como denigratorio el verse en la necesidad de escribir esas cartas de búsqueda de empleo.

Su torpeza a la hora de venderse le llevaba a mencionar cualquier pasado rechazo de su candidatura. Y por una especie de orgullo mal entendido no se olvidaba de revelar, cuando se trataba de enviar un relato a un editor, que el relato ya había sido rechazado, si este era el caso.

Fracaso en Nueva York

El fracaso de Lovecraft para encontrar trabajo alguno lo hundió en una espiral de autodesprecio. Ver como esa Nueva York babilónica, llena de inmigrantes de todos los orígenes, era una jungla en la que parecían no servirle de mucho sus orgullosos orígenes anglosajones, fue algo que no le sentó demasiado bien.

Su racismo latente acabó disparándose de una manera grotesca. La horda italo-semítico-mongoloide (así la llamaría, literalmente) en medio de la cual había de competir sin éxito alguno, crearía en él una explícita xenofobia, que no se abstuvo de dejar por escrito.

Al final, ocurrió lo que estaba cantado y hacia 1926 acuerda un divorcio con Sonia Greene, tras lo cual Lovecraft volvió a Providence, donde vivirá con sus tías. Aquí empieza realmente su obra literaria, sus relatos y novelas principales, como At the Mountains of Madness o El Caso de Charles Dexter Ward.

Vuelve al aislamiento, sólo roto por su amistad y relaciones epistolares con aficionados y escritores, gentes como Auguste Derleth o Robert Bloch. Pero para seguir escribiendo de Lovecraft habríamos ya de concentrarnos en su obra y su culto, y esto era sólo una pequeña nota biográfica. Morirá en 1937 de un doloroso cáncer intestinal. Sonia no habría de enterarse hasta 1945.


Publicado en 2010 en Suite 101 

Javier Marías: veneno y sombra

Impresionante el talento de Javier Marías para construir historias irresistibles con una técnica que es ya su imagen de marca: un ininterrumpido flujo de conciencia repleto a menudo de especulaciones filosóficas, con abundantes y larguísimas digresiones y una aparente despreocupación a la hora de violar la linealidad de lo que se narra. Un material que plantea de entrada una gran exigencia al lector y parece poner a prueba sus nervios: el relato de los sucesos de un solo dia puede abarcar un volumen entero o casi. Pero el autor madrileño sale asombrosamente airoso de tales audacias editoriales, y el interés del lector no decae en ningún momento. Lo cual es un caso de estudio.

Los tres volúmenes de Tu rostro mañana (2002, 2004, 2007) son su cima narrativa hasta la fecha. Se añaden a sus grandes novelas de los noventa, como Corazón tan blanco (1992) o Mañana en la batalla piensa en mí (Rómulo Gállegos en 1994), pero en mi opinión Marías aquí las supera.  Sobre todo con la magistral tercera parte de esta trilogía, o más bien novela en tres entregas: Veneno y sombra y adios.

En Veneno y sombra y adios (Tu Rostro mañana, 3) prosiguen las andanzas de Jaime Deza, el alter ego de Javier Marías, que toma prestados muchos elementos biográficos del autor. Este escritor o académico, antiguo profesor durante un bienio en Oxford en la década de los ochenta (como Marías), que escapa de Madrid y de un matrimonio naufragado para recalar en un Londres de sueños. Allí trabajará para el enigmático e inquietante Bertram Trupa, y lo hará en un organismo de inteligencia que cuenta con el Estado británico y sus departamentos como clientes principales, así como de notables particulares. Deza pondrá su creatividad y presciencia al servicio del equipo de Tupra. Indagación psicológica. Narración de vidas. Seres escrutados hasta el último recoveco. Proyecciones de las que dependerán destinos. La novela nos presenta una trama de espionaje con constantes flash backs históricos referidos principalmente a la segunda guerra mundial o a la guerra civil española, y al pasado de personajes clave en el cosmos de Tu Rostro mañana como John Wheeler o Toby Rylands.

Presente como siempre en la novela esa habilidad miniaturista de Marías para dejar en el lector, gracias a una endiablada y personalísima técnica descriptiva inserta en el flujo de conciencia, una sensación casi pictórica. Emerge de las descripciones de escenas y personajes como de la gozosa contemplación de un misterioso cuadro o pintura.

Y de nuevo ese stream of conciousness, más digresivo y lánguido que nunca. Si bien, una lanquidez recorrida en Veneno y sombra por momentos de tensión e intenso nerviosismo. Unos momentos de filos muy cortantes, sangrantes, crueles. Una vez más, un Marías impresionante.

La disolución del presente

(Sobre El mapa y el territorio)

Otra extraordinaria obra de Michel Houellebecq: El mapa y el territorio, ganadora del Goncourt en 2010, un premio nada fácil y cuya concesión implica ni más ni menos que el reconocimiento por parte de la casta literaria francesa de la categoría del autor. Que no ha sido domesticado ni mucho menos, digan lo que digan algunos. El francés no ha perdido nada de su irresistible gelidez. Su lectura sigue siendo tan tétrica como estimulante e intensa.

La novela se mueve cronológicamente a lo largo de la vida del protagonista, el artista plástico y fotógrafo Jed Martin, desde el momento de su nacimiento hacia 1975 o 1976 hasta su muerte a mediados del siglo siguiente. (Si bien la época central de la historia corresponde a la década de 2010). La narración toma por momentos la forma de una especie de ensayo biográfico de un autor desconocido, que escribiese en un futuro más bien remoto, quizá a un siglo de distancia. Como “ensayo”, el texto tiene un tono muy humanístico, con ideas muy elaboradas en torno al impacto del personaje principal (Jed Martin) sobre la cultura artística de su tiempo, su legado e influencias. Y con la presencia a lo largo de la reflexión, y como suele suceder en Michel Houellebecq, de las dos grandes fuerzas de la civilización humana: la ciencia y la tecnología, sin las cuales es imposible construir ningún discurso intelectual serio.

Vida de Jed Martin, el mayor artista de la primera mitad del XXI

El artista Jed Martin, que está destinado a convertirse en el porvenir (o “presente” de este ensayo imaginario) en una figura legendaria de la historia del arte, comparte espacio y tiempo con figuras tan actuales y reconocibles como Bill Gates, Steve Jobs o hasta Abramovich, el multimillonario propietario del Chelsea. Algo que contribuye a que el lector se afiance  mentalmente en esa época (la suya, la nuestra) y experimente con más eficacia su progresiva disolución a lo largo de la novela, al transmutarse poco a poco en un pasado lejano. El mapa y el territorio es desde ese punto de vista un eficaz y momentáneo antídoto contra el casi cómico presentismo que la civilización de occidente padece desde hace un siglo o más.

En un momento clave de su carrera, y tras haber hecho el tránsito de una fotografía objetual de vanguardia hasta una pintura falsamente figurativa, Jed Martin “inmortalizará” a dos individuos esenciales en el marco económico y tecnológico de la década del 2010: Bill Gates y Steve Jobs, y lo hará en un cuadro con la misma densidad psicológica de los de Velázquez. En la obra, que lleva el título de Bill Gates y Steve Jobs conversando sobre el futuro de la informática o la conversación de Palo Alto, nos muestra  a los dos personajes departiendo en el porche de la mansión californiana de Jobs, relajados frente a un tablero de ajedrez. Ante la pintura, los críticos y académicos del futuro, proclamaran con su habitual capacidad de penetración simbólica, que la obra recoge nada menos que la historia del capitalismo. Un capitalismo, por cierto, que según proclama Houellebecq en su libro, se encuentra en sus instantes finales: hacia 2016 tiene lugar otra devastadora crisis económica mundial, peor aún que la de 2008, lo que prácticamente supondrá la inminente liquidación del actual sistema económico. Aunque el autor no nos da idea alguna sobre qué puede substituirlo.

Michel Houellebecq, personaje de El mapa y el territorio

La novela o imaginario ensayo futurista nos expone la peripecia y detalles biográficos de Martin, sus experiencias vitales y sexuales, su itinerario intelectual y artístico, que ha de convertirlo un siglo más tarde en un artista aparentemente del tamaño de Picasso, Bacon o Kandinsky. La narración lleva en todo momento la marca de Houellebecq y no faltan la habitual desolación hacia la decadencia física de los cuerpos o la aparente imposibilidad de superar alguna vez nuestra desgraciada condición de partículas elementales.

Y el propio Michel Houellebecq aparece como personaje. Y lo hace de una manera sencillamente genial, insuflándose a sí mismo a un tiempo misterio y verosimilitud como criatura literaria. Triste y desvalido, aunque también sutil y punzante. Elementos del tópico mediático Michel Houellebecq conviven con reflexiones íntimas e irónicas. Y en el tramo final, el personaje se va a convertir en el trágico elemento central de lo que se transmuta en una absorbente novela policíaca. Casi del mismo modo en que Las partículas elementales (1998) se convertía, también en su último tramo, en increíble (y de la buena) ciencia-ficción.

La disolución del presente

Mucho hay en las páginas de El mapa y el territorio. Ideas, peripecias, psicologías desplegadas. Gozos y dolores. Perspectivas sombrías. Indagaciones creativas. Reflexiones sobre el futuro de Francia, la preservación de la cultura y el legado del pasado. Los chinos, nuevos dueños de Europa, van a ser unos barbaros mucho más ilustrados de lo que fueron en su día los estadounidenses: su dinero ayudará a preservar el pasado y la cultura. La novela también se explaya con soltura e ironía sobre el mercado del arte y las relaciones que establecen entre sí los representantes del gran mundo cultural y económico. El autor francés Frederic Beigbeder, aparece también como personaje en el libro y como amigo íntimo, o único, de ese esquivo escritor llamado Michel Houllebecq, que reside en Irlanda. Pero lo más destacado de El mapa y el territorio, desde mi punto de vista, es ese presente nuestro que se va disolviendo página a página hasta transformarse en un pasado remoto, del que solo permanecerán su arte, sus ideas y su ciencia, igual que ha sucedido con cualquier época pasada, desaparecida en el gran rio del tiempo. Ese presente, tan avasallador él, tan opresivo, y tangible, se convierte en texto, en historia, en sueño. En pensamiento.

Gran, gran novela. Grandísimo autor.

Fredric Brown (1906-1972)

Redescubriendo estos dias al gran Fredric Brown en mi Kindle. El autor estadounidense fue una de mis primeras lecturas como early teenager. Y la cosa no dejaba de resultar adecuada, ya que fue uno de los grandes maestros de la época pulp, aquella edad de oro de las revistas policíacas y de ciencia ficción o fantasía que arreciaban en los kioscos estadounidenses en las décadas de los treinta y cuarenta principalmente. Y que justamente devoraban los adolescentes de la época. En especial aquellos con inquietudes científicas, en el caso de la SF. De ahí salieron brillantísimas obras y autores que acabaron convertidos en clásicos. Nuevos Balzacs o nuevos Dickens, porqué no, que también estos dos emergieron de la literatura popular antes de dar el salto a los programas académicos y a la veneración crítica.

Conocía grandes obras como The screaming Mimí o One for the road, que me impresionaron en su dia. El Fredric Brown noir o policíaco. Curiosamente estaba menos familiarizado con el Brown autor de ciencia-ficción, a pesar de mi devoción (que sigo conservando) por ese tipo de narrativa. Asimov, Heinlein o Blish no dejaron mucho espacio a los demás. Hubo una excepción: la famosa antología de relatos de ciencia-ficción prologada por Robert Bloch (y por Miquel Barceló en la edición española) Lo mejor de Fredric Brown (1976). Aparte de ese volumen, que devoré en la edición de Bruguera de 1988, no conocía gran cosa de las incursiones del magnífico autor en uno de los géneros, la SF, que habían cimentado su leyenda.

Dos clásicos de la ciencia-ficción

Descubro ahora por primera vez dos clásicos del Brown autor de SF: What Mad Universe (1949) y The Mind thing (1961). Dos rotundos pulps, sí, pero de alta categoría. Con personajes vivos, reflexivos y proactivos, muy norteamericanos,  a quienes les suceden cosas en apariencia sobrenaturales (aunque rigurosamente enmarcadas en la explicación racional) y a las que se sobreponen con audacia, ingenio y sentido práctico. Los argumentos irresistibles, con momentos de tensión colocados con mano experta y no pocas dosis de humor e ironía, junto a un inequívoco sabor de época (1940s, 1950s). La capacidad endiablada del autor de Ohio para atraparte, algo que no puede dejar de analizar el aprendiz de escritor. Ingredientes que hacen de estas obritas una experiencia literaria de primer orden. Del mismo modo que el jazz, popular en su dia y contemplado con suficiencia por los highbrow del momento, es hoy dia una música casi elitista, lo mismo podría decirse de los grandes clásicos del mundo pulp, de aquellas inolvidables literaturas estadounidenses de kiosco que arreciaron en el segundo tercio del siglo XX.

(Ahi van dos enlaces de las versiones castellanas de What mad universe y The mind Thing. Primero os bajais los PDFs (o los Word, que habreis de convertir a PDF) Luego los pasais a MOBI con el Calibre y a continuación directo al Kindle. Enjoy!)

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Recupero una pequeña reseña del 2002 sobre la antología Lo mejor de Fredric Brown.

El espléndido escritor de género que fue el norteamericano Fredric Brown (1907-1972) encuentra en este volumen una excelente antología de algunos de sus mejores relatos. La recopilación corre a cargo de Robert Bloch, el célebre autor de Psycho, e incluye algunas muestras de la habilidad inigualable que tenía Brown en la técnica del relato corto o supercorto. Algunas de estas mini-narraciones, como Imagínate, Pesadilla en amarillo, Experimento o Aún no es el fin son simplemente inolvidables para cualquier lector aficionado. En el volumen encontramos también cuentos algo más largos, como Nada serio o Arena, que resultan igualmente impagables y que forman parte, muy probablemente, de lo mejorcito que se ha escrito de entre las toneladas de literatura de ciencia-ficción que produjo el cientifista siglo XX. El autor de Cincinnati no sólo cultivó el relato breve, también escribió novelas y narraciones largas como Marciano vete a casa (1955) o la Mente asesina de Andrómeda (1961).

Para mi, Brown es un autor especialmente entrañable. Una de mis más remotas lecturas fue la policíaca Un trago para el camino (One for the Road), en el número 21 de aquella popular colección de quiosko de la extinta Editorial Bruguera Club del Misterio, cuyos volúmenes conservo como oro en paño. Más tarde, y justamente de la mano de Bloch y su The best of Fredric Brown, descubriría al Brown autor de ciencia-ficción. El libro es una excelente introducción al mundo de un escritor imprescindible en la literatura estadounidense de género del ya pasado siglo. Cuenta, además de las decenas de relatos, con una presentación del antologista Robert Bloch (que trató personalmente a Brown) y un prólogo de Miquel Barceló, probablemente la máxima autoridad en materia de ciencia-ficción de nuestro pais. (SGL, 2002)