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Archivos Mensuales: junio 2007

El Guateque (The Party) es un auténtico paseo antropológico por los sesenta. Como buena parte de Blake Edwards, del Edwards sesentero: el de la Pantera Rosa o del Desayuno con diamantes.

¿Qué es El Guateque? Ante todo una sucesión de gags espléndidos, como el del zapato inoportuno que se escapa y que luego cuesta tantísimo de recuperar. O la búsqueda del angustioso cuarto de baño. O el encontrar un poco de alegría en una party desdeñosa. Encontrar a Claudine Longet.

Sorprende la elegancia de Peter Sellers, la contención de su personaje. Sí, esa especie de elegancia en el ridículo. Se puede hacer insistentemente el ridículo como este Sellers hindú, pero de un modo arty.

La película cuenta también -no va a ser menos- con sus lecturas intelectuales. La irrupción de elementos orientales en la cultura occidental, dicen, o se ha dicho. Ese elefante. La irrupción oriental de George Harrison. El Sargento Pepper. La India que irrumpe: en los Sesenta, en Occidente. O el enfrentamiento en clave slapstick entre un Hollywood apoltronado y otro emergente. Emergente y fresco y con ideas.

No sé. Yo me quedo con el gag magistral del zapato, el del tubo adjunto. Empecé a reirme con él de niño, y aún me dura. Me quedo, igualmente, con el Nothing to lose de Mancini, su encanto y su magia sixties.

Me quedo con toda la película, que reveo en momentos de excitación o de melancolía. Hindú me he sentido en muchas fiestas.

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Cunit tiene ya según murmuran en el foro, cerca de 20.000 habitantes.

Esto lo coloca en el tercer puesto -de entre la quincena de municipios del Baix Penedès- en cuanto a población: tras El Vendrell (capital del BP) y Calafell.

12.000 empadronados y 6.000 no empadronados: 18.000 almas cunitenques. Los 6.000 fantasmáticos han visto contrastada su presencia a lo largo del año gracias al uso de determinados “colorantes”, como la utilización de servicios médicos fuera de temporada y otros. O sea que si sumamos los 6.000 fantasmáticos a los 12.000 oficiales, arrojan 18.000, como queda dicho, almas cunitenques! Siendo yo mismo un fantasmático al vivir (dormir) aqui y no estar empadronado. Fantasmático, pago al ayuntamiento entre 400 y 500 eurillos anuales.

¡Casi 20.000 almas entre fantasmáticos y no! En el horizonte del 2020, se proclama -la administración proclama- que el municipio habrá alcanzado los 35.00o habitantes. Si consideramos que la población crece a un espasmódico 10% anual, se llegará a la “mágica” cifra (de los 35.000) en sólo 8 años, hacia el 2015.

Por cierto que Josep Miró Illa, responsable del Tot Natura -ciclo de actividades senderísticas por Cunit y el Garraf/Baix Penedès- declaró que en los meses llamados de temporada, la población real del municipio ya es de 35.000 habitantes. Si bien los casi 20.000 añadidos son playeros y flotantes: desaparecen junto con el calor. Marchan con los primeros frios, gaviotas.

El estrambótico ayuntamiento -gobernado por un pacto PSC-PP- va haciendo cositas. Va haciendo, el ayuntamiento estrambótico. Haciendo va la señora Carreras, alcaldesa. Y la gente eso lo ve. Y la gente prefiere a unos tipitos que van haciendo -aunque con el inevitable trasfondo de corruptelas, intenso en Cunit- que otros que hablan mucho y vete tú a saber lo que harían, a parte de contemplar el mar y acariciar la fina arena. La rubita Montse, de CIU, no ha podido -su bonita sonrisa no ha podido- descabalgar del ayuntamiento a la oronda Dolors Carreras.

El elector más adorado por la administración es el jubilado, soit dit. Apaciguado. El jubilado.

Tras las elecciones municipales del 2007, el consistorio viene representado en ediles por PSC (7 ), CIU (6), PP (2), IC-V (1) y ERC (1). (Yo voté en Barcelona, patria chica, al ser todavía un sinpapeles en Cunit) El pacto PSC-PP suma 7+2 = 9. Mayoría absoluta, aunque se especuló con el trasplante al municipio de la fórmula tripartita.

Este es el Cunit proyectado para el 2020. Parece un Cunit Second Life, pero buena parte de las obras están en proyecto o han sido iniciadas este mismo 2007. Quedará, que duda cabe, un pueblecito majo. Claro que vete tú a saber donde estaré yo en el 2020.

Mientras tanto -mientras hacemos tiempo hasta el 2020- ¿qué pasa con los barceloneses (desterrados) que hemos de visitar el cap i casal sino a diario, varias veces por semana? ¿Para cuando trenes que nos enlacen con Barcelona cada 15 minutos, como los de ViG, eh Dolors? ¿Para cuando autobuses nocturnos, como los de ViG? ¿Para cuando una autopista que no te desolle el muslo y la cartera?

En otros términos ¿Dejará de ser Cunit el Middle West? ¿Cuando formaremos parte del exquisito anglo-Este? ¿Llegará algún dia la Union Pacific, competirá su silbido con el de los indios ululantes? ¿Nos guardaremos el rifle, el Colt 44 ?

¿Perderemos esta sensación fronteriza que se te pega -a mi se me pega- a la piel?

Crece la blogósfera hispánica.

Y lo hace con dos nuevas irrupciones, la de Chiaravallotti (en arte Jebluss) y la de Cordano.

a) Siberian Dreams

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Chiaravallotti añade su prospección transiberiana a anteriores aportaciones suyas como Sobre alguien llamado Gregorio Jebluss (elucubraciones desde su resignado yo alternativo) o The Indian Connetion (impresiones en torno a su deambular hindú del verano de 2006)

b) Un italiano a Barcellona.

Cordano se solidariza con la colonia italiana barcelonesa, suministrando no poca información valiosa al italiano eventual que recale en su blog.

¡Bienvenidos ambos dos!


Ocurre que a veces, a un hombre henchido de odio hacia sí mismo y hacia su inmediato mundo, se le concede la posibilidad de transmutar el odio en orden moral.

¿En orden moral? Sí. De pronto el mundo circundante y odiado le brinda una buena causa: restablecer el orden y la moral y recomponer un pequeño pedazo de ese mundo circundante y (hasta entonces) odiado. La Civilización lo reclama para sí, dispuesta a acogerlo, exigiéndole tan “sólo” una prueba de rectitud y de adhesión.

Eso es lo que se da a Ethan (John Wayne) en la película más bella y feroz de la historia. Un tipo rufianesco y racista (alejado del noble arquetipo que aquel actor había ido levantando), un tipo enfurecido que no encaja. Que odia y que no encaja.

Un tipo que ama. Que ama a una mujer ya tomada. De pronto una partida de indios arrasa la cabaña a la que volvió tras la Secesión enloquecida. De pronto, la partida de indios asesina a los habitantes de la cabaña y asesina a la amada ya tomada y a su hermano y a toda su familia y rapta a Debbie, su sobrina (la incipiente Natalie Wood).

El hombre moralmente devastado encuentra asi una via para “redimirse”. Para “redimirse” o quizá más bien para canalizar con más eficacia su odio. Transmutar (acaso engañosamente) esa soledad y ese odio, en noble ofensa, en humanidad, en dolor. Junto a Martin, el mestizo de inicio despreciado -luego adorado, como el hijo que nunca ha de tener- marcha hacia la llanura y el infinito ignorado en ese XIX, y hacia la búsqueda de Debbie.

Ford coloca a Eurípides en mitad de la vastedad y en mitad del XIX, y en el entorno bárbaro del continente salvaje; Ford retoma el trabajo de escarbar en las desmesuras que el lenguaje y el ritmo (acaso tampoco la imagen) de calibrar no terminan.

Ethan (John Wayne) ¿fracasa?. Al término de la aventura se le concede contemplar su propio rostro en el del odiado Cicatriz. Ese indio criminal responsable de las muertes que hubieran podido recuperarlo -a él, a Ethan- y que no han podido hacerlo, como nada podrá ya. Como nada pudo recuperar al propio Cicatriz, tampoco al indio criminal, acaso no más criminal que Ethan, extraño también él, el indio, entre los suyos. Cicatriz, que ensayó también la muerte y el horror, como Ethan en su Guerra de Secesión.

Ethan se funde en Cicatriz, su doble (Borges hubiera escrito para la divinidad uno y otro eran el mismo), arrancándole la cabellera, súbito piel roja, también él.

Todo es desmesurado en esta película. Los escenarios a escala sobrehumana, y la determinación -cinco años llevan a Ethan la culminación de su venganza, de su falso rescate– y la búsqueda alucinada y salvaje del yo o del lugar que uno ha de ocupar en el mundo. Y esa desmesura moral -ese desmesura del odio, esa obcecación de una emoción en el Tiempo- es lo que convierte a Ethan en un héroe griego, y lo salva de ser un pequeño revanchista.

No asesina a Debbie una vez reencontrada -Debbie, sobrina y blanca, que en esos años había cohabitado con indios aborrecidos. No la asesina, como su resentimiento inicialmente le aconsejaba.

Pero Ethan no se engaña y ni la circularidad de la película puede engañarnos (la puerta que se cierra y que se abre, que da entrada a Ethan y que al final bellamente lo expulsa): el héroe -pues de héroe hay que hablar aqui, y trágico- ha encontrado acaso lo que buscaba.

Sí, quizá sí que lo ha encontrado: la certidumbre de su exclusión.

Hace unos meses, se apoderó de mi imaginación una fiebre del oro. No me refiero sólo a aquella de 1848 en California. Sucede que en la vida, mágicamente entre el fango relumbra el oro. Alguna vez.

California, en el (casi) centro exacto del siglo XIX. De súbito, y ante un rostro embrutecido y barbado, un brillo relampaguea en la arena. Un paroxismo salvaje brota de esa arena y de ese oro y de su brillo, un paroxismo que recorre toda la geografia transversal de Norteamérica y atraviesa el océano y se llega hasta la misma Europa, atormentada por revoluciones burguesas, incómodas.

Miles de hombres y mujeres parten hacia California. Algunos franceses, huyendo de las turbulencias parisinas de 1848. Italianos también. Nórdicos no pocos. En barcos, en carrozas atestadas. Algunos, con ánimo de evitar las anchuras misteriosas de los Estados Unidos, bordean toda la costa americana: tocan el Cabo de Hornos y suben via Pacífico hasta California, aurea. Otros se atreven a hollar los paisajes desconocidos y de vértigo: se lanzan desde la Costa Este (la Norteamérica recatadamente inglesa) hasta el confin californiano, la otra América, la extramuros, la salvaje.

Todo por el oro, por aquel brillo entre el fango. Desdén hacia los valles y montañas sobrehumanas y los escenarios nunca vistos (un siglo tardaría el irlandés John Ford en cantarlos en imágenes definitivas); el chillido y el terror, las etnias asalvajadas y ululantes. Penurias. Sed y hambre. En pos del oro y del Sueño.

Talismán

Se apoderó de mi imaginación lo siguiente: un niño acompaña a una partida de hombres y mujeres que atraviesa el polvo del continente ignorado y vasto. Nada dejan tras de ellos y en frente creen tenerlo todo y todo abarcarlo. California, tierra ya de sueños, aún no de celuloide. California aurea, salvaje. En medio de la llanura y del vértigo, en la carroza traqueteante, un niño (soñado por mí) lleva consigo una Biblia.

Una Biblia. En su viaje a lo desconocido, una Biblia lleva. Protestante y rubito, la interpreta a su modo. Hubiera podido llevar la Odisea, pero lleva una Biblia. El niño viene de la Europa Nórdica (acaso de Escandinavia) y es una Biblia lo que lleva, y no la Odisea.

Con ella el niño cree transportar un mapa del mundo, un talismán. Eso es para él, ese texto. Alegorías que contienen la totalidad de la vida. Cabe en ella (en ese libro infinito) el paraiso y la magia y la expulsión, la del niño rubito y la de los suyos.

Soñé con ese pequeño ser -unos diez años, tal vez doce- durante días. En su carroza, con los hombres fantasiosos y embrutecidos, pero (de algún modo) a solas con su talismán. En pos también del oro, de su oro.

Bien ¿qué fue de él? ¿ Donde se encuentra ahora? ¿Alcanzó a ver el Pacífico o fue dispersado -él y su gente- por los Indios?

Escribe Borges maravillosamente en Las Ruinas Circulares:En general sus dias eran felices. Cerraba los ojos y pensaba “Ahora estaré con mi hijo“. O, más raramente: “El hijo que he engendrado me espera y no existirá si no voy”. 

De mi (de su soñador) depende que el niño rubito reviva. Que retome su camino o que en él se pierda.

De acuerdo: los devotos de The Cure dicen que la pieza aqui presentada, la inédita incluida en Galore (1997) no es ni de largo una de sus inolvidables. De Wrong Number he escuchado más de una “lindeza” de los fanáticos del grupo inglés que pivota en torno a Smith, casi el único fijo. Pero guardémonos de los fanáticos, Señor. De los de The Cure o de cualquier otro grupo. Wrong Number no es la mejor pieza de The Cure, certes. Eso dicen incansablemente los entendidos y los devotos, y quizá sea cierto. No lo sé. Pero una canción que no es la mejor canción de The Cure casi seguro que no es mala. Probablemente supera a las mejores piezas de bastantes grupos que no son The Cure. Bueno, ¿y el videoclip? Yo soy un gran seguidor de la cultura del video-clip, lo que me ha ocasionado críticas y hasta insultos y la pérdida de alguna amistad, pero a estas alturas ya me da igual. Y como seguidor de la cultura del clip que soy, he de decir que el clip divulgador de Wrong Number es fantástico, o a mí me lo parece. Agradablemente lisérgico. Con algún instante deliciosamente repugnante. Al margen de que la pieza sea o no de lo mejorcito del grupo que, insisto, tal vez no sea de lo mejorcito. O tal vez sí. Qué importa. Pero tiene un maravilloso aire psicodisléptico o si lo preferís, psicoticomimético. Ça c´est bien vrai. Musicalmente no está la cosa hoy dia para despreciar creaciones como Wrong Number. Ni aunque los responsables sean The Cure, autores de excelencias mayores. Chicos, no estamos en los sixties ni en los seventies. No está hoy dia la cosa para despreciar nada. Ahí va el clip.

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