Mulholland Drive (2001)

Me animo a reproducir aqui una reseña escrita en diciembre de 2002 sobre la cinta de David Lynch

La última y enigmática película de Lynch fui a verla en dos ocasiones diferentes, aunque en la misma sala barcelonesa: el Maldà, uno de los pocos y cristalinos espacios que no han sido cubiertos aún por ese vertido que son las multisalas.

La primera vez Mulholland Drive me produjo cierto desconcierto, ante todo el extraño tramo final; aunque me llevé la seductora impresión de un notable atractivo estético: las estudiadas amalgamas de luz y sombra, el uso de determinados tipos de color (la combinacion entre el negro y un elegante azul oscuro), los personajes y decorados sugerentes y oníricos, ciertos motivos recurrentes de gran magnetismo (las carreteras en sombras iluminadas por faros de automóvil o la pavorosa vista nocturna de la ciudad de los sueños) y otros elementos típicos del cine de David Lynch. A mi segundo visionado de la película acudí ya sin ninguna pretension de entenderla, tan sólo con la intención de dejarme llevar por su suave y vagamente amenazante discurrir onírico (con algún que otro chapoteo de inesperado terror); tambien fui con el ánimo, pues ese dia me sentía sensual, de volver a disfrutar con la contemplación en pantalla grande del maravilloso rostro de Naomi Watts.

No obstante, y aunque no lo esperaba, en esta segunda ocasión me fue posible comprender Mulholland Drive un poquito mejor: cierto entendimiento, cierta revelación fue abriéndose camino, casi sin esfuerzo, simplemente dejando libre la imaginación, más que forzando la razón o el análisis. Pero la película permite tantas interpretaciones como existen soñadores o espectadores; en cierto modo es tan indescifrable como los sueños o como la mente de Lynch, que con esta nueva creación se consolida no ya como un director sino también como un guionista genial y un auténtico soñador de historias. Alguien para quien sin duda las fantasias o ensoñaciones no son menos reales que la llamada (y en exceso sobrevalorada) realidad. De David Lynch tal vez hubiera podido decir Borges lo mismo que escribió (creo) sobre Macedonio Fernández: no permitía que la realidad le estorbara. 

La historia nos habla de una mujer joven (Laura Elena Harring) que tiene un accidente en mitad de la noche, con la limousine que la transportaba y en medio de un difícil trance. Como resultado queda amnésica, siéndole imposible incluso recordar su nombre. En estado de completa confusión va a parar al apartamento de una joven de provincias que sueña con triunfar en esa ciudad o arrabal de sueños o de pesadillas que es Hollywood. La joven en cuestión (una Naomi Watts algo ingenua que sufrirá una radical transformación en el tramo final del film) acoje a la desconcertada noctámbula, tras lo cual las dos llevarán a cabo extrañas indagaciones y vivirán peripecias que rozarán lo fantástico.

Hay un punto clave en la misteriosa película del director de Montana y que podemos situar aproximadamente cuando ya se llevan proyectadas dos de sus terceras partes: al volver Naomi Laura (es decir, los personajes que encarnan) del onírico teatro nocturno al que tan inesperadamente ha arrastrado la segunda a la primera en mitad de una amorosa noche, y tras entrar de nuevo las dos en el apartamento, Laura se percatará súbitamente de la desaparición de Naomi y empezará a buscarla con la mirada ¿donde estas? preguntará en castellano en la versión original del film (el español es aqui un idioma misterioso, mensajero de realidades ocultas). Echa mano de la llave con la que abre la enigmática cajita, centro neurálgico del film; luego vendrá una especie de fundido como si entraramos en una nueva dimension del espacio-tiempo o en una realidad paralela. Y es a partir de ahí donde comienza otra película, más crepuscular y sombría, que bordeará constantemente la pesadilla.

Reordenación de la historia  

En este nuevo y oscuro escenario hallaremos a los mismos personajes que en el tramo inicial de la historia, pero como si de alguna manera hubiesen sido barajados como un mazo de cartas o se les hubiese asignado papeles e identidades diferentes. El relato ha sido reordenado. Naomi se nos aparece con un nuevo aspecto, ojeroso y asalvajado, completamente distinto al ingenuo y casi angelical del principio. Esta reestructuración de la historia nos regalará además una infartante escena lésbica entre la ahora animalesca Naomi Watts y una más bien etérea Laura Harring ¿Qué es realidad y qué sueño? ¿la primera parte? ¿la segunda? una de las primeras ideas que se nos ocurren al asomarnos a la mente de Lynch es que nos está exponiendo en forma de sueños e imágenes una reflexión sobre Hollywoood, cuya realidad puede ser tan luminosa como atroz o pesadillesca.

Y uno de los grandes atractivos de Mulholland Drive es justamente su ambigüedad, su inteligente y ordenado caos; cada espectador debe hacer su propia interpretacion en base a su experiencia íntima y personal, y me imagino que ese es el objetivo del propio Lynch: crear una especie de fantasía tan incomprensible y misteriosa como un sueño, como una de esas funciones del sorprendente y enigmático teatro nocturno que desde hace ilimitados milenios nos visita tantas noches para nuestro consumo privado, para nuestra maravilla o nuestro terror.

La interpretación que hago yo de este sueño de David Lynch es la siguiente: la primera parte es una especie de fantasía del personaje de Naomi Watts, una ensoñación que la involucra a ella y a su amada (Laura Elena Harring), la fantasía típica del enamorado (de la enamorada en este caso), que no puede concebir un destino diverso del de la persona amada y que sólo es capaz de imaginar (en tanto se prolonga esa intoxicación mental que es el enamoramiento) vivencias conjuntas. La segunda parte es la amarga realidad de la soñadora. Y esto es lo más sobrecogedor (lo aterrador) de la cinta de Lynch: el pensar que sus iniciales dos terceras partes son tan sólo el sueño de una mujer que se encuentra dramáticamente desdoblada entre el amor y el odio, de alguien que odia hasta el extremo de asesinar o pactar el asesinato de la amada, pero que es capaz de seguir queriéndola y adorándola como para no dejar de recrear en su mente ensoñaciones que las involucran a ambas. No obstante, Mullholland Drive pone en el mismo plano la realidad y los sueños: son intercambiables, y las interpretaciones no se agotan.

Mención aparte me merece la fascinante música de Angelo Badalamenti que convierte los títulos de crédito de la película (con esa limousine circulando lentamente en medio de la noche vagamente iluminada) en uno de los momentos mágicos de esa galería de ilusiones, de ese ilimitado Wonderland que es Mulholland Dr.

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