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Archivos Mensuales: febrero 2013

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Ah, Montilla. Pensábamos que era un tipo más bien simple y sin luces, especie de muñequito de trapo en la mano juguetona de Carod-Rovira, figurita de plastilina de la calle Nicaragua.

Ahora vemos que bajo su mandato se produjeron en Cataluña sucesos frente a los cuales el Watergate fue una gamberrada de chiquillería callejera, pelota y cristal roto.

Espionaje y escuchas, micrófono y cableado oculto. La Vida de los Otros en La Camarga. Descubrimos que Montilla era tan complejo y malvado como el mismísimo Richard Nixon. Ahora necesitaríamos algo que no tenemos: un David Frost que durante dias y semanas desmadejara esa complejidad y esa maldad para la audiencia. Que le arrancara al Yago disléxico confesiones, frases para la historia.

Yo anhelaría algún titular explosivo como aquel que Nixon le regaló a Frost, tras muchas horas de agotadora entrevista televisada: ” Si el presidente lo hace, entonces NO ES delito!” Algo que revelaría a nuestro tranquilo socialdemócrata como un secreto lector de Carlyle; un republican en el sentido más estadounidense y cafre. ¿Como podría explicarse si no lo que vino después?

Es increíble lo que el tiempo nos va descubriendo. Como nos obliga a redefinir las biografías, los personajes. Montilla era una oscura criatura shakespeariana, especie de Macbeth alopécico. Vemos ahora que Carod a su lado no llegaba ni a brujita de prólogo.

http://www.elmundo.es/elmundo/2013/02/11/barcelona/1360588153.html

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No me canso de ver Night of the Hunter. Es un enfrentamiento entre el Bien y el Mal (nada nuevo) en un entorno pastoral de llanuras infinitas, de cosechas laboriosas, granjas, ríos e iglesias; de gente campestre profundamente estadounidense, como salida de ese American Gothic, la pintura quintaesencial de Grant Wood. El Bien y el Mal, como en Melville, Tolkien o El Génesis. El Mal es aquí gratuito y puro, y no parece consecuencia de la injusticia, la miseria o la desestructuración. Simplemente es: forma parte de la realidad del mundo. Robert Mitchum es un psicópata de Biblia y cuchillo, y que nadie busque una explicación de su maldad criminal. No la hay, o la historia la ignora: el tipo es así. Es su carácter o su naturaleza. Lo percibe rápidamente el espectador en su alucinante monólogo inicial, tras cometer un primer crimen: mientras conduce el automóvil sin techo sobre la llanura hablándole a ese Dios que ahí está, supuestamente colgando en el cielo, escuchando sus razones. Un espeluznante diálogo, a la altura del de Norman Bates y su madre, en una película que aún estaba por hacer.

Mitchum es la compleja (por incomprensible) expresión del Mal. ¿Y el Bien? El Bien es simplemente el de aquellas gentes que viven y trabajan en esa Virginia Occidental de la Depresión, que van a la iglesia con fe de autómatas o sin fe, que conversan y festejan bajo el tórrido cielo del casi medio oeste. Los pequeños hijos de Shelley Winters (dos de los actores infantiles más formidables que se hayan visto en una pantalla) son el “Bien” que escapa, a través de los campos, y de la noche, y duermen en granjas abandonadas, o se deslizan en barca sobre silenciosos lagos nocturnos. Huyendo de ese Leaning on the Everlasting Arm, el aterrador estribillo del reverendo.

Hay momentos de estremecedora poesía en Night of the Hunter. Como ese en que los dos pequeños hermanos escapan por un pelo de Mitchum, empujando la barca un segundo antes de que el reverendo asesino pueda arrojar su corpachón en ella. A continuación, Laughton nos regala unos minutos mágicos, de terrores infantiles, sueño y música. Esa barca moviéndose en la soledad de la noche estrellada, la indefensión de los niños, la inocencia y la voluntad. Un momento Mark Twain, vagamente gótico.

Algo esencial en la increíble (y única) película de Charles Laughton: aquí el Bien sabe defenderse. Quizá porque ser “Bien” es algo abnegado y costoso, un nada fácil ejercicio de autodisciplina, sobre todo en esa Depresión, en esos tiempos difíciles en los que el Mal forzosamente crece. Lillian Gish acoge a los niños fugitivos, ya huérfanos, y planta cara por ellos y por un espacio moral (el suyo), trabajado y que cree recto; lo hace con su Biblia y sus sermones, y con historias y cánticos. Pero también con energía y valor, y con un rifle más grande que ella misma.

4036896556_9e59a28e20_o¿Qué fue de la Generación X, básicamente aquellos nacidos a lo largo de los setenta, año arriba, año abajo?  Su versión española ha sido especialmente desgraciada. Hacia 1995-96 se van asomando al mundo adulto, a la dura vida responsable, las profesiones y el mercado laboral, la búsqueda de vivienda y los laboriosos (luego no tanto) créditos ¿Qué se encontraron? Pues, tachán, una España en crisis, en recesión económica desde como mínimo 1993, con un paro superior al 20%, y un reguero de corruptelas y escándalos, además de una insoportable crispación mediática. Y un reciente cambio de gobierno que se lanzaba a reformas impopulares. ¿Nos suena todo esto de algo?

Pero además, había que bregar en la época con una desventaja muy grave: en 1996 no había Internet (en la práctica), ni redes sociales, ni smartphones, ni vuelos lowcost. Irte a Londres, por ejemplo, era una aventura nada barata y casi temeraria. Y el abrelatas de las relaciones sociales y afectivas era todavia penosamente analógico. Había que lanzarse a la calle, al campus, a los cafés, al mundo noctámbulo o a los anuncios por palabras.

En 1996, Pedro Maestre, un joven de 29 años hoy olvidado, ganó el Nadal con su novela Matando dinosaurios con tirachinas. Alguien debería reeditarla. Al igual que el autor, su protagonista era un joven licenciado que no encontraba trabajo ni de coña y se dedicaba a masticar su hastío. Año 1996. Luego vendría en España una década de crecimiento económico caótico y bastante falsario, pero que nos hizo creer que el cutrerío ancestral del país quedaba atrás.  Read More

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