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Archivos Mensuales: septiembre 2015

Mc-Ewan-Sweet-T

“Yo pasaba las páginas a toda velocidad. Y supongo que, de manera irreflexiva, buscaba algo, una especie de versión de mi misma en la que pudiera deslizarme como se hace con un par de zapatos cómodos”

“Era la más abyecta de las lectoras. Lo único que quería era que mi propio mundo y yo en él, me fuese devuelto con forma artística y de manera accesible”

“El amor no crece a un ritmo gradual o sostenido, sino que progresa a oleadas, sacudidas, mediante saltos salvajes, y este era uno de ellos”

Operación Dulce, de Ian McEwan

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Me encuentro en YouTube con la ya casi legendaria, controvertida en su día, Traviata del Festival de Saltzburgo de 2005. Con una puesta en escena muy “moderna” (¿o post-moderna), la de Carlo Rizzi, Willy Decker y Brian Large es una versión irresistible del clásico de Verdi.

Un enorme reloj a la derecha del decorado minimalista mide en todo momento el paso del tiempo y la proximidad de la muerte. Emocionantes simbolismos cromáticos, ese lascivo vestido rojo que da paso a la pureza del blanco. Y la deslumbrante Anna Nebretko (Violetta) se mueve por el escenario vanguardista como una chispeante y casi onírica party-girl. 

Astonishing.

Me animo a reproducir aqui una reseña escrita en diciembre de 2002 sobre la cinta de David Lynch

La última y enigmática película de Lynch fui a verla en dos ocasiones diferentes, aunque en la misma sala barcelonesa: el Maldà, uno de los pocos y cristalinos espacios que no han sido cubiertos aún por ese vertido que son las multisalas.

La primera vez Mulholland Drive me produjo cierto desconcierto, ante todo el extraño tramo final; aunque me llevé la seductora impresión de un notable atractivo estético: las estudiadas amalgamas de luz y sombra, el uso de determinados tipos de color (la combinacion entre el negro y un elegante azul oscuro), los personajes y decorados sugerentes y oníricos, ciertos motivos recurrentes de gran magnetismo (las carreteras en sombras iluminadas por faros de automóvil o la pavorosa vista nocturna de la ciudad de los sueños) y otros elementos típicos del cine de David Lynch. A mi segundo visionado de la película acudí ya sin ninguna pretension de entenderla, tan sólo con la intención de dejarme llevar por su suave y vagamente amenazante discurrir onírico (con algún que otro chapoteo de inesperado terror); tambien fui con el ánimo, pues ese dia me sentía sensual, de volver a disfrutar con la contemplación en pantalla grande del maravilloso rostro de Naomi Watts.

No obstante, y aunque no lo esperaba, en esta segunda ocasión me fue posible comprender Mulholland Drive un poquito mejor: cierto entendimiento, cierta revelación fue abriéndose camino, casi sin esfuerzo, simplemente dejando libre la imaginación, más que forzando la razón o el análisis. Pero la película permite tantas interpretaciones como existen soñadores o espectadores; en cierto modo es tan indescifrable como los sueños o como la mente de Lynch, que con esta nueva creación se consolida no ya como un director sino también como un guionista genial y un auténtico soñador de historias. Alguien para quien sin duda las fantasias o ensoñaciones no son menos reales que la llamada (y en exceso sobrevalorada) realidad. De David Lynch tal vez hubiera podido decir Borges lo mismo que escribió (creo) sobre Macedonio Fernández: no permitía que la realidad le estorbara.  Read More

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