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Archivos Mensuales: julio 2007

 

Los pájaros cantaban; los proles cantaban también, pero el Partido no cantaba. Por todo el mundo, en Londres y en Nueva York, en África y en el Brasil, así como en las tierras prohibidas más allá de las fronteras, en las calles de París y Berlín, en las aldeas de la interminable llanura rusa, en los bazares de China y del Japón, por todas partes existía la misma figura inconquistable, el mismo cuerpo (el de los proles) deformado por el trabajo y por los partos, en lucha permanente desde el nacer al morir, y que sin embargo cantaba. De esas poderosas entrañas nacería antes o después una raza de seres conscientes. «Nosotros somos los muertos; el futuro es de ellos», pensó Winston. Pero era posible participar de ese futuro si se mantenía alerta la mente como ellos, los proles, mantenían vivos sus cuerpos. Todo el secreto estaba en pasarse de unos a otros la doctrina secreta de que dos y dos son cuatro.

— Nosotros somos los muertos — dijo Winston.

— Nosotros somos los muertos — repitió Julia con obediencia escolar.

— Vosotros sois los muertos — dijo una voz de hierro tras ellos.

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Sobre 1984, de George Orwell

Puede leerse perfectamente como una historia de terror. Yo creo que es la obra de terror de nuestro tiempo, junto a las jocosas pesadillas de Kafka. Nuestra gran novela gótica (vosotros sois los muertos). Y sin duda la mejor de las distopías. Y es que está hecha con todo el miedo y la sangre de la época. Es un discurso político, sí, pero pocas veces la política, la advertencia, el avistamiento y la profecía habian tenido un poder tan fuerte y directo, una más angustiosa capacidad para abrirse camino de un hachazo hacia la conciencia y romper el mar helado. Ese que según Kafka llevamos adentro.

Surge la poesía, brota increíblemente, como hierbajos entre los tablones de un suelo sangriento. Se rompe el pisapapeles que es una esfera y una metáfora y se rompe contra ese suelo y esa sangre. Se rompe la esfera y se esparce el contenido. Y se rompen los personajes, Winston y Julia, y el lector se rompe.

Al final, uno de los mayores desasosiegos que la literatura pueda dar. La sospecha de que el solipsismo y Berkeley y O’Brien y El Partido Interior estén en lo cierto. Si todo es un producto de la mente, si la verdad no es más que una construcción cultural y social, ¿existe entonces realmente dicha Verdad? Yo creo que sí, que no es sólo una construcción, sino unos cimientos, pero esa certidumbre ha temblado durante la lectura, para luego recuperar su equilibrio. Mi certidumbre ha temblado, y creo que la de muchos lectores. Que una novela, un simple texto, hoy dia te haga temblar es algo insólito, increíble. Reseñable.

Una distopía (Farenheit 451, A Brave New World, 1984, La Posibilidad de una Isla) siempre es una exageración. Las sombras son ahí inimaginablemente densas. Pero hay que pintar el cuadro con esos oscuros: sólo así se abre camino el impacto. Las sombras pueden ser más furtivas e inciertas fuera de los libros: ahi está el peligro, que no se las vea en la Realidad, bajo el chorreante sol de la vida cotidiana. Hay totalitarismos muy sutiles, en el mundo real, ahí en esa luz. Pero cuando la verdad queda reducida al insultante periodismo declarativo, a los textos volátiles, al entramado verbal que puede hacerse y desahacerse: ahí están las sombras. El lenguaje reducido a laneolingua de la corrección política (recien llegados, daños colaterales, violencia). El idioma escamoteando miserias e infamias, el idioma desmantelado. Orwelliano tout court. Esa libertad proclamada e ilimitada o el crecimiento económico insistente que jamás (o muy raramente) se visualiza fuera de las pantallas. Las mentiras, bref. Igual que en la Oceanía que soñó el aterrado Orwell.

Una gran obra no lo es sólo por la limpidez y honestidad de su mensaje. Orwell sabía muy bien de lo que hablaba. Sabía muy bien de lo que hablaba cuando se refería a la tramposa neolingua y su poder reconvertidor de lo real, a la caprichosa reconstrucción del Pasado, al Ministerio de la Verdad y la manipulación (y sus sutiles trasuntos de nuestro mundo cotidiano), la falsedad como norma, los vastos gregarismos, los tótems ideológicos que ahogan la crítica, la dilución del individuo en nombre de las gloriosas abstracciones. Orwell vio, y muchos antes de él, la necesidad (desde la perspectiva del sistema) de mantener al hombre en un estado nunca demasiado alejado de la pobreza, el infinito sometimiento al trabajo (imprescindible método de control social) y a la ebriedad política, el (buscado) embrutecimiento intelectual de las masas (los proles).

¿Podrán soñar los postmodernos relativistas con un profeta mayor que O´Brien o una Biblia y texto fundacional como 1984?

Un destello en medio de la negrura relativista, destello que se filtra en la historia narrada por Orwell: para la guerra, para la acción y la supervivencia (en situaciones límite) de los Estados no queda mas remedio que reconocer que dos y dos son cuatro. No queda más remedio. Por mucho que la Filosofía y la Política puedan en un momento dado jugar a que son cinco, insistir en que son cinco, jugar al sueño o al solipsismo.  Hay momentos en los que hay que abrir los ojos, que ponerse serio. Eso puede leerse en el texto del oculto y encarnizado enemigo del Gran Hermano y del infernal Estado Oceánico. ¿Hay ahí tal vez una posible fisura -o su esperanza- en el monolito argumentativo de O´Brien?.

Cuando acabé la lectura me pregunté qué sería de Winston Smith y de Julia, (lo que me sucede con poquísimos libros), si la derrota era real y definitiva, o el discurso de O´Brien dejaba resquicio. Si esa Sociedad tan inconcebiblemente inhumana sería tan inamovible, si la Historia podía en efecto congelarse de ese modo, o el ser humano congelarse así con ella. La pregunta del lector sobre los personajes y su destino, al cerrar el libro. Eso sólo pasa con las grandes obras, esas que son algo más que una construcción verbal, esas que son algo vivo y que nacieron de alguna desdicha permanente de su autor.

Como Musil, como Bloy o como Kafka, George Orwell escribe desde el vigor y la obcecada denuncia. Política en el caso de Orwell, moral en los otros. Que lo escuchemos o no -victimas y verdugos, que acaso se confundan- eso ya es otro cantar.

From this moment on (1998) 

 La canadiense Shania Twain, especializada en versiones light del country, se coloca aqui ropajes y túnicas de muchachita hindú o algo por el estilo, y le sale un video bizarre, sorprendente.

Aunque minuciosamente anglosajona en lo geobiológico, Shania (Eilleen Regina Edwards), se crió al igual que Suzanne Vega con un padre adoptivo no anglo. Jerry Twain pertenecía a la tribu Ojibwa, oriunda del Canadá. Shania significa algo asi como On my Way, según cuenta el wikipeda de guardia.

Al margen de esos orígenes (in-law) indiocanadienses, contemplando a la Twain en el video from this moment on ( 1998 ) con su disfraz asiático, se hace difícil no imaginar alguna gota de sangre india (americana o asiática) correteando por debajo de esa túnica.

 En el segundo tubo, una Shania más habitual, cowgirl y lavada a la piedra, en Any man of mine, de 1993. Llamativo contraste entre los dos tubos, las dos Twains.

Any man of mine (1993)

En algún lugar de este desconcertante blog creo haber hablado ya de Desintegration (1989), acaso el mejor disco de The Cure (Oro en 1989 y Platino en 1989 y 2004): su trabajo más tenebroso.

Desintegration incluye la canción de cuna más famosa y oscura. Ahi van dos tubos con la versión original (1989) y la acústica (2001)

Hubo un tiempo en que El País era sin discusión, el mejor diario de España. En 1976 saltó por primera vez a la arena de la prensa nacional con un estilo honesto, sobrio y veraz. Un diario nuevo, novísimo: moralmente. Irrumpía El País en un universo comunicativo melifluo, algo estancado y no poco ponzoñoso, rodeado de rotativos que habían estado conviviendo con mayor o menor entusiasmo con el Régimen franquista (como cierto diario de la burguesía catalana fundado por un Conde y que en 1939-1940 saludó marcialmente al improbable “libertador”). Irrumpía El País, que habría de devenir referente ético y político. Inequívocamente comprometido con esa democracia embrionaria que iba tímidamente dibujándose. Era un diario que enlazaba con la tradición liberal y “progresista” (en 1976 esa palabra no sufría del manoseo y bastardeo actual) de cierto periodismo hispánico. El País no era otra cosa que una fresca ventana abierta: un compromiso claro y nítido con la libertad de expresión y de pensamiento, y -naturalmente- de asociación. Un diario serio, de ceño fruncido, eso sí. De poca broma. Nada peor podía caerte que un editorial negativo suyo. Nada peor desde la perspectiva de esa España liberal que en 1976 amanecía y “bostezaba”.

En febrero de 1981, mientras Pedro J. (y muchos otros)  esperaban a ver qué pasaba, El País sacó valiente y desacomplejadamente una edición especial, que titulaba: El País con la Constitución. Aquella portada le valió al diario su definitiva fama -a lo largo de la década siguiente- de campeón de la libertad, la claridad y el compromiso con la verdad. (pues la verdad de los hechos, antes de que el magma postmoderno se aposentase, aún existía y se aplaudía: se exigía)

En mi época facultística -en la primera mitad de los noventa- yo era de los que alardeaban con El País bajo el brazo. ¡Qué elegante, tomarse un café au lait en las inmediaciones pedralbinas con el diario a un lado, junto a la tacita! Hasta 1995 aproximadamente, se mantuvo mi respeto por él. Me gustaba -y sigue gustándome, lo único- su suplemento cultural, Babelia: sin duda uno de los placeres del sábado.

El artículo de Fernando Savater

Este año de 2007 me enteré de que El País le había censurado un artículo a Savater. El filósofo llevaba treinta años colaborando con el diario; nunca, que se tenga noticia, le había sucedido algo parecido con el otrora prestigioso rotativo. El artículo censurado llevaba por título Casa Tomada, y jugaba conceptualmente con el famoso cuento homónimo cortazariano, en el que presencias invisibles y vagamente amenazantes van “tomando”, ocupando, las diferentes estancias de una vivienda: ante lo cual, sus dos habitantes van simplemente replegándose en los pocos espacios que van quedando libres, sin rebelión alguna de su parte, con completo conformismo (total, en esas habitaciones no hay nada de interés, van como diciéndose, etc) hasta su definitiva expulsión de la casa.

Parece que la carga metafórica del cuento cortazariano y el derrotero del artículo de Savater no gustaron al señor Lluis Bassetts, actual demiurgo (editorialista) de El País, que lo desechó. El problema -y parece que Bassets y otros como él no acaban de entenderlo- es que ya no estamos ni en 1976 ni en 1990, y estas cosas hoy dia se saben instantáneamente. Y luego sucede que hay que dar incómodas explicaciones y recurrir al típico lenguajito socialdemócrata de la miel y las hojuelas, ese que ruboriza al propio emisor. Instantáneamente se supo pues la censura del artículo, instantáneamente rebosaron en el blog de Bassets los comentarios críticos, la confusión, las preguntas (¿Es esto verdad, se ha producido en verdad esta censura en nuestro amado diario?, se preguntaban no pocos afectos). Bassets eliminó de su blog esos comentarios incómodos. Más tarde se vio obligado a reconocer toda la secuencia de hechos, edulcorándola con una explicación que, supongo sólo convenció al lector militante de El País: ese que desfila marcialmente cada dia ante el kiosko. Hoy dia, con Internet y su explosión informativa, ese tipo de lector esta condenado si no a la extinción, sí a una implacable minorización. ¡Ah, ese lector disciplinado y marcial, que al repunte de cada alba se cuadraba ante su diario favorito!. Lector que tan cotidiano fue hasta el comienzo del siglo XXI. Eso se acaba.

De ocurrir diez años antes, el asunto Casa Tomada hubiese quedado en el ámbito de la rumorología (“No, no creo que eso sea verdad, El Pais jamás censuraría” o incluso “Si lo han censurado será por algo” (sic) . Hoy dia las cosas no funcionan así, pues esas cosas, se saben o se acaban sabiendo.

Dejando aparte este lamentable asunto -que podría haber sido sólo un lunar ¿Qué es hoy El País?: una sombra de lo que fue. Nada queda de su viejo rigor, de su viejo compromiso con la verdad de los hechos (al margen de las interpretaciones ideológicas que se hagan más tarde de esos hechos, claro está), de su dinamismo indagador e investigativo, su seriedad, su antigua “poca broma”. Hoy dia es una frívola cabecera postmoderna más: blanda y complaciente. Otro magma de acrítica corrección política y servidumbre partidista.

A veces todavía lo compro, sí. A veces (también) me gusta recordar mis sueños de hace diez años.

80

El otro dia en El club de TV3, oigo la homilía medioambiental del conseller de Medi Ambient i Habitatge, señor Baltasar.

El señor Baltasar anuncia la inminente entrada en vigor de la prohibición de circular a más de 80 km/h por la llamada area metropolitana de Barcelona que, como es sabido, llega hasta Castelldefels: localidad situada a más de 20 km del señorío administrativo del alcalde Hereu. Ese que administra con el 20% de los votos del electorado barcelonés (lo que me parece bien, pero que se sepa).

80 km/h por la autovía de Castelldefels. Velocidad de motocicleta. ¿La razón? Si entendí bien al sacristanesco conseller, si comprendí bien la homilía televisada, la razón es el intento de disminuir la contaminación y las enfermedades respiratorias de los ciudadanos (sic). En el horizonte está el cumplir con el famoso protocolo de Kyotto.

Para lograr esos (presuntos) objetivos sanitarios y medioambientales ¿Lo único que se le ocurre a esta pandilla es poner el automóvil al nivel de la Renfe y ayudar a que un ciudadano tarde una hora entera en recorrer los cuarenta ridículos kilómetros que hay entre Vilanova y BCN?

La gente ha de marcharse de Barcelona por culpa del bandidaje inmobiliario. La colla tripartita gobierna desde 2003 en la Generalitat y desde 1995 en el ayuntamiento de Barcelona. Generalitat y ayuntamientos tienen las competencias exclusivas en la materia (lo que, dicho sea de paso, convierte en un majadería más el invento zapateril del Ministerio de la Vivienda, ese que ahora manejará la PeSeCera Chacón). Generalitat y ayuntamientos no han hecho absolutamente nada en estos 10-12 años para reconducir una situación que se les acabó yendo de las manos. Si es que alguna vez tuvieron intención de reconducir tal situación y de que no se les acabara yendo de las manos (chistecitos antisistema, véase Mayol, aparte).

Résultat: los barceloneses tuvieron (tuvimos) que hacer la maleta y largarnos. ¿A donde? Pues a Gavá, a Viladecans, a Castelldefels, a Vilanova o más lejos aún. Pero el trabajo, la actividad económica y empresarial, seguía estando en Barcelona e inmediaciones, con lo cual tuvimos que seguir umbilicalmente unidos al Cap i Casal.

No solo han sido absolutamente incapaces de aliviar -no ya resolver- el problema inmobiliario, sino que ahora -en nombre de razones de lo más dudoso- le complican un poquito más la vida a ese ciudadano que ha de trasladarse diariamente hasta Barcelona  para ir a trabajar. Al desastre Renfe (que afecta en especial al Baix Llobregat), al bandidaje de los peajes (5 euros cada carrera), que cuenta como única alternativa el increíble circuito (las curvas) del Garraf: a eso, el señor Baltasar y sus amigos vienen a añadirle una nueva genialidad prohibicionista.

Razones poco creíbles

No me creo absolutamente nada de esta gente. Ni de ellos, ni de sus supuestos objetivos o razones. Nada. No está en absoluto claro que bajando la velocidad de 120 a 80 disminuya la emisión de partículas contaminantes de una manera significativa (considerando entre otras cosas que los automóviles no son la única fuente de emisión contaminante). Y aunque así fuera, la prohibición es siempre lo más fácil, claro está. Si la contaminación es un problema tan grave -que lleva a los sacristanes del tripartito a preocuparse, más bien a obsesionarse por nuestra salud broncopulmonar– no sería mejor que el Sistema Económico del capitalismo movilístico-petrolero-carbonero cambiara de paradigma, que se atreviese a dar el salto? ¿Porqué no se vuelca en el desarrollo de combustibles alternativos? Si, ya se que tal cosa no es fácil, pero tengo serias dudas de que se intente con la seriedad suficiente. Están las petroleras de por medio, y eso significa mucho de por medio.

Volviendo al ámbito de competencia de las admistraciones españolas y catalanas: también podrían mejorarse las comunicaciones, o potenciarse el transporte público. No entiendo como estando la Renfe en la situación vergonzosa en la que está, se ha atrevido el tripartito a apretarle aún más las tuercas al ciudadano con una medida así. Cuando lanzaron el globo sonda en diciembre, yo pensé: no se atreverán. Estos se atreven a todo, rodeados como están de dioses. Entre ellos esa divinidad tan actual y temible: el medio ambiente. Que la tecnología tiemble ante su ira. Y tiemblen de paso los ciudadanos y sus bolsillos.

¿He dicho ya que no me creo nada? ¿No será más bien que Baltasar y sus amigos saben que no vas a poder resistir la tentación de pisar el acelerador cuando vayas por la autovía de Castelldefels sin tráfico a una hora tardía de la noche, por ejemplo? ¿Quien va a resignarse a ir a 70 u 80 por hora -velocidad poco menos que de ciclomotor- en un tramo recto de autopista y sin más vehículos a tu lado? Casi nadie. Anda que no van a recaudar, los amigos.

Afilando los dientes, me los imagino. Los dientes y los radares.

Otra cosa: la medida no afecta a los del Maresme, los del noreste. ¿Qué pasa, que lo de Kiotto no va con ellos? ¿Ellos sí que pueden ir en turbo?

¿Siempre tenemos que pagar el pato los moritos de la Catalunya nova, o qué?

Es posible que una letra, unos lyrics, tengan interpretaciones variadas, y que no sean siempre complementarias. Que sean hasta antitéticas, en algún caso.

Un clip es una minipelícula que puede tomar partido por una de las posibles interpretaciones. Tal cosa es lo que hace el clip del Animal Instinct, de The Cranberries.

La minipelícula relata -por vez enésima- el enfrentamiento entre Antígona (la tierra, la sangre) y Creonte (la ley, el Estado). Eso relata. Y toma partido -como suele suceder en el arte, como casi siempre sucede en el arte, y en cierta política irreductible- por, como no, Antígona.

La Antígona rubita a quien Creonte le arrebata los niños. Creonte le arrebata los niños y los toma a su cargo. Porque Creonte desconfía de la capacidad de esta Antígona para ocuparse de los niñitos. I’ ve got an interview in two days, I am gonna get the job, I swear -chilla Antígona, para que los emisarios de Creonte no se le lleven los niños. Los emisarios de Creonte se le llevan los niños.

Antígona lloriquea mientras toma café o tal vez té (suddenly somethin’ has happened to me, while I was having my cup of tea). Antígona reflexiona sobre ella misma (tal vez), reflexiona sobre su destino y el de sus niños. Antígona resuelve arrebatarle los niños -sus niños- a Creonte. Antígona se pone una peluca negra y se acerca hasta la Children’s aid y se lleva a los niños; mete a los niños en el asiento de atras del coche y se los lleva. A los niños. Se los lleva Antígona a los niños y los arrastra carretera y manta por el medio oeste. Porque eso es USA y no el Peloponeso, y en USA las dudas existenciales o las discordias con el Estado se resuelven una de dos: o agarrando un rifle o agarrando la carretera.

El clip toma partido por Antígona y por la sensibilidad y por la sangre. Y al diablo con el Estado. Pero si este Creonte (la administración USA) te confisca a los niños, yo creo que es por que eres una Antígona de cuidado, una mala Antígona, aunque tengas una entrevista en dos dias y vayas a lograr el trabajo (I swear!). Eso pienso yo. Pero el clip piensa otra cosa. Y piensa que el animal instinct es irreductible y eso canta y lo canta a través de una música elegante y una bella y visual poesía de carretera. Porque el instinto y la sangre con poesía y música entran y entra también el culto a la tierra y el culto a la sangre.

Pero una civilización no se construye (sólo) con sangre o con tierra. También con ley, aunque la ley sea menos poética. Como va a ser poética la ley despues de Kafka. En fin. Pero que no nos falte.

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