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Archivos Mensuales: enero 2007

Servidor, comentando (en Radio Kanal Barcelona) El Adversario, de Emmanuel Carrère, libro que, según aseguro ante el micrófono, me arrancó un trozo de hígado.

También aludimos al Quadern Gris, de Pla y al mundo bloggero. La Intervención tuvo lugar el pasado més de diciembre.

http://www.goear.com/listen.php?v=f3ddd6a

(Gracias Inés, por recuperar la grabación)

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Este es el tema sobre el que Chiaravallotti y yo hemos pensado debatir el miércoles en el pequeño espacio mensual que tan temerariamente Inés Butrón nos concede en Radio RKB. Claro que en torno a esto, hay tres posibles enfoques: ¿Muerte del libro en tanto que objeto físico o soporte, de la manera en que el vinilo cedió paso al CD? ¿Muerte del libro -o pérdida de protagonismo- en tanto lenguaje verbal escrito, frente a lo audiovisual? O finalmente, ¿Muerte de la Literatura, de la narrativa de ficción?

El tema da juego. A ver si estamos inspirados. Chiaravallotti seguro que lo está. Intentaré que no se me coma y poder al menos intercalar o balbucear alguna intervención en medio del previsible torrente del italo-argentino.

Hoy he pasado la tarde retocando textos, relatos. Narraciones breves que han de ir al tomito que proyectamos Jebluss y yo. Creo que podré juntar una cuarentena de páginas, o más, si consiguo crear algo en los próximos meses. Estoy un poco seco de ideas, pero bueno.  Si todo va bien, el tomito podría aparecer en Marzo o incluso antes; y el 23 de Abril -cual autores mediáticos- podríamos “catapultarlo”. Habremos de desgañitarnos presentándolo en cuantos cafés y librerías de los barrios freakies de BCN sea posible.

Siempre he tenido la fantasía -ya que jamás lo leí en sitio alguno- de que Mary Shelley se inspiró en Las Ensoñaciones del Paseante Solitario, de Rousseau para diseñar a su monstruo lloroso. ¿Quien fue Rousseau, quien fue ese ginebrino excluido, ese ser deambulante, apartado del siglo y de la luz, el tipo que eclipsaría (que borraría) a todas las luminarias (el jactancioso Voltaire del que tan poco queda hoy dia, más allá de sus poses) de aquella ordenadita e ingenua centuria, ese XVIII tan cegato en su exposición del ser humano y su complejidad, de sus muchas dimensiones?

J.J. Rousseau: un monstruo de Frankenstein de las Luces. Un romántico extraviado en el siglo atontadamente racional, un precursor de las Razones del Corazón que la Razón no entiende (Pascal dixit, cien años antes). El solitario al que volverían la mirada amontonadas generaciones del porvenir.

Voltaire: alguien incrustado en su época. Empelucado, un Salieri, nada más.

Pascal, Rousseau, Kierkegaard, Nietzsche, Junger: uno por siglo. ¡Qué monstruos tan bellos, que agradablemente Mozartianos, como supieron (ellos sí!) desincrustarse!

¿Qué extraño mecanismo es el de la nostalgia? ¿Cual es su papel en el contexto de la supervivencia de los individuos? ¿De qué nos salva, de qué nos permite huir ese apego a lo que ya se fue, con independencia de que fuese alegre o doloroso? A nuestro parecer cualquier tiempo pasado fue mejor, dice el traido y llevado verso manriqueño ¿Por qué, por qué ese rasgo psicológico que nos empuja hacia el pasado?

Muchas veces me he visto sorprendido por ese extraño efecto. De repente, recuerdo con una especie de dolor placentero sucesos de años, meses o incluso semanas atrás, cuyo único mérito apreciable es pertenecer a lo ya pasado, a lo que se fue. Y lo curioso es que tales momentos pretéritos pueden perfectamente referirse a una época nefasta de mi vida. Entonces, y una vez más, ¿por qué me arrastran, por qué me obligan a volver la mirada hacia ellos, cuando deberían repelerme?

Creo dar con la respuesta. Cualquier momento del pasado, por doloroso que sea, se encuentra más lejos que el presente del final del pasadizo de la existencia y de lo inconcebible que hay en ese final. Allá en el fondo está la muerte, pero no tengas miedo -dijo Cortázar.

Pues sí, tenemos miedo de ese fondo, por eso el pasado nos arrastra, por eso existe ese extrañísimo carácter psicológico que es la nostalgia.

En las líneas finales de su The Great Gatsby, Scott FitzGerald lo escribió -como nadie-así:

“Y mientras me hallaba alli reflexionando sobre el viejo y desconocido mundo, pensé en el asombro de Gatsby al advertir por vez primera, la luz verde al final del malecón de Daisy. Había recorrido un largo camino para llegar a este verde césped, y su sueño debio parecerle tan próximo que no le sería imposible lograrlo…No sabía que ya estaba detrás de él..en alguna parte de aquella vasta oscuridad, más allá de la ciudad,donde los oscuros campos se desplegaban bajo las sombras de la noche.

Gatsby creía en la luz verde, el orgiástico futuro que, año tras año, aparece ante nosotros… Nos esquiva, pero no importa;mañana corremos más deprisa, abriremos los brazos, y un buen día…

Y así vamos adelante, botes que reman contra la corriente, incesantemente arrastrados hacia el pasado”

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