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Escrituras

Atonement-saoirse

La imaginación, la propia fantasia, la capacidad de fabular, cuando coinciden con un cierto desapego a la verdad de los hechos, pueden dar lugar a consecuencias muy serias, dramáticas. Arbitrariedad, injusticia. Sufrimiento gratuito. La subjetividad extrema puede dañar a los otros.

Pero la fantasía y la fabulación pueden también, o eso pretenden McEwan y su increíble criatura literaria Briony, construir a la larga universos más potentes que el real, en donde sea posible no solo la “expiación” simbólica de la propia culpa, sino la reconversión estética de la historia y la justicia retrospectiva: la reparación, que solo un Dios (un autor) puede otorgar.

¿Donde existen esos otros universos, poderosas creaciones de la mente? No son tangibles, pero viven tan pegados a nuestra piel que pueden ser tomados por reales, y acaso lo sean. Llega un momento que pesan sobre nuestro corazón casi tanto como lo real. Nos sirven de expiación, como a Briony.

Nadie que haya escrito unas pocas líneas, que haya sentido alguna vez el prurito de lo literario y sus milagros, debería perderse esta novela.

Hace unos meses, se apoderó de mi imaginación una fiebre del oro. No me refiero sólo a aquella de 1848 en California. Sucede que en la vida, mágicamente entre el fango relumbra el oro. Alguna vez.

California, en el (casi) centro exacto del siglo XIX. De súbito, y ante un rostro embrutecido y barbado, un brillo relampaguea en la arena. Un paroxismo salvaje brota de esa arena y de ese oro y de su brillo, un paroxismo que recorre toda la geografia transversal de Norteamérica y atraviesa el océano y se llega hasta la misma Europa, atormentada por revoluciones burguesas, incómodas.

Miles de hombres y mujeres parten hacia California. Algunos franceses, huyendo de las turbulencias parisinas de 1848. Italianos también. Nórdicos no pocos. En barcos, en carrozas atestadas. Algunos, con ánimo de evitar las anchuras misteriosas de los Estados Unidos, bordean toda la costa americana: tocan el Cabo de Hornos y suben via Pacífico hasta California, aurea. Otros se atreven a hollar los paisajes desconocidos y de vértigo: se lanzan desde la Costa Este (la Norteamérica recatadamente inglesa) hasta el confin californiano, la otra América, la extramuros, la salvaje.

Todo por el oro, por aquel brillo entre el fango. Desdén hacia los valles y montañas sobrehumanas y los escenarios nunca vistos (un siglo tardaría el irlandés John Ford en cantarlos en imágenes definitivas); el chillido y el terror, las etnias asalvajadas y ululantes. Penurias. Sed y hambre. En pos del oro y del Sueño.

Talismán

Se apoderó de mi imaginación lo siguiente: un niño acompaña a una partida de hombres y mujeres que atraviesa el polvo del continente ignorado y vasto. Nada dejan tras de ellos y en frente creen tenerlo todo y todo abarcarlo. California, tierra ya de sueños, aún no de celuloide. California aurea, salvaje. En medio de la llanura y del vértigo, en la carroza traqueteante, un niño (soñado por mí) lleva consigo una Biblia.

Una Biblia. En su viaje a lo desconocido, una Biblia lleva. Protestante y rubito, la interpreta a su modo. Hubiera podido llevar la Odisea, pero lleva una Biblia. El niño viene de la Europa Nórdica (acaso de Escandinavia) y es una Biblia lo que lleva, y no la Odisea.

Con ella el niño cree transportar un mapa del mundo, un talismán. Eso es para él, ese texto. Alegorías que contienen la totalidad de la vida. Cabe en ella (en ese libro infinito) el paraiso y la magia y la expulsión, la del niño rubito y la de los suyos.

Soñé con ese pequeño ser -unos diez años, tal vez doce- durante días. En su carroza, con los hombres fantasiosos y embrutecidos, pero (de algún modo) a solas con su talismán. En pos también del oro, de su oro.

Bien ¿qué fue de él? ¿ Donde se encuentra ahora? ¿Alcanzó a ver el Pacífico o fue dispersado -él y su gente- por los Indios?

Escribe Borges maravillosamente en Las Ruinas Circulares:En general sus dias eran felices. Cerraba los ojos y pensaba “Ahora estaré con mi hijo“. O, más raramente: “El hijo que he engendrado me espera y no existirá si no voy”. 

De mi (de su soñador) depende que el niño rubito reviva. Que retome su camino o que en él se pierda.

Acurrucado en la húmeda habitación, intentó sacudirse una vez más el tedio, ese tedio insufrible que lo carcomía, que más bien lo devoraba. ¿Cómo había podido caer él en el fondo de aquella habitación y de aquella remota isla? ¿Cómo desplomarse hacia aquella Soledad, a las humillaciones minuciosas?

Lowe, ese hijo de puta – pensó. Desencajado. Rara vez se refería en otros términos a Hudson Lowe, gobernador inglés de aquella maldita isla, el ínfimo y apartado trozo de tierra que había acogido su desplome increíble.

Hasta las tertulias le aburrían ya, aquellas en las que era todavía posible sentirse el dios que había sido, en las que se sentía capaz de exigir aún la etiqueta cortesana; encuentros desvaídos en los que un puñado de hombres y sus familias lo adoraban como el nuevo Carlomagno que era todavía a pesar de todo.

“Malditos ingleses. Malditos, malditos. Canallas”  ¿Como había podido pensar por un tímido momento, por un tímido momento siquiera, que aquellos isleños semisalvajes iban a tratarlo con el decoro que él merecía? ¿esos recien llegados a la Etiqueta y a la Civilización? Él había asumido la derrota y el canto de cisne (canto que hizo por segunda vez temblar al Continente), tras el centenar añadido de dias, centenar inconcebible arrancado a última hora a sus enemigos, esos que lo creían ya enterrado.  Acabados aquellos dias, acabado el engañoso y último estertor, liquidado definitivamente su Manto, había pretendido marcharse a América. No a la América grosera y material que iba a mostrársele a aquel siglo y también al siguiente, sino la apacible y romántica de Chateaubriand, aquella recogida en su Atala. Sí, la América del aristocrático francés (ah Chateaubriand, cuantos tumbos tú también, de revolucionario a apólogo rotundo del Cristianismo, pero que noble y que sólido siempre!), la América revelada al comienzo electrizante del luego ramplón XIX. Ese viaje (de contenido mentiroso) del aristócrata a las antiguas colonias de los ingleses, pero ¿qué importa la mentira, cuando sus formas encubren la Verdad, o una Verdad?

Había pretendido huir a América. Y llevar allí una vida incógnita y rural, perdido en las  inmensidades del continente sobrehumano. El infinito revelado a Cortés. Desdibujado (él y su pasado), se quería desdibujado, en ese infinito. El sabría. Los demás, no. Pero él sabría, siempre.

América

Hubiera querido salir de Francia, llegarse por Océano a las Américas, a las trece colonias políticamente engoladas. Pero la costa francesa estaba infestada de ingleses. De ingleses. Toda la Armada Británica acordonándole la salida. No le permitieron cruzar el Océano. Y lo llevaron a aquella isla, donde estaba previsto que pasara el resto de sus dias.

En Longwood, el paraje más desolado de un islote desolado, aplastado por vientos -vientos que excitarían imaginaciones románticas en esas décadas iniciales, en aquel 1819- aplastado por recuerdos y por odios. Las termitas desmontaban Longwood, desmontaban la casa en la que lo recluyeron, y el tedio lo aplastaba a él, Emperador de Europa.

Acurrucado en la habitación, en el fondo de la casa, helados su sensibilidad y sus huesos, se dijo a sí mismo: “Aquí me han enterrado en un espacio minúsculo distante 2000 kilómetros de la costa africana, continente del que sólo conocemos las costas. 12 kilómetros separan los extremos de la isla mínima. Dos meses tardó el barco en traerme desde Francia. Ya en la isla, encontraron necesario colocarme a 500 metros de su suelo, en esta montaña, aquí en Longwood. ¡cuantas prevenciones, cuantos cuidados y miedos para vigilar a un hombre desplomado! Qué pequeños se me aparecen en el fondo los ingleses desde esta soledad y esta altura!. Los ingleses y el conjunto de los hombres.

Pues yo aquí acurrucado en esta habitación fria y alejada, desgajada de la Geografía y del Tiempo, soy acaso más grande que todos ellos juntos.”

SGL, 2007

(Con dedicatoria para postmodernos: “hay que enfrentarse cara a cara con la Naturaleza“)

Vio el fardo colgante. Lo vio desde lejos a través de la oscuridad y la espesura.

Se cuestionó una vez más acerca de la conveniencia de lo que iba a hacer. Mientras avanzaba, le volvió a la mente la imagen del viejo Galeno, el Príncipe. Barruntó si al de Pérgamo le fue otorgada la disección de algún cadáver. Humano. Roma lo prohibía. Un cuerpo. No de mono, ni de perro. Humano.

El señor de los médicos -de quien lo separaban 1400 años y la admiración de las Universidades- había recorrido el último arcano de la Anatomía, dejado escrita la palabra última, irrevocable. Eso se proclamaba en París, y lo proclamaba (con sonoridad especial) Silvio, su maestro.

El Príncipe de la Medicina Grecorromana había salido de la oscuridad de las épocas para restallar como dogma. Una palabra revelada la suya, palabra que los Siglos tras hurtársela había restituido a los hombres, conminándoles a la admiración unánime. Galeno, sus escritos: suerte de divinidad textual y filosófica, de Sagrada Escritura, como los Evangelios trabajadamente selectos que aquella Cristiandad de hierro aconsejaba (exigía) a los fieles.

Yo encontraré los errores, si los hay –pensó, a unos metros ya de la cuerda y del cuerpo, desconocido y oscuro.

Avanzó esa pequeña distancia final. Un rayo de luna le salió al paso, casi a tocar ya del cadáver colgante. Un criminal, tal vez. Acaso tan sólo un pequeño ladrón. Se preguntó si sería capaz de acarrear aquel peso solitario, sin ayuda. Hay que enfrentarse cara a cara con la naturaleza -se dijo- atreverse a abrirla en canal, no revolotear entorno de ella como hacen los modernos e hicieron no pocos antiguos.  No el Príncipe por cierto. No Galeno.

Agradables misterios

Con gran esfuerzo, descolgó el cuerpo. Le llevó muchísimos minutos transportarlo, arrastrarlo hasta su refugio. Durante el penoso trayecto -el penoso arrastre- se le abrió paso algún remilgo ético. Hasta ese momento tan sólo había escarbado en tumbas, atrayéndose partes y huesos: porciones tímidas de Naturaleza o de Muerte.  (300 años tardaría una muchachita inglesa, amarilla y lóbrega, en trasladar al papel una peripecia como la de aquella madrugada; 300 años tardaría Mary Shelley en recrear en el Arte y en el Sueño aquel trayecto suyo débilmente documentado.) Hay que recorrer el planeta y lo vivo y sus superficies desdichadas, se repitió. Sin rehuirlas, sin ampararse tras libros antiguos o tras los púlpitos o la púrpura. Yo voy a hacerlo. Y conmigo, Europa, a partir de ahora, también lo hará.

Al fin alcanzó su destino. Él y el cuerpo del maleante franquearon la entrada y el refugio. Respiró hondo tras soltar el cadáver. Aquella misma noche le echaría un primer vistazo. Un primer examen. Y al dia siguiente comenzaría a abrir aquel cofre robado, a arrancarle enigmas al Mundo.

Volvió a pensar en Galeno, a quien adoraba. Pensó en sus libros. En aquel regreso triunfal suyo al Occidente Cristiano tan poco tiempo antes, tras un milenio largo de olvido abarcante, obcecado. En la oscuridad, replegado él y su pensamiento, retornó a la imagen del cuerpo robado, anticipando agradables misterios.

No se incorporó ya, aquella noche. Antes de sumergirse en el sueño (en su agua oscura) con claridad de súbito deslumbrante, Andreas Vesalio se preguntó qué nuevos secretos de su funcionamiento y de la Vida le depararía esa nueva muerte.

SGL, 2007

Como he percibido algunas alarmas por el giro (inquietante, que duda cabe) que ha dado mi escritura en posts y mails, creo que debo enviar un mensaje tranquilizador a aquellos que se preocupan por mi y por mi estado mental, cambiante.

Si bien es verdad que conceptualmente tiendo a moverme en el caos y que mi modo de escribir es algo barroco y espeso, mi situación mental es aceptable.

Mi psicopatía se mantiene en niveles (todavía) asumibles, manejables. Cotejables con la psicopatía general de pueblos y ciudades. Tal vez haya podido pensarse lo contrario leyendo algunos de los posts del mes de abril. Pero insisto en que me mantengo (eso sí, con alguna dificultad) dentro de un cierto standard de cordura.

Lo que pasa es que como últimamente rehuyo los cursos de narrativa (me aburren ya, por mucho que me quede por aprender, por mucho que nunca se deje de aprender) pues entonces, utilizo el blog como taller.

En los posts más recientes, he estado haciendo ciertas prácticas con la escritura. He intentando jugar un poquito en plan rabelesiano, tratando de amasar y moldear el lenguaje. La lectura e indigestión de Thomas Bernhard y de alguna línea de Gertrude Stein han tenido algún efecto devastador en mi prosa, volviéndola repetitiva y tal vez ilegible. Un intento de comicidad fallido, un intento (fallido también) de devenir un Woodhouse, un Jerome K. Jerome en versión recargada, opaca.

Pero chicos, para encontrar la propia voz, hay que ensayar. Leer, dejarse influenciar, dejarse poseer y contaminar y emborronar páginas y páginas. Perdón por las molestias sin duda causadas.

Nace un nuevo proyecto literario en la Red: Revista Plural, impulsada por Alberto Estrada.

Alberto encontró rápidamente en mi un freaki de su especie y un colaborador entusiasta. Tras cerca de un año de discusión cortés y frenética, desde abril o mayo del 2006,  en las mesitas de la fatigada Librería-Café Laie y junto a líquidos sin alcohol ni cafeína,  la publicación electrónica ha sido por fin echada a la Red.

Revista Plural es autoría de Alberto al 100%, o al 99 %. Suyas son la idea, el durísimo trabajo técnico y el diseño, así como la contratación del dominio y un largo etcétera. Servidor se limita de momento a suministrar material a la página y a balbucear tímidamente alguna mejora técnica o referente a contenidos, que Alberto escucha con amabilidad.

Ahora necesitamos colaboradores para que esto se desarrolle. Gente que tenga cosas que decir en el campo cultural (literario, cinematográfico, artístico; reseñas, críticas, apuntes biográficos, etc). Cualquier aporte de material (que tenga un mínimo de calidad, eso sí) será bienvenido. Y quien sabe, si la cosa se desarrolla como debe y damos con el enfoque correcto que nos separe del resto (del innumerable Internet portaleroliterario), tal vez podamos introducir publicidad en un futuro -con seguridad más bien alejado- y ganar algún mínimo royalty.

Empezamos con dos K: Kafka y Kubrick. No está mal.

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En estos momentos, no consigo acabar ningún relato. Tengo ideas que anoto para que no se me escapen, pero no consigo desarrollarlas adecuadamente sobre la hoja, darles un acabado, un pulido. Pienso que es un reflejo de mi estado actual. Tengo varios proyectos de todo tipo, algunos verdaderamente ilusionantes y no todos inabordables, pero cierto estado apático me impide sino ponerlos en marcha, sí acelerarlos.

Qué diferencia con los años 2005 y 2006 en los que exudaba creatividad, ingenio, productividad. En fin. Uno de esos proyectos es el ya clásico de la autopublicación. La apatía en torno a ese proyecto es compartida, al menos. En un primer momento, Chiaravallotti había diseñado unos plazos enérgicos (que de haberse cumplido, tendríamos ya el libro en la calle), pero el general adormecimiento ha acabado diluyendo ese horizonte. Cordano se desenganchó enseguida, Serra-Hammet absorbido con sus oposiciones se desentendió, Helena decidió no incluirlo entre sus ilimitadas actividades; solo el propio Chiaravallotti, Samper (con reservas) y servidor seguimos, desde la lejanía, contemplando el hipotético tomito.

El bruscamente céltico Chiaravallotti, que proyecta establecerse en Irlanda, vislumbra un tomito en solitario, que nos excluiría a mi y a Samper. Aunque la aventura compartida no esté descartada, tan sólo los plazos se habrían alargado.

El caso es que llevamos desde diciembre de 2005 barruntando lo del librito, lo de la autopublicación, las presentaciones, etc, pero luego, como ya dije en un anterior mensaje, ná.

Creo que emularé al italo-argentino e intentaré una autopublicación en solitario.Tengo un material desde hace un par de años que, a mi entender, es perfectamente publicable, sobre todo considerando que hoy dia publican casi cualquier cosa. Por si acaso, voy a intentar un pequeño y definitivo pulido de esos textos. Algunos los sometí a la amable y enérgica consideración de Magda, una de mis más lúcidas guias en lo literario, aunque en su dia destrozara cálida y cortésmente mi Mujer y Cuadro (Sobras Completas, 2005).

También trataré de desarrollar y concluir alguna de esas muchas ideas que apuntaba al principio. Me gustaría recuperar ese placer de ver como el relato que escribes va desplegándose bajo tus dedos, casi al margen de tí mismo, atrapándote, llevándote a la interrogación y la intriga en torno a tu propia historia. ¿Cómo evolucionará ese personaje, qué va a pasar aquí, como sucederá esto sí sucede? El autor mismo no lo sabe, lo va descubriendo como si fuese más bien el lector del relato ya acabado. Esa es una de las mayores excitaciones del ejercicio de la escritura y de la creación literaria.

Chiaravallotti y Servidor hablan el próximo lunes en Radio Kanal Barcelona a las 10. 00 h sobre las diferencias entre el Cuento y la Novela. Lo harán en el resignado programa de Inés Butrón. El tema es del máximo interés, altamente polémico: agota tertulias, cafés, sobremesas, bares de diseño, cuartos de baño. Nosotros aportamos nuestro personalísimo granito de arena a la polémica.

A ver si nos escucha al menos la familia. Laura (en Estocolmo, moviendo su revista de muebles de diseño) y Carmen (en su Consultoría de la Rambla Catalunya) ya me han advertido que a esa hora trabajan duramente y no están para cuentos ni novelas.

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En el marco de la asignatura de doctorado Los Públicos de la Ciencia, de Agustí Nieto-Galán, y ahondando en las relaciones entre Ciencia y Literatura/Cine (estos últimos como ventanas de representación de la Ciencia y su imagen, vehículos de comunicación científica al público, en suma) tomé por primera vez conciencia de la posible (por mínima que sea) influencia de la Literatura en la construcción de Ciencia, en el tráfico de ideas científicas y su desarrollo. La siguiente es la trascripción de un fragmento de mi ensayo para la asignatura, el que se ocupa de ese tema:

(…)

Bidireccionalidad. A veces, la Literatura habla y la Ciencia escucha

En el marco de la relación Ciencia/Públicos y de los entrelazamientos Ciencia/literatura o Ciencia/Cine, hemos de insistir en la circularidad de esa relación, en su bidireccionalidad, en el hecho de que se trata de un diálogo en que los interlocutores se alternan en el uso de la palabra y se influyen mutuamente, y en ocasiones, incluso se intercambian los asientos. A este respecto, recordemos que, no solamente la Ciencia se ha constituido en material literario y ha nutrido a la literatura y a la ficción. Es posible también defender que la propia Ciencia ha bebido en ocasiones de la literatura.

Algunos ejemplos, que seguramente alguien encontrará discutibles, pero que ahi están como ejemplo del diálogo de disciplinas. Según se asegura en varias páginas internáuticas -no se hasta que punto está contrastado académicamente este dato, paro da igual: las páginas son de Alberto Rojo y Basilio Kotsias (ver bibliografía). Francesco Redi llevó a cabo los experimentos en los que cuestionaba la generación espontánea (aunque esta experimentaría un revival tras el descubrimiento de los microorganismos, antes de ser definitivamente tumbada por Pasteur) tras la lectura de un pasaje de la Iliada, en la que se cubre un cadáver, para que no esté expuesto a gusanos y otros organismos, responsables de su podredumbre.

Parece ser también que a la paradoja de Olbers (esto es, ¿por qué el cielo nocturno no es brillante, siendo el espacio y el número de estrellas es infinito?) le fue propuesta una posible solución por Edgar Allan Poe, en Eureka. Y las ramificaciones de los universos fueron apuntadas en primer lugar por Jorge Luis Borges en el Jardín de los Senderos que se bifurcan (Ficciones, 1942) antes que Everett, que lo propuso desde el púlpito científico en los años 50. Parece ser, también, que el primero que apuntó el término y el concepto de Warmhole (agujero de gusano) para los trayectos interestelares fue el científico y divulgador Carl Sagan en su incursión a la ciencia-ficción de 1985, Contact. (De nuevo, ver bibliografia: web de A. Rojo.)

(…)

¿En efecto tomó Redi su idea de la Iliada? Los otros casos mencionados ¿son verídicos, influyeron efectivamente en el circuito de las ideas científicas? Creo que aqui hay un campo fascinante y poco estudiado (al contrario del otro sentido de las relaciones Ciencia/Literatura-Cine: ya sabemos que la Ciencia influye en los dos últimos): esto es, influye la Literatura o el Cine en la construcción de la Ciencia o de la medicina, aunque sea aportando tenues ideas o nociones? ¿Los experimentos de Redi partieron efectivamente de esa fuente primaria, la Iliada?

Aqui hay material no sólo para la tesina y para conversar entre amigos sino hasta para una tesis doctoral. Pero, tal como comenté a mi colega Miquel Terreu (que me escuchó con escepticismo) ¿que ocurre si en el curso de mi investigación, se desmorona mi endeble conjetura, la de la influencia de esas formas artísticas tan populares en la construcción del edificio científico?

Bueno, no deja de ser una idea. Un hilo de donde tirar. A ver si hay algo al otro lado. Y si no, pues a otra cosa. Por lo pronto la semana que viene iré (balbuceante, tembloroso) al despacho de Agustí o de Álvar (Martínez Vidal), a exponerles la, tal vez banal y absurda, ocurrencia.

Servidor, comentando (en Radio Kanal Barcelona) El Adversario, de Emmanuel Carrère, libro que, según aseguro ante el micrófono, me arrancó un trozo de hígado.

También aludimos al Quadern Gris, de Pla y al mundo bloggero. La Intervención tuvo lugar el pasado més de diciembre.

http://www.goear.com/listen.php?v=f3ddd6a

(Gracias Inés, por recuperar la grabación)

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