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Archivos Mensuales: febrero 2012

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Este rollo luterano de la austeridad no está funcionando. Llevamos ya mucho tiempo con el carrusel de los rescates de Estados, la escalada de las primas de riesgo, las agencias crediticias y las recetas dudosas de unos personajes de perfil cada vez más siniestro. Ahora nos dicen que nos vienen un año o dos de recesión, con todo lo que llevamos. Hace falta ser criminal para venirnos con esas después de cuatro duros años de crisis y quedarse tan panchos.

Creo que la política de austeridad, hasta ahora inapelable, podría tener los dias contados. Es simplemente que la cosa no funciona. Había que probarlo, vale. Pero no funciona. En España era razonable, tras el dispendio. Pero en el conjunto de Europa no sirve. No puede haber crecimiento económico si tenemos que calentarnos a la lumbre y pasar las noches en casa sorbiendo gachas de la abuela en alpargatas. Y una vieja biblia gótica en la cómoda. Se ahorra, sí. Pero eso no basta.

Si gana Hollande se romperá esa parejita descompensada, Francia y Alemania. Francia está harta de hacerle a Alemania de ama de llaves. Alemania necesita a Francia para que la saque de paseo, para que no se note demasiado que no es más que una solterona mustia, apretujada, enfajada y ceñuda.Cuando se rompa ese tandem, Alemania se quedará sola en la machacona defensa de la austeridad, frente a una alternativa cada vez más razonable: las medidas de estímulo. Necesitamos ya un poquito de alegría. No podemos estar toda la vida con el sonsonete Churchilliano de la sangre y las lágrimas. Ni seguir en este pozo negro, en esta depresión sin horizontes, con el único fondo de las prédicas de unos cuantos cuervos calvinistas.

Ya basta. Hay que cambiar de modelo.Que gane Hollande. Que París vuelva a ser París, sin esos uniformes sobre el verde, sin ese horrible tono gris.
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Las críticas de cine a veces se esclerotizan con el tiempo, no se actualizan. Se van repitiendo las mismas cosas año tras año, los mismos criterios oxidados. Hay quien insiste aun hoy en que Ciudadano Kane o Potemkim son las mejores películas de la historia del cine. Repasando ensayos o análisis críticos de los años cincuenta, vemos que se decía exactamente lo mismo. Mejor película: Ciudadano Kane, Potemkim, la Gran Ilusion…y blablabla. Y un cuerno. ¿En sesenta años no se ha rodado película alguna que las supere? Me parece muy dudoso. Sí, las críticas se fosilizan. Se convierten en dogmas. En idées reçues. Cada x tiempo hay que actualizarlas. Un crítico desprejuiciado debe voltearlas, ponerlas al dia.

Algo similar pasa con la supuesta mejor película de Scorsese. Treinta años que venimos oyendo que es Taxi Driver. Pues, no. No es Taxi Driver. Es The King of Comedy (1982). Rupert Pupkin es una nueva versión de Travis Bickle: el mismo psicópata reconcentrado, aunque con un registro diferente. Su fijación aqui es otra, pero es el mismo tipo de chalado. Y de una manera asombrosa, en las dos horas de The King of Comedy está apretujada toda la historia de la cultura televisiva y la evolución de ese medio desde 1982 hasta nuestros dias. La película contempla el futuro, dramatiza la historia futura del medio, empaqueta tres décadas en dos horas, alegoriza con vigor y elegancia. Rupert es un personaje horrible y fascinante. Un divertido e ingenioso neurótico. Un enfermo mental muy gracioso.

Y la película una obra de arte, y sí, la mejor de Scorsese. Qué diablos.

Sobre tres obras de George Orwell. 

La actual crisis económica parece no tener fin. Tardamos en percatarnos de su presencia, o más bien los medios y la clase política tardaron en asumirla y revelárnosla. Pero la tenemos encima desde como mínimo el 2008. Al principio parecía una de tantas: periodo de recesión y luego remontada al cabo de unos años: y vuelta al (supuesto) crecimiento, al menos el teórico, el de pizarras y porcentajes. (no tanto el de nuestros bolsillos). Pero a principios de este 2012, comprendemos al fin que la cosa es más grave: la crisis es de las del tipo W. O sea, una fase descendente de la economía, seguida por un periodo de crecimiento anémico para volver a la fase descendente unos meses o trimestres después. 2011 fue un año de brotes verdes. Eso se nos decía. De pequeñas plántulas que parecían prometer el inminente deshielo, o así quisimos creerlo. Yo quise creerlo. Comprendemos ahora que la travesía del desierto va a durar mucho: Un ilimitado horizonte rojizo y polvoriento. Y además nada nos garantiza que tras la actual W no llegue una cadena indefinida de Ws.

Vamos, que la cosa va para largo, y que esto que llamamos crisis tal vez sea una nueva forma de “normalidad” a la que tengamos que acostumbrarnos. No un revés o un bache, sino un nuevo standard. Quizá de esta crisis emerjan oportunidades y formas de vida y relación (social, económica, laboral) que ahora vemos en un estado embrionario, pero que podrían dar lugar en el futuro  a un mundo más avanzado, diverso, plural. Más libre y menos encorsetado. Aunque ahora nos parezca justo lo contrario. Pero tampoco estamos en nuestro mejor momento anímico. Nos falta perspectiva.

Perspectiva. Es bueno no perder de vista aquello que tenemos. El enorme potencial del universo dos punto cero, esa tierra prometida surgida casi por arte de magia de unas tecnologías cada vez más cotidianas y rutinarias. Lo he afirmado otras veces, pero no me importa volver a hacerlo: prefiero un mundo en “crisis” disponiendo de la red y sus posibilidades infinitas, que aquellos viejos mundos en (supuesto) “crecimiento” y sin la red. Dicho de otro modo: prefiero mil veces 2012 a 1990 ó 1999. LinkedIn nos salva del horror circular de los viejos anuncios de empleo de La Vanguardia.

Oímos y leemos mucha basura estos dias. Conviene no perder de vista la historia para saber de donde venimos, como era la existencia hace cien, ochenta, cincuenta años. Para valorar mejor aquello de lo que disponemos, para tener una visión más adecuada de las cosas y no caer en un desánimo mayor del necesario.

Qué mejor para ello que la historia y qué mejor que la literatura. Y en particular la literatura inmersa en la trama de la historia, esa que sabe darle brillo estético y emocional, a la historia y las gentes que en ella vivieron. Y qué mejor que esa literatura-testimonio de uno de los grandes: George Orwell. Una de esas figuras que han sabido elevarse por encima del habitual maniqueismo ideológico, un tipo que ha conseguido ser adorado por izquierdas y derechas por igual, y sobre todo por los que aborrecemos esas divisorias.

Todos conocemos sus obras maestras, esas dos o tres que son ya casi tópicos en nuestra cultura. Pero creo que en estos momentos que vivimos, no hay nada más adecuado que sumergirnos en lo que se me ha ocurrido llamar su Trilogía de la miseria: Sin blanca en París y Londres, Mantened la Aspidistra Izada y El Camino de Wigan Pier. 

Orwell, sin blanca

George Orwell es conocido ante todo como autor de dos clásicos contra el totalitarismo: 1984 (1948) y la fábula Rebelión en la Granja (1945). En España, además se reedita constantemente su Homenaje a Cataluña (1938), libro en que recoge sus experiencias de la Guerra Civil.  Además de la crítica al totalitarismo y al imperialismo británico (al que se refiere en Burmese days,1934), otro de sus grandes temas es el de la justicia social, el reparto equitativo de la riqueza y la descripción de la miseria y las penalidades económicas, especialmente en la Inglaterra de los años 30.

Tras su periodo en Birmania como policía colonial británico, Orwell vuelve a Inglaterra en 1927, y se establece en la residencia familiar de Southwald. Comienza un periodo de pobreza, en parte “escogido”, hasta cierto punto similar al de Gordon Comstock, personaje principal de su novela Keep the aspidistra flying. En los años siguientes, vivirá de artículos, publicaciones e impartiendo clases. Se relaciona con el mundo intelectual de Hampstead.

También trabajará como ayudante en una librería, de nuevo lo mismo que Gordon. Durante nueve meses de 1928, y al igual que otros ingleses de perspectivas bohemias y literarias, vivirá en Paris. Entre las actividades remuneradas de Orwell en los meses parisinos figurará la de fregaplatos en un hotel de lujo de la calle Rivoli.

Hay al menos tres obras de George Orwell que tratan del tema de la pobreza:

Down and Out in Paris and London, 1933. Es una crónica autobiográfica. El narrador es el propio Orwell o alguien muy similar. Refiere de una manera muy vivaz sus experiencias en las dos ciudades, sus traslados de pensión en pensión, con las monedas siempre contadas, accediendo a algún que otro trabajo de tarde en tarde, principalmente en restaurantes. Se nos relata la picaresca de la gente de la calle, de los excluidos, las reflexiones políticas en torno al socialismo y la supuestamente inmediata revolución.

Keep the aspidistra flying, 1936. Se trata de una especie de comedia dramática que nos narra las peripecias de Gordon Comstock, poetilla con un mísero libro publicado y aparatosos proyectos de obras poéticas que nunca se materializan, más allá de un montón de páginas emborronadas.

Rechaza el “imperio del dinero” y de la “sociedad respetable”, lo cual le lleva a dar la espalda a cualquier empleo que pueda abrirle perspectivas de desarrollo, incluidos aquellos para los que parece bien dotado. Prefiere trabajos insignificantes que le permitan subsistir, mientras espera poder desplegar algún día todo el arte que cree llevar dentro. Desoye orgullosamente los ofrecimientos de ayuda de su acomodado editor y amigo “izquierdista” Ravelston y los consejos bienintencionados de su sufrida novia Rosemary.

El personaje de Gordon Comstock nos resulta entrañable e irritante a un tiempo. Su cruzada personal contra el “totalitarismo” del dinero no le impide una obsesiva y algo patética preocupación por el “qué dirán” y que la gente perciba que no tiene un céntimo. Es un sujeto más que trágico, tragicómico, vagamente valleinclanesco.

The Wigan Pier Road, 1937. Por encargo del editor Victor Gollancz, Orwell marcha hacia el noroeste de Inglaterra, al entorno de Wigan (entre Manchester y Liverpool), para recopilar material de primera mano acerca de las condiciones de vida de la clase trabajadora en esa parte especialmente deprimida del país. En el camino de Wigan Pier, las dotes de observación y de análisis del inglés se nos aparecen de nuevo en todo su esplendor, algo que tendrá inmediata continuidad con su viaje a la España en guerra y el Homenaje a Cataluña (1938).

Además de una buena lectura, los tres libros de George Orwell, esa “trilogía de la miseria”, nos ofrecen un estimulante background o fondo para estos tiempos de crisis económica de la que, como decimos, parece que tenemos para rato. Habitemos durante unas horas mundos un pelín más duros que el nuestro.

Artículo original 

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Está bastante claro que Rubalcaba ha borrado de un plumazo todo rastro de chaconismo en la nueva ejecutiva. El cántabro se ha rodeado tan solo de fieles, de incondicionales. De gentes que no le ofrecen resquicio de duda y se aglutinan y apretujan en torno a su liderazgo. Porque los tiempos que se le vienen al PSOE van a ser muy duros: Una larguísima travesía sin apenas poder municipal ni autonómico. Sobre todo si, como parece probable, el PP en Marzo clava finalmente bandera y escudo en “el reino de Granada”, último bastión en manos del enemigo.

La nomenklatura rubalcabista emergida del Congreso ha dejado completamente a la intemperie a los partidarios de la Pasionaria postmoderna, incluido a ese Tomás Gómez que, contrito, tendrá que seguir soportando no solo los criminales zarpazos de Esperanza Aguirre en la Asamblea de Madrid, sino además la frialdad de los nuevos jefes de su Partido. Cualquier mañana se despierta con una cabeza ensangrentada de caballo en la cama. Y todo por haber cometido un error de ultimísima hora: su apuesta por la llorona de Esplugas prácticamente sobre la bocina. Su eliminación, no se si solo política, está prácticamente cantada.

Rubalcaba, mientras tanto, se envuelve en una guardia pretoriana de adhesiones inquebrantables: Patxi López, Elena Valenciano, Oscar López y el califa Griñán como figuras clave. El Partido se aparece muy compacto y apiñado en torno a un líder. Los “trotskistas” de Chacón han sido ya purgados. Andan lloriqueando y más que van a lloriquear. Se adivinan desapariciones misteriosas. El PSOE de los próximos años no se va a parecer en nada al del vaporoso zapaterismo. Se prefigura un PSOE de hierro y un líder despiadado con el más mínimo conato de rebelión interna.

(Sobre Sonia Greene y los dos años de felicidad de Lovecraft en Nueva York)

Creemos saberlo todo acerca de HP Lovecraft, su presencia en Internet es enorme, su artículo de la wikipedia tiene tres cuartos de la extensión del de Dickens. Uno de los autores más populares del siglo XX (y XXI), ha “enterrado” a decenas de escritores que en su momento tuvieron el reconocimiento de la crítica. Y más allá de la literatura de género en la que ha solido encerrársele, en América empieza hoy a serle reconocida una condición casi canónica.

¿Pero quien fue este ser capaz de crear en torno suyo un culto póstumo tan desmedido, el creador de un universo de horror material de estética impecable, que ha sabido tocar fibras ocultas de nuestra sensibilidad?

A pesar de todo lo que se ha escrito sobre el autor de La llamada de Cthulhu, persisten no pocos enigmas. Michel Houellebecq en su intenso ensayo Lovecraft contra el mundo, contra la vida (1991) nos cuenta como el biógrafo Sprague de Camp remata su largo estudio de 500 paginas de esta manera: “no pretendo entender completamente a Howard Philips Lovecraft”.

Primeros años

Nació en 1890, en Providence. En 1898, su padre, agente de comercio, murió enloquecido en una habitación de hotel, a causa de la neurosífilis. A partir de entonces, Lovecrat sería educado (y sobreprotegido) por su madre y dos tías.

En 1908, la mala gestión del modesto patrimonio llevó a la familia a tener que mudarse, lo que fastidió mucho al joven Lovecraft. Entre 1908 y 1913 puede decirse que no hizo absolutamente nada, aparte del ejercicio de la lectura y algún pinito poetico.

No consiguió su diploma de enseñanza secundaria, algo que lo acomplejaría de por vida, y que socialmente ocultaría. Esto iba a frustrar además su acceso a la Universidad. Antes de cumplir los veinte años, Lovecraft se veía ya completamente seco desde un punto de vista emocional. De la existencia sólo le interesaban la maravilla y el terror, patrimonio de los sueños, y al difícil ejercicio de recrearlos dedicaría su literatura futura.

Conoce a Sonia (1922)

Hacia 1916 iría abriéndose un poco más al exterior, y saliendo de su aislamiento, especialmente a través de las revistas, la escritura y la correspondencia con otros aficionados. Empezó, pues, a escribir historias, bajo la influencia de autores como Lord Dunsany.

En 1922, en un encuentro de periodistas amateur en Boston, conoció a Sonia Greene. Mujer independiente, era siete años mayor que Howard. Tenía un negocio propio: una tienda de sombreros de moda. Era de origen judío ucraniano, lo que en principio no resultaba prometedor cara al judeófobo Lovecraft. Pero ocurrió lo increíble: Sonia se enamoró de Lovecraft, que, más increíblemente todavía, se enamoró a su vez.

Qué poco dura la felicidad

Se casaron en 1924 y se establecieron en Brooklyn, Nueva York. Aquel periodo entre 1922 y 1925 fue quizá el mejor de la vida de Lovecraft. Se abrió a las relaciones sociales, volviéndose casi agradable y jovial. El matrimonio y un círculo neoyorquino de amigos parecían sentarle bien. Comenzó a soñar con una carrera literaria, con el éxito incluso. Pero todo se vendría abajo sin que nada realmente catastrófico llegara a suceder.

Lo que sucedió fue algo que hubiera podido superarse, pero que acabó siendo definitivo. Sonia vio como su negocio de sombreros quebraba, lo que la obligó a buscar trabajo fuera de Nueva York. Lovecraft también se vio obligado a dejar de lado sus ínfulas clasistas de aristócrata de pega y hubo de empezar a enviar cartas de solicitud de empleo.

Pero lo hizo con una falta de maña impresionante. No se molestaba en ocultar lo mucho que le fastidiaba tener que entrar en el mundo material del trabajo, tener que mostrar preocupación por el dinero y el salario. Percibía como denigratorio el verse en la necesidad de escribir esas cartas de búsqueda de empleo.

Su torpeza a la hora de venderse le llevaba a mencionar cualquier pasado rechazo de su candidatura. Y por una especie de orgullo mal entendido no se olvidaba de revelar, cuando se trataba de enviar un relato a un editor, que el relato ya había sido rechazado, si este era el caso.

Fracaso en Nueva York

El fracaso de Lovecraft para encontrar trabajo alguno lo hundió en una espiral de autodesprecio. Ver como esa Nueva York babilónica, llena de inmigrantes de todos los orígenes, era una jungla en la que parecían no servirle de mucho sus orgullosos orígenes anglosajones, fue algo que no le sentó demasiado bien.

Su racismo latente acabó disparándose de una manera grotesca. La horda italo-semítico-mongoloide (así la llamaría, literalmente) en medio de la cual había de competir sin éxito alguno, crearía en él una explícita xenofobia, que no se abstuvo de dejar por escrito.

Al final, ocurrió lo que estaba cantado y hacia 1926 acuerda un divorcio con Sonia Greene, tras lo cual Lovecraft volvió a Providence, donde vivirá con sus tías. Aquí empieza realmente su obra literaria, sus relatos y novelas principales, como At the Mountains of Madness o El Caso de Charles Dexter Ward.

Vuelve al aislamiento, sólo roto por su amistad y relaciones epistolares con aficionados y escritores, gentes como Auguste Derleth o Robert Bloch. Pero para seguir escribiendo de Lovecraft habríamos ya de concentrarnos en su obra y su culto, y esto era sólo una pequeña nota biográfica. Morirá en 1937 de un doloroso cáncer intestinal. Sonia no habría de enterarse hasta 1945.


Publicado en 2010 en Suite 101 

El triunfo de Rubalcaba en el Congreso del PSOE es una buena noticia para España. La diferencia entre el cántabro y Chacón ha sido solo de 22 votos, pero basta para ahuyentar cualquier tentación del PSOE en insistir en su frívola política postmoderna de los últimos diez años: el zapaterismo. Recordemos, dicho sea de paso, que Zapatero le ganó a Bono el Congreso del 2000 por solo diez votos.

El PSOE ha comprendido que el zapaterismo ha sido un lamentable accidente histórico. Hay prisa por volver a la seriedad en un partido que merece un destino mejor. Una cosa es ser socialdemócrata, defender la “justicia” social, el sector público, los derechos del grupo frente a los del individuo o las cuotas de discriminación positiva, y otra muy diferente es apostar, como ha hecho el zapaterismo, por la confrontación, la negación misma no ya de la realidad sino del concepto mismo de lo real, el constructivismo educativo generador de analfabetos, la dislocación del Estado, la falta de asertividad exterior o el imperio de la sentimentalidad.

El PSOE ha dicho no al zapaterismo y a todo lo que representa. Nunca Mais. Never More. Y ha prefererido quedarse con un Rubalcaba que pese a ser claramente una figura del pasado, corresponsable de la lamentable gestión del país de los últimos años, no deja de ser un personaje infinitamente más sólido, serio y preparado que la vacua camaleona de Esplugas. La Pasionaria de los 140 caracteres, como la ha llamado el siempre brillante Enric Juliana.

Es una buena noticia, sí. Porque lo último que necesita este pais es un zapaterismo segunda época para el futuro inmediato. Volver al surfismo ideológico, al marketing político, a la pose, a un buenismo ingenuo e irracional.

Y es bueno sobretodo, porque las posibilidades de que el PSOE vuelva al poder en solo un par de legislaturas raspadas ha crecido como la espuma, a pesar de su actual descrédito, tras la desconcertante decisión del PP de dar una alegría a su extremo más catolicón. La patética retórica de Gallardón con su casposo y apolillado “derecho a la vida”, que nos devuelve imágenes de la Transición, debe haber sido la mayor alegría del año en la redacción del maltrecho diario Público.

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