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Archivos Mensuales: diciembre 2011

(Sobre El mapa y el territorio)

Otra extraordinaria obra de Michel Houellebecq: El mapa y el territorio, ganadora del Goncourt en 2010, un premio nada fácil y cuya concesión implica ni más ni menos que el reconocimiento por parte de la casta literaria francesa de la categoría del autor. Que no ha sido domesticado ni mucho menos, digan lo que digan algunos. El francés no ha perdido nada de su irresistible gelidez. Su lectura sigue siendo tan tétrica como estimulante e intensa.

La novela se mueve cronológicamente a lo largo de la vida del protagonista, el artista plástico y fotógrafo Jed Martin, desde el momento de su nacimiento hacia 1975 o 1976 hasta su muerte a mediados del siglo siguiente. (Si bien la época central de la historia corresponde a la década de 2010). La narración toma por momentos la forma de una especie de ensayo biográfico de un autor desconocido, que escribiese en un futuro más bien remoto, quizá a un siglo de distancia. Como “ensayo”, el texto tiene un tono muy humanístico, con ideas muy elaboradas en torno al impacto del personaje principal (Jed Martin) sobre la cultura artística de su tiempo, su legado e influencias. Y con la presencia a lo largo de la reflexión, y como suele suceder en Michel Houellebecq, de las dos grandes fuerzas de la civilización humana: la ciencia y la tecnología, sin las cuales es imposible construir ningún discurso intelectual serio.

Vida de Jed Martin

El artista Jed Martin, que está destinado a convertirse en el porvenir (o “presente” de este ensayo imaginario) en una figura legendaria de la historia del arte, comparte espacio y tiempo con figuras tan actuales y reconocibles como Bill Gates, Steve Jobs o hasta Abramovich, el multimillonario propietario del Chelsea. Algo que contribuye a que el lector se afiance  mentalmente en esa época (la suya, la nuestra) y experimente con más eficacia su progresiva disolución a lo largo de la novela, al transmutarse poco a poco en un pasado lejano. El mapa y el territorio es desde ese punto de vista un eficaz y momentáneo antídoto contra el casi cómico presentismo que la civilización de occidente padece desde hace un siglo o más.

En un momento clave de su carrera, y tras haber hecho el tránsito de una fotografía objetual de vanguardia hasta una pintura falsamente figurativa, Jed Martin “inmortalizará” a dos individuos esenciales en el marco económico y tecnológico de la década del 2010: Bill Gates y Steve Jobs, y lo hará en un cuadro con la misma densidad psicológica de los de Velázquez. En la obra, que lleva el título de Bill Gates y Steve Jobs conversando sobre el futuro de la informática o la conversación de Palo Alto, nos muestra  a los dos personajes departiendo en el porche de la mansión californiana de Jobs, relajados frente a un tablero de ajedrez. Ante la pintura, los críticos y académicos del futuro, proclamaran con su habitual capacidad de penetración simbólica, que la obra recoge nada menos que la historia del capitalismo. Un capitalismo, por cierto, que según proclama Houellebecq en su libro, se encuentra en sus instantes finales: hacia 2016 tiene lugar otra devastadora crisis económica mundial, peor aún que la de 2008, lo que prácticamente supondrá la inminente liquidación del actual sistema económico. Aunque el autor no nos da idea alguna sobre qué puede substituirlo.

el_mapa_y_el_territorioHouellebecq, personaje de El mapa y el territorio

La novela o imaginario ensayo futurista nos expone la peripecia y detalles biográficos de Martin, sus experiencias vitales y sexuales, su itinerario intelectual y artístico, que ha de convertirlo un siglo más tarde en un artista aparentemente del tamaño de Picasso, Bacon o Kandinsky. La narración lleva en todo momento la marca de Houellebecq y no faltan la habitual desolación hacia la decadencia física de los cuerpos o la aparente imposibilidad de superar alguna vez nuestra desgraciada condición de partículas elementales.

Y el propio Michel Houellebecq aparece como personaje. Y lo hace de una manera sencillamente genial, insuflándose a sí mismo a un tiempo misterio y verosimilitud como criatura literaria. Triste y desvalido, aunque también sutil y punzante. Elementos del tópico mediático Michel Houellebecq conviven con reflexiones íntimas e irónicas. Y en el tramo final, el personaje se va a convertir en el trágico elemento central de lo que se transmuta en una absorbente novela policíaca. Casi del mismo modo en que Las partículas elementales (1998) se convertía, también en su último tramo, en increíble (y de la buena) ciencia-ficción.

Mucho hay en las páginas de El mapa y el territorio. Ideas, peripecias, psicologías desplegadas. Gozos y dolores. Perspectivas sombrías. Indagaciones creativas. Reflexiones sobre el futuro de Francia, la preservación de la cultura y el legado del pasado. Los chinos, nuevos dueños de Europa, van a ser unos barbaros mucho más ilustrados de lo que fueron en su día los estadounidenses: su dinero ayudará a preservar el pasado y la cultura. La novela también se explaya con soltura e ironía sobre el mercado del arte y las relaciones que establecen entre sí los representantes del gran mundo cultural y económico. El autor francés Frederic Beigbeder, aparece también como personaje en el libro y como amigo íntimo, o único, de ese esquivo escritor llamado Michel Houllebecq, que reside en Irlanda. Pero lo más destacado de El mapa y el territorio, desde mi punto de vista, es ese presente nuestro que se va disolviendo página a página hasta transformarse en un pasado remoto, del que solo permanecerán su arte, sus ideas y su ciencia, igual que ha sucedido con cualquier época pasada, desaparecida en el gran rio del tiempo. Ese presente, tan avasallador él, tan opresivo, y tangible, se convierte en texto, en historia, en sueño. En pensamiento.

Gran, gran novela. Grandísimo autor.

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Leída ya casi a la mitad de Solar, lo último de Ian McEwan. Fantástica novela. Con el mismo pulso e intensidad de Sábado (2005), que transcurría en un único y endiablado dia. Tenemos otra vez a un protagonista de gran éxito profesional y abultada cuentacorriente, pero con algún que otro claroscuro. O bastantes, en el caso de Ed Beard, Premio Nobel de Física y vida personal más bien desastrosa.

Compromiso claro de McEwan y de su su criatura literaria Ed Beard con el concepto de verdad y desprecio compartido por el relativismo cognitivo, al igual que por los scaremongerings mediáticos como esas inminentes catástrofes medioambientales, restos del milenarismo medieval. No pocos sarcasmos que lo acercan a Michel Houellebecq. Y reminiscencias del McEwan más truculento de la primera época. Algún momento increíble entre la risa y el chillido. Gran lectura.

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El mapa y el territorio (2010) es otra extraordinaria novela de Michel Houellebecq. Los hechos corresponden a la década de 2010, pero es narrada desde un futuro tal vez lejano, quizá a un siglo de distancia. A modo de un ensayo con un tono muy humanístico y de ideas elaboradas. Con la presencia, como suele suceder en Houellebecq, de las principales fuerzas de la civilización humana: la ciencia y la tecnología. El protagonista, el pintor y fotógrafo Jed Martin, destinado a convertirse en el porvenir en una figura legendaria de la historia del arte, comparte espacio y tiempo con figuras tan actuales y reconocibles como Gates y Jobs, que Martin inmortaliza en un cuadro con la misma densidad psicológica que los de Velázquez.

En la novela, nuestro presente se disuelve al transformarse en un pasado remoto, del que solo permanece su arte y sus ideas, como ha sucedido con cualquier época. Y el propio Houellebecq se nos aparece como personaje: una extraña criatura tan triste y desvalida como sutil y punzante. Gran, gran novela.

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La ilustración exorcizó a los espíritus y a los dioses. Tanto que al acabar el XVIII no quedó ni uno. El siglo XX, y no digamos el XXI, los ha recuperado miserablemente, para felicidad de los clérigos.

Christopher Hitchens (1949-2011) fue un campeón de la Ilustración en un siglo irracional. Un tipo incisivo. Claro y razonador. Valiente. Un librepensador con todas las letras. Como nuestro Escohotado. Irritaba a todos por igual. Hizo con su vida y con su tráquea lo que le dio la gana. Era un anti-teista, como él mismo se declaró. No uno de esos contemporizadores agnosticistas, tipo ZP, que van siempre con miedo no sea que alguna tribu se les enfade. Hitchens pensaba por sí mismo y de su pensamiento resplandecían sus filos cortantes. Ahora vendrán los buitres a disputárselo. Pero va a ser difícil que alguno pueda (o quiera) apropiárselo. Hay en él demasiada verdad.

Redescubriendo estos dias al gran Fredric Brown en mi Kindle. El autor estadounidense fue una de mis primeras lecturas como early teenager. Y la cosa no dejaba de resultar adecuada, ya que fue uno de los grandes maestros de la época pulp, aquella edad de oro de las revistas policíacas y de ciencia ficción o fantasía que arreciaban en los kioscos estadounidenses en las décadas de los treinta y cuarenta principalmente. Y que justamente devoraban los adolescentes de la época. En especial aquellos con inquietudes científicas, en el caso de la SF. De ahí salieron brillantísimas obras y autores que acabaron convertidos en clásicos. Nuevos Balzacs o nuevos Dickens, porqué no, que también estos dos emergieron de la literatura popular antes de dar el salto a los programas académicos y a la veneración crítica.

Conocía grandes obras como The screaming Mimí o One for the road, que me impresionaron en su dia. El Fredric Brown noir o policíaco. Curiosamente estaba menos familiarizado con el Brown autor de ciencia-ficción, a pesar de mi devoción (que sigo conservando) por ese tipo de narrativa. Asimov, Heinlein o Blish no dejaron mucho espacio a los demás. Hubo una excepción: la famosa antología de relatos de ciencia-ficción prologada por Robert Bloch (y por Miquel Barceló en la edición española) Lo mejor de Fredric Brown (1976). Aparte de ese volumen, que devoré en la edición de Bruguera de 1988, no conocía gran cosa de las incursiones del magnífico autor en uno de los géneros, la SF, que habían cimentado su leyenda.

Dos clásicos de la ciencia-ficción

Descubro ahora por primera vez dos clásicos del Brown autor de SF: What Mad Universe (1949) y The Mind thing (1961). Dos rotundos pulps, sí, pero de alta categoría. Con personajes vivos, reflexivos y proactivos, muy norteamericanos,  a quienes les suceden cosas en apariencia sobrenaturales (aunque rigurosamente enmarcadas en la explicación racional) y a las que se sobreponen con audacia, ingenio y sentido práctico. Los argumentos irresistibles, con momentos de tensión colocados con mano experta y no pocas dosis de humor e ironía, junto a un inequívoco sabor de época (1940s, 1950s). La capacidad endiablada del autor de Ohio para atraparte, algo que no puede dejar de analizar el aprendiz de escritor. Ingredientes que hacen de estas obritas una experiencia literaria de primer orden. Del mismo modo que el jazz, popular en su dia y contemplado con suficiencia por los highbrow del momento, es hoy dia una música casi elitista, lo mismo podría decirse de los grandes clásicos del mundo pulp, de aquellas inolvidables literaturas estadounidenses de kiosco que arreciaron en el segundo tercio del siglo XX.

(Ahi van dos enlaces de las versiones castellanas de What mad universe y The mind Thing. Primero os bajais los PDFs (o los Word, que habreis de convertir a PDF) Luego los pasais a MOBI con el Calibre y a continuación directo al Kindle. Enjoy!)

images (1)Recupero una pequeña reseña del 2002 sobre la antología Lo mejor de Fredric Brown.

El espléndido escritor de género que fue el norteamericano Fredric Brown (1907-1972) encuentra en este volumen una excelente antología de algunos de sus mejores relatos. La recopilación corre a cargo de Robert Bloch, el célebre autor de Psycho, e incluye algunas muestras de la habilidad inigualable que tenía Brown en la técnica del relato corto o supercorto. Algunas de estas mini-narraciones, como Imagínate, Pesadilla en amarillo, Experimento o Aún no es el fin son simplemente inolvidables para cualquier lector aficionado. En el volumen encontramos también cuentos algo más largos, como Nada serio o Arena, que resultan igualmente impagables y que forman parte, muy probablemente, de lo mejorcito que se ha escrito de entre las toneladas de literatura de ciencia-ficción que produjo el cientifista siglo XX. El autor de Cincinnati no sólo cultivó el relato breve, también escribió novelas y narraciones largas como Marciano vete a casa (1955) o la Mente asesina de Andrómeda (1961).

Para mi, Brown es un autor especialmente entrañable. Una de mis más remotas lecturas fue la policíaca Un trago para el camino (One for the Road), en el número 21 de aquella popular colección de quiosko de la extinta Editorial Bruguera Club del Misterio, cuyos volúmenes conservo como oro en paño. Más tarde, y justamente de la mano de Bloch y su The best of Fredric Brown, descubriría al Brown autor de ciencia-ficción. El libro es una excelente introducción al mundo de un escritor imprescindible en la literatura estadounidense de género del ya pasado siglo. Cuenta, además de las decenas de relatos, con una presentación del antologista Robert Bloch (que trató personalmente a Brown) y un prólogo de Miquel Barceló, probablemente la máxima autoridad en materia de ciencia-ficción de nuestro pais. (SGL, 2002)

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