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Archivos Mensuales: julio 2011

Todos acabamos emprendiendo, o deberíamos, el mismo camino que Elisabet Vogler en Persona (Bergman, 1966). Lo cual no significa desde luego que hayamos de quedar reducidos al silencio.

El tránsito por la vida, la cercanía de la culminación, o simplemente el llevar ya recorrido un buen trozo de carretera, es una gran ayuda. No se ven las cosas de la misma manera a los veinte que a los sesenta. Las máscaras son fundamentales durante la juventud y la primera madurez. Sin ellas no podemos movernos, ni salir a la calle, vamos. Se impone la elección de un determinado papel, por mucho que uno no sea del todo consciente o más bien no lo sea en absoluto. Y buena parte de la vida futura va a ser un ceñirse de manera automatizada al personaje elegido, a la imagen que creemos estar dando al exterior, a su lógica. ¿Este acto que medito, esta decisión tomada, estas palabras que voy a pronunciar, esta forma de vestir, la parte de mí mismo que hago pública…¿se adecúa todo ello al personaje que proyecto (que creo proyectar) hacia afuera?. En función de la respuesta, hablaré o actuaré, mostraré o esconderé.

Llega un momento, como decimos avanzada la existencia, que empezamos a desechar el papel, todos nuestros papeles, pasados, presentes y potenciales. El abanico de personajes interpretados o por interpretar, si es que ha habido más de uno. Avanzamos hacia la autenticidad, suponiendo que tal cosa exista. Y que la libertad de movimientos del no-papel no sea también un papel. Y ello significa no tener ningún temor de sorpresas ni incoherencias. Solo los personajes del teatro llevan una línea de coherencia, o esas son las intenciones del dramaturgo que se precia. Los personajes pueden ser solidísimos, de psicología impecable. Su evolución psicológica dibujada con mano maestra. Shakespeare: personajes que nos aplastan de tan coherentes, por mucho que interactúen y cambien. Shakespeare se diría un dios mas diestro que el torpe dios que nos ha diseñado a nosotros, y al que nuestra cultura llama ahora Evolución. No, los humanos reales no son criaturas de fabricación impecable como los seres imaginarios del teatro, o algunos. Con lo cual cuando la edad te libra de las máscaras, a veces lo que emerge es más bien confuso, desconcertante. Teatro del absurdo. La máscara implicaba coerción, pero también una estructura, un orden reconocible.

Renunciar a interpretar

El renunciar a interpretar puede ser también una decisión tomada en la plenitud de la vida, como le sucede a Elisabet (Liv Ullmann). En mitad de una representación de Electra (es una actriz célebre y respetada), de pronto enmudece. Y no enmudece solo para ese papel en el escenario, si no para todos los papeles posibles del escenario de la vida, incluidos los de nuestra trama cotidiana. Renuncia a todo personaje, a todo artificio. No hace falta que vengan los años a imponernos autenticidad, podemos adelantarnos nosotros mismos, y eso es lo que hace Elisabet. Que lleva su decisión a tal nivel de radicalidad que renuncia al lenguaje verbal, el gran configurador de nuestra identidad exterior.

No, no es tampoco un suicidio emocional lo de Elisabet, una autodesactivación, como la del Travis de Shepard y Wenders, en París, Texas. Es una decisión fría, despreciativa. Elisabet no se transforma en un autómata. Sigue pensando, intelectualizando, analizando. Alma, la joven enfermera que va a ocuparse de ella mientras dura su tratamiento, va a ser la víctima de su voluntario y decidido vampirismo psicológico. Sí, su certeza de que la psicología humana es en parte una máscara de quita y pon, que puede arrancarse,  la lleva a vampirizar a Alma. Claro que no es sangre lo que sorbe de ella sino su propia, digamos, identidad, joven y aún volátil, todavía sin cuajar.

Elisabet ejerce frente a Alma (Bibi Andersson) su tremendo atractivo (Alma la admira como actriz, desea ser como ella). Alma va a volcarse en Elisabet, va a abrirle su interior, relatarle todas sus experiencias, sueños, vivencias, esas a través de las cuales ella (como cualquier persona antes o después) ha intentado forjarse trabajosamente una identidad. Pero tal vez sus veinticinco años no han sido suficientes para armar algo más que un amasijo desordenado de pequeños papeles.

Y Elisabet, cuyo silencio y renuncia eran originalmente una decisión “existencial”, va a transformar ese silencio con plena voluntad en un juego sofisticado y siniestro. Es consciente del gran magnetismo que ejerce en Alma, y de que es perfectamente capaz de modelar a su antojo esa psicología aun en formación. Estirarla y tensionarla a su antojo.

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Existen dos tipos de suicidio. El físico, que es irreversible e implica la total autodestrucción, y el emocional.

El emocional consiste tan solo (y nada menos) que en autoanularse, autodesactivarse. Convertirse en un pequeño animal mudo que corretea aquí y allá, o que no se mueve en absoluto. Que ha renunciado a su condición de ser humano y complejo, con asertividad, proyectos y deseos. La autoanulación  puede llevar incluso a renunciar al lenguaje verbal. La Elisabet de Persona (Bergman), aunque más sofisticada, prefigura al Travis de París, Texas (Wim Wenders, 1984).

Un pasado poco memorable, una relación amorosa angustiada,  llevan a Travis (Harry Dean Stanton) al suicido emocional, y a convertirse en un cadáver ambulante. Ya no habla, transformado en un polvoriento golem silencioso que camina por los paisajes del medio oeste norteamericano, desolados e inmensos como su interior clausurado. La decisión es firme. Hasta la angustia puede ir apagándose cuando uno deja de ser humano.

Travis. Un suicida emocional. La vida es invivible, luego renuncio a la vida, pero evitándome la desagradable carnicería física. Puestos a escoger, es desde luego preferible el suicidio emocional que el físico. Este último no tiene vuelta atrás y supone la desaparición total, además de crear alrededor un enorme dolor, a poco acompañado que haya estado uno en vida. Por su parte, el suicidio emocional conlleva una oculta esperanza. La de que algún día, el autómata de barro se vea sacudido, en algún recodo del camino, por alguna chispa que lo movilice y devuelva a su pasada condición humana.

La chispa que nos resucita

Tal cosa es lo que le sucede al autoanulado Travis. Un buen día, en  sus vagabundeos por el desierto, no puede más y da de bruces contra el suelo. Es conducido a un centro de salud, y su rastro es así recuperado. Su hermano, con cuya familia vive el hijo de Travis, agarra el coche y la carretera y va a su encuentro. Travis no suelta prenda durante días, aunque poco a poco va “recuperando” el habla, que quizá no ha practicado en años. Va saliendo de su mutismo, de su condición semianimal autoimpuesta. Su vida va a adquirir un nuevo sentido. Va a regalársele un sentido. Retomar (o crear de la nada) la relación con su hijo, y salir a la búsqueda de la desaparecida Jane, su mujer (Nastassja Kinski).

El peregrinaje y la búsqueda hermanan a Travis con otro gran excluido: el Ethan de Centauros del Desierto (The Searchers, 1956), también él un cadáver sacudido por la inesperada chispa. Ambos deambulan por un desierto geográfico que es, claro, un trasunto de su desierto interior. En París, Texas, la odisea de Travis es además remarcada por las minimalistas notas de Ry Cooder que dejan el aire temblando, y resuenan, bellas y agrestes, en un mundo inmenso y solitario.

La chispa, el sentido que nos resucita. Una inesperada razón para vivir. De nosotros dependerá que nuestra vida recuperada sea definitiva y no solo un paréntesis.

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