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Archivos Mensuales: septiembre 2006

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Durante las cuarenta y ocho horas siguientes seguí mi procedimiento habitual para meterme una ciudad extranjera en el bolsillo: desgastar mis botas sobre su suelo; sumergirme en su atmosfera humana. Embutir dos meses en dos dias. Al menos vi el 60 %, tal vez más, del Paris esencial de las guias turísticas. O sea: pasé la mano por el sesenta por cierto de la piel parisina: Orsay, Louvre (los edificios), Plaza de la Concorde, Plaza de la Bastilla, hiking a lo largo del Sena, el Arco de Triunfo, los Campos Elíseos, la extraña Torre de metal levantada en 1889 y que aterrorizaba a los estetas parisinos, la Ópera y el café de la Paix, el barrio de Montmartre….Me dejé, eso sí, los cementerios: Montmartre, Montparnasee, Pere-Lachaise (el de los muertos más bonitos: Jim Morrison, Oscar Wilde).

Me tumbé -los pies desollados- sobre Le champ de Mars, extensión verde que une la Torre metálica con la Escuela Militar, rodeado de parejitas y bandadas de japoneses desgastando y tal vez debilitando con sus flashes la estructura de la Torre -cualquier dia se viene abajo. Me puse un CD de Brel, abrí las páginas del Sentimental Journey, de Sterne (que recoge sus aventuras en Francia e Italia) y me puse yo también a contemplar la Torre, como todo el mundo. Más tarde, avancé hacia la Escuela Militar: una remolino de japoneses fotografiaba convulsamente la torre metálica desde la distancia; el monstruo, incluso en la lejanía los hacía chillar como gallinas. Daban bonitamente la espalda a la Escuela, que no hay que ser un genio para ver que arquitectónicamente es superior a la Mole que lo enfrenta.

Al dia siguiente contemplé el Arco de Triunfo, sentado en un banco, junto a un anciano que también lo devorava con los ensoñados ojos (¿vería a Napoleón en Austerlitz, tal vez a los aliados que desfilaron bajo el arco en 1919 y 1944, recreaba acaso a los nazis, que les encantaba fotografiarse allí y en la Torre?). Yo también bajé por los Elíseos, cuando me cansé de contemplar el Arco y sus inscripciones. El problema allí, es que no sabes donde ir. Me llegué de nuevo a las cercanías del Sena, al Louvre, a la Plaza de la Concordia, me interné en la ajardinadas Tullerías, donde me recosté durante un par de horas al sol. Luego, vagabundeé hasta Montmartre: no vi nada tópico allí, nada bohemio. Decepcionado, avancé hasta la Ópera: sus escalinatas estaban atestadas, también el café de la Paix, donde no logré una silla. La logré una calle más abajo, en la que se me endosó un café au lait por 6, 20 euros. Es lo que tiene París: cada monsieur, cada merci te vale un euro. Deshollado el muslo sobre el que se recuesta mi cartera, hube de lamentar que para colmo aquel no fuera La Paix, desde el que al menos podía verse la Ópera, y la totalidad del mundo como aquellos en el XIX, sin moverse de la silla, sin despegar la tacita de los labios.

El dia anterior, el alojamiento había sido una agradable sorpresa; para un tipo que ya va acostumbrándose a los hoteluchos con baño compartido. No me importa hacerle publicidad: su nombre es Balladins. Me dieron el código de una habitacioncita generosa a la que daba un pasillo; tenía un lavabo individual, con inodoro y ducha. 44 euros. Barato para la Ciudad de la Luz. El problema: que el hotelito no estaba exactamente en París, sino en las afueras, en una poblacion residencial llamada Epinay-Sur-Seine. Hube de enfrentarme al horror del metro de París -solo comparable al de Londres- y luego coger un tren de Cercanías (RER) para llegarme hasta la localidad.

Tres días no dan para más. Viajar solo no esta exento de atractivos, pero uno acaba aburriéndose. Aunque lo que pise y trasiegue sea París.

Sobre París: Existiendo la tecnología digital, creo que ya no es necesario invocar, poner sobre la mesa, palabras trilladas, desgastadas por el uso, cliches que más bien lo que hacen es oscurecer la idea que uno querría transmitir, en lugar de tranparentarla. Como alternativa a decir cosas del tipo de increíble, soberbia, magnífica, espléndida, and so on, lo mejor es hacer un click y contemplar un slideshow. Bueno, no. Lo mejor es ir allí personalmente, claro, y verla. Es obvio que, aparte de Londres, no hay en toda Europa ciudad que pueda comparársele, al menos en lo que respecta a ese equilibrio entre Naturaleza y Civilización, magnificencia, colosalismo e intimismo y recogimiento. No estoy descubriendo desde luego el pollo frito al decir esto.

Pasé una noche inquieta con el traqueteo del tren hotel que me llevó a esa Ciudad, que han llamado de la Luz. No sé si fue el traqueteo que perturbaba la litera, o el saberme cada minuto más cerca de París, ese símbolo, lo que volvió mi sueño intranquilo. Aquello que se aproximaba a cada metro del chemin de fer no era sólo un montón de piedras, de edificios, sino el centro de gravedad cegador de la civilización que me ha tocado en suerte, centro de gravedad que lo ha sido durante 500 años: trasunto moderno y contemporáneo del pack Grecia-Roma. Eso era lo que se acercaba a cada metro, cada temblor, cada suave giro de vagón. Eso y un montón de imágenes literarias, musicales, cinefílicas, arquitectónicas, históricas, sociales, políticas, geográficas, gastronómicas, hasta tecnocientíficas. A cada traqueteo, a cada incómoda vuelta y revuelta en la litera, se acercaba el escenario del Gran Siècle, de Molière y de Corneille y de Richelieu, de Luisito el XIV, el tipo que se creía un astro y que mandó erigir Les Invalides, acaso lo más monstruoso y bello de París; se acercaba el escenario también de los empelucados del henchido XVIII y sus plumas satíricas; el empedrado de las grandes revoluciones de la modernidad ( y hasta de la mini-revolución-picnic de 1968); las tablas sobre las que se desplegaría Bonaparte, el liberal aficionado a Mantos y Coronas, el esquizofrénico del Código Civil y de la pompa imperial.

Era el vertiginoso XIX quien también se aproximaba, hábitat de los estrujados personajes de Maupassant, repartiendo sus neurosis por los barrios de la Ciudad infinita; la Ópera y el café que la enfrenta, abigarrada centuria de Balzac y de Flaubert, que contemplaba el mundo a través del prisma parisino; en la lejanía que la sonámbula Renfe iba deglutiendo, estaba igualmente aquel Rimbaud que en la noche de Difuntos de 1873, se dio la vuelta como un calcetín, abandonando para siempre Paris y la Poesía. Se me echaban encima, a cada paso de hierro, los desfiles militares y su catálogo: el de 1871 de los prusianos triunfantes, el de 1919 de los franceses, el nuevamente prusiano de 1940, y el de 1944 de los resarcidos galos. También se me vinieron fogonazos musicales, de Maurice Chevalier y de Josephine Baker (a esta última la llevaba en el zurrón, junto a Brel y Montand).

A las 9, 05 minutos de la mañana, el tren nocturno se detuvo en la Gare d´Austerlitz, temerariamente colocada junto al Sena. Lo primero que vi al salir fue el rio suntuoso y sus Bateaux Mouches. Bueno no, lo primero que vi no fue eso: un individuo bajaba por uno de los puentes; un tipo atildado, con traje de buen corte, como salido de un anuncio de Emidio Tucci. Todo normal, el tipo iría al trabajo, digo yo: tal vez fuera un directivo. Sólo que iba en patinete.

Aquello era París, y lloviznaba.

Vagabundeos parisinos (2)

Sueño con ello, y a veces…hay malos sueños 

Cosmología e Hinduismo 

Otro aniversario silencioso: el décimo de la desaparición de Carl Sagan (1935-1996).

¿Quien fue Carl Sagan? Astrónomo, exobiólogo, divulgador, humanista, escritor, pero ante todo fue quien me empujó -quien me arrastró- a hacer el bachillerato de Ciencias. Hace algo más de veinte años que visioné por vez primera su Cosmos (no he dejado de hacerlo ever since), y ya entonces me impactó aquella manera tan elegante, tan hondamente humanista, de presentar la Astronomía, la Ciencia, su desarrollo en la Historia, los senderos que los hombres -y alguna mujer, como Hipatia- han recorrido para llevarnos hasta aqui, hasta este siglo, que es el nuestro, pero tan atolondradamente tecnocientífico.¿Quienes fueron Eratóstenes, Keppler, Galileo, Halley, Newton, Einstein y los demás? Diamantes arrastrados por el rio luminoso, restallante de la Historia (la imagen no es mia, es de Orwell). Fueron pensadores, científicos, pero también (y sobre todo) seres incrustados en sus respectivos Siglos. Los desarrollos que promovieron fueron los de la Ciencia -hoy delicadamente definida- pero también los de la Cultura y la Civilización humanística. Sí, humanística.

Cosmos: la serie científica más humanista jamás filmada. En boca de Sagan, la Ciencia se hace casi poesía. El enorme respeto del astrónomo estadounidense por las culturas humanas, las civilizaciones más diversas y divergentes, las escuelas filosóficas, las diferentes tradiciones del pensamiento era una constante en Cosmos, pero también puntea sus otras obras, las textuales (La Conexión cósmica, El Cerebro de Broca); no falta tampoco en su única y emocionante incursión en la literatura fantacientífica:Contact (1985). Pero Carl Sagan, con todo su bagaje humanista, su visión integradora de la cultura humana (en la que clava, eso si, a la Ciencia como puntal de esa Cultura), nunca perdió de vista los criterios de demarcación, la distinción -tan borrosa hoy dia- entre Ciencia y PseudoCiencia, entre Conocimiento Positivo y Especulación, por necesaria y excitante que esta última fuera en ocasiones. En el prólogo de su Cosmos, deja clara, clarita esta última distinción.

Sagan desapareció hace una década, pero continúa sacando de quicio a mucho neomístico de medio pelo. Era y es un martillo de todo esa murga pseudocientífica, de ese confusionismo vago y vaporoso que disfrazado de humanismo mal entendido nos está haciendo perder el oremus de los criterios de demarcación. Lo se bien: como farmacéutico, me veo en la obligación de ocuparme -entre otras cosas aun más escandalosas- de la homeopatía, por ejemplo, esa bruma mística encerrada en cofres tecnocientíficos y galénicos.

¿Disponemos de algún Sagan hoy dia? Hummm. Es curioso, esos grandes humanistas de la Ciencia y su divulgación fueron desapareciendo a medida que nos precipitábamos al final del XX o en los primeros años del neomedieval siglo siguiente: Sagan en 1996, Asimov en 1992, Stephen Jay Gould -esperó un pelín más-en 2002.

Voy a incrustar un par de videos del gran Carl Sagan. Ambos de Cosmos. El primero -en inglés- se encuentra en el capítulo I de la serie y es una especie de editorial” saganiana, una declaración de principios y de intenciones y de algún modo, una reivindicación indirecta de la Ciencia y el conocimiento positivo como fuente de emoción y de poesía. El segundo entrelaza con mano maestra la actual Cosmología, el estado actual de nuestros conocimientos, nuestras creencias actuales sobre el origen, evolución y futuro del Cosmos con antiguas tradiciones de otras civilizaciones, contribuyendo una vez más -tan sólo con este pequeño speech de pocos minutos- a derribar o ignorar el control aduanero -nefasto control aduanero- entre las dos Culturas.

Se me acaba de venir a la cabeza una cosa, un nuevo aniversario (a juntar al de El Hexágono): hace 25 años que murió Brassens (1921-1981).

No he oído en ningún sitio nada relacionado con año Brassens alguno. En la FNAC de Perpignan, en cuyo interior deambulé la semana pasada durante elegantes minutos y que dedica largos estantes de CDs a los chansonniers (aquello es Francia, que no lo dude ningún iluso) no visualicé tampoco atisbo alguno de celebración. Tal vez en Sète, donde el cantautor tiene una calle, hayan hecho alguna cosita.

Bueno pues nada, me echaré yo mismo a la espalda la responsabilidad de un minihomenaje. Con el siguiente enlace YouTube, me permito tímidamente celebrar al autor de La chanson de l´auvergnat y la Mauvaise Reputation, y en passant contribuiré a una no tan tímida exaltación del propio YouTube, plataforma increíble enmarcada en el nuevo paradigma internáutico 2.O, y que en las últimas semanas me está proporcionando horas de inagotable felicidad.

La non demande de marriage

Chanson pour l’auvergnat

Ahí van, además, un par de fragmentos de dos piezas celebérrimas de Brassens, a cargo del engagé Paco ibánez, fantástico divulgador y versionador en España del de Sète.

Paco Ibáñez canta a Brassens (letras)

La Mala reputación (la Mauvaise Reputation, versión de Paco ibáñez)

En mi pueblo sin pretensión
Tengo mala reputación,
Haga lo que haga es igual
Todo lo consideran mal,
Yo no pienso pues hacer ningún daño
Queriendo vivir fuera del rebaño ;
No, a la gente no gusta que
Uno tenga su propia fe
Todos todos me miran mal
Salvo los ciegos es natural.

Cuando la fiesta nacional
Yo me quedo en la cama igual,
Que la música militar
Nunca me pudo levantar.
En el mundo pues no hay mayor pecado
Que el de no seguir al abanderado
Y a la gente no gusta que
Uno tenga su propia fe
Todos me muestran con el dedo
Salvo los mancos, quiero y no puedo. (….)

 

Chanson pour l’auvergnat (Canción para un maño, versión P.Ibánez)

Es para ti este cantar
Tú maño, tú que sin hablar
Me diste leña el día aquél
Que el frío me hería la piel
Tú que me diste leña en vez
De rechazarme a puntapiés
Cuando la gente del luga
No me quiso junto a su hogar.
Un braserito sólo fue
Para mi cuerpo una ilusión
Pero alumbró mi corazón
Más que fallas en San José.

Tú maño cuando has de llegar
A la hora de la verdad
Que te lleve el enterrador
Al cielo si hay Dios.
(….)

Septiembre, año 2006. Tras levantarme, los ojos legañosos, mediada ya la mañana, acaba de venírseme a la cabeza lo siguiente:

¡El Hexágono, mi inseparable bitácora, a la que confio todos mis sueños, ilusiones, recuerdos, perversiones, etc, cumple cuatro años!

Ya habla, camina, maquina, no destroza libros ni discos, va a la guardería; la seriedad, la madurez, el cabreo, se insinúan ya en su rostro.

En efecto, fue en Septiembre de 2002, cuando mis dedos temblorosos y obscenos hurgaron por vez primera en el mundo en flor del blogging. Cuatro años después, aqui seguimos, desflorando.

Quizá durante todo el resto de mi vida me acompañe un blog, una agradable ventanita luminosa -incrustada hoy en un PC, mañana Dios sabe- vaya conmigo siempre, ponga ante mis ojos (hasta esa década final) un mapa aproximado de mi mismo, una forma digitalizada, espiritualizada de mi propia cara, de mi imagen externa. Un espejo electrónico en el que contemplarme, en el que saber quien o qué soy.

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