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Archivos Mensuales: agosto 2011

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Mediados de la década de 1970. Tres niños, casi preadolescentes, juegan en una calle de un barrio obrero de Boston. Pierden la pelota con la que jugaban, y como alternativa se ponen a tramar alguna travesura. Una de las ideas es nada menos que la de arrancar un coche y dar un pequeño paseo. Al final optan por una gamberrada más modesta: grabar sus nombres en una pequeña área de cemento aún no solidificado, de una obra del ayuntamiento.

Dos tipos salen de un coche e interrumpen la tarea de los chicos. Pretenden ser policías o algo por el estilo. Se ponen a regañar a los críos con agria dignidad comunitaria. Les preguntan nombres y direcciones. Al final, uno de ellos es introducido en el coche, presuntamente para llevarlo a casa y conversar con su madre acerca de su comportamiento incívico. Los otros dos contemplan atónitos como el coche se aleja.

El drama que los marcará

El extraño asunto se clarifica en seguida, y el drama aflora. Los tipos no eran policías sino pederastas. Cuatro días tendrán a Dave encerrado en un sótano, mientras lo someten a todo tipo de abusos. Logra escapar de algún modo y volver a casa. Pero toda su vida le acompañará el trauma, y algo se habrá roto también en sus dos amigos, los que tuvieron la suerte de no ser metidos en el coche.

Casi tres décadas más tarde, se reúnen de nuevo los tres, ahora cerca de la cuarentena. Han seguido siendo vecinos del mismo municipio durante todos esos años, aunque no profundizaron en su amistad, y sus caminos en la vida han sido distintos. Se reconocen vagamente por la calle, se saludan y poco más. Suele pasar. Aunque en este caso, hay aquella experiencia subterránea que los tres conocen y que los sigue uniendo con un hilo invisible, aunque la hayan alejado de su conciencia.

Jimmy, Sean, Dave: tres psicologías

Jimmy Markum, Sean Devine y Dave Boyle. Tres arquetipos, tres psicologías diferentes. Dave (Tim Robbins), quien sufrió el abuso, está ahora casado y con un hijo pequeño. Sin formación cualificada, se dedica a trabajos precarios. Su entorno, el barrio obrero, no le ha ayudado a ello, y ha carecido de fuerza o recursos para prosperar académica o profesionalmente. Tiene un mundo interior enfermizo, producto del antiguo trauma, aunque se esfuerce por ver la luz y salir del túnel. No ha sido amado. Es dudoso que sus padres, tras la huida de su infierno, lo recibiesen con los brazos del todo abiertos, en ese barrio prejuiciado. Alguien en algún momento dijo, con brutalidad, que Dave era una “mercancía averiada”.

El adulto Dave permanece a veces en la oscuridad de su casa, dialogando consigo mismo, recreando ensoñaciones sobre el niño que escapó de los lobos. Tiene diálogos algo sombríos con su hijo pequeño. Una noche vuelve aterrado a casa de madrugada, con sangre y una mano herida y una extraña historia acerca de un supuesto atracador que le atacó y al que, según dice, puede haber matado. Se va volviendo más y más extraño. Su mujer (Marcia Gay Harden) le irá cogiendo un miedo creciente partir de ese momento crucial.

Jimmy Markum (Sean Penn) es alguien que tuvo una adolescencia desordenada, de delincuente juvenil. Pasó en chirona dos años. Fue padre de una niña. Su mujer, con la que estaba muy unido, murió. Casado en segundas nupcias con Annabeth (Laura Linney), tiene con ella dos hijas más. Es propietario y gestiona una gran tienda de comestibles, que cuenta con uno o dos empleados. Tiene unos ingresos estables, y parece bien integrado en la vida de la comunidad. Pero bajo la piel del ciudadano ejemplar, conserva un trasfondo oscuro y violento. Su amor por sus tres hijas y en especial por la mayor (Emmy Rossum ) la que tuvo con su primera y fallecida esposa, es sin duda sincero.

Por su parte, Sean (Kevin Bacon) es el que mejor parece haber funcionado de los tres muchachos. Fue a la Universidad y ha hecho carrera en la Policía Estatal de Massachussets. En lo educativo y profesional es quien ha llegado más lejos, pero también tiene sus neurosis y desarreglos. Su mujer embarazada acaba de abandonarlo. Mientras tanto se concentra en su trabajo.

MysticLa tragedia que los reúne

El suceso que va a reunir de nuevo a los antiguos amigos de la infancia, más allá del saludo, va a ser el asesinato de Katie, la hija mayor de Jimmy Markum. Jimmy, que tenía con su hija una relación de gran afecto y complicidad, se sume en una especie de desesperación controlada y fría. Ese oscuro fondo suyo va a salir otra vez a la superficie. Para complicar las cosas, Dave (que vio a Katie la noche de su asesinato) aparecerá como inesperado sospechoso. Mientras tanto, Sean será el encargado de llevar la investigación, y no podrá evitar sentirse implicado a causa de la antigua amistad con Jimmy y Dave. Y del recuerdo de la experiencia que compartieron.

Las vivencias de los tres han sido diferentes, y es diferente su visión de las cosas. Y sus naturalezas de partida quizá lo fueran también, al margen de las trayectorias que vendrían luego. En realidad no se eligieron como amigos, simplemente eran muchachos del vecindario. La amistad, como el amor, es una cuestión no tanto de elección como de oportunidades.

Contemplaremos las fricciones entre ellos, las reservas y malentendidos, a veces también la empatía y el afecto. He aquí el punto fuerte de la película de Clint Eastwood. El estudio psicológico de los personajes, ayudado por unas interpretaciones de antología por parte de los actores, en especial de Sean Penn. Diálogos solventes, exteriorización vigorosa, silencios cargados. Y escogidos momentos de tensión y violencia. La trama detectivesca y noir que tira de la historia es eficaz y con buenos golpes de efecto, aunque quizá no está a la altura del impecable dibujo de personajes y escenario.

“Mystic river,” la permanencia del pasado

El pasado y su permanencia, es protagonista en Mystic river. El pasado nos condiciona con fuerza, y condiciona el carácter mismo que tendrá el presente. Es posible editar y reformular el pasado, si se cuenta con recursos intelectuales o emocionales para ello. No es el caso de Dave ni quizá tampoco de los otros dos. El pasado puede devorarnos si es insidioso y dejamos que crezca en nosotros. Ciertas experiencias tempranas van a determinar con tozudez nuestra identidad. Al igual que Dave Boyle, a veces somos víctimas y encima se nos reprocha con crueldad nuestra condición de tales. Y en frente, están los otros, que pueden ser amigos o enemigos. O indiferentes. Según sople el viento, la naturaleza o el azar.

Publicado originalmente en Suite101: “Mystic river”, un clásico reciente de Clint Eastwood | Suite101.net

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Hacia el año 2000, el PSOE se encontraba en una situación complicada. Hacía solo unos meses que se habían celebrado unas elecciones generales en las que el PP se hizo con una aplastante mayoría absoluta. Era su segunda victoria, tras la obtenida por mayoría simple en 1996.

El partido de José María Aznar estaba en la cresta de la ola. La economía parecía ir de perlas, con fuertes crecimientos anuales. Se había aprobado con nota la entrada en la moneda única, considerada auténtica prueba de fuego para la economía española, que además se internacionalizaba como nunca antes, potenciando su perfil inversor en el extranjero.

Desconcierto en el PSOE

Por su parte, el PSOE se hallaba sumido en el desconcierto. La vieja dicotomía izquierda-derecha que tan bien solía explotar a su favor, parecía ir quedando cada vez más desdibujada frente a los éxitos económicos del PP. Qué clase de discurso había que hacer de cara al futuro para reflotar la nave socialista, para ilusionar de nuevo a la “izquierda”, era una pregunta de respuesta nada fácil.

Para colmo, en el PSOE se había vivido hacía muy poco una peliaguda batalla interna. Dos años antes, en 1998, tuvo lugar en el partido un publicitado proceso de elecciones primarias que había de elegir candidato a la presidencia del Gobierno. Los contendientes eran Joaquín Almunia, preferido del aparato, y el indómito Josep Borrell, candidato de las bases. Para sorpresa y disgusto del aparato, las bases impusieron a Borrell, que fue proclamado candidato.

En 1999, Borrell acabó renunciando por su falta de entendimiento con Almunia, que había conservado la secretaría general, y este recuperó la candidatura a la presidencia del gobierno, tal y como había pretendido la dirección desde el principio. Y fue él quien se llevó el varapalo en las urnas.

Congreso del PSOE (2000): victoria de Zapatero

En el Congreso, se había de escoger nuevo secretario general y candidato a la presidencia cara a las siguientes generales, previstas para 2004. Se presentaron cuatro candidatos. Tres de ellos eran figuras de peso dentro del partido: José Bono, Matilde Fernández y Rosa Díez. El cuarto candidato era un joven y desconocido diputado por León: José Luis Rodríguez Zapatero.

(…)

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