El Espíritu de la Colmena, de Víctor Erice

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 En 1973, dos años antes de la muerte del dictador, el director vasco Víctor Erice se las arregló para rodar una de las películas más fascinantes de la historia del cine

La acción se sitúa en 1940, recién acabada nuestra Guerra Civil, cuando tras el trauma, los españoles, como insectos económicos, tratan de continuar con sus labores cotidianas, siguiendo un patrón y un dibujo ancestral. Una colmena, de seres atareados y asustados.

La República, con métodos educativos y buenas intenciones, había intentado dotar de un espíritu a la colmena, que las vidas de las “abejas” se parecieran algo más a auténticas vidas humanas, con la riqueza y complejidad que ello significa. Que la existencia no fuera solo la regularidad antigua del trabajo repetitivo, las jerarquías incuestionables, la lucha por la vida (material) como único criterio, o la banalidad y el sentimiento de culpa de los no pocos zánganos. Pero la República, el experimento de intentar colorear la existencia hexagonal de la colmena, es al final aplastada, con el apoyo o pasividad de bastantes de sus propios “insectos”. Desde ese momento, y sobre todo en los iniciales 1939 y 1940, los días van a ser básicamente trabajo, lucha y miedo. Una alienación rigurosamente pautada.

1940, en un pueblo recóndito de la Castilla profunda, en la vasta casa rural de una familia de clase media, pero igualmente acechada por la nueva miseria. Dos niñas, las hermanas Ana (Torrent) e Isabel (Tellería), corretean a sus anchas por los largos pasillos y las inacabables habitaciones. En la casa, en ese pueblo como aislado y rodeado de lejanas planicies, el padre (Fernando Fernan-Gómez), sobrio y contemplativo, vive en medio de estanterías cargadas de libros. Se le adivina un mundo interior complejo, pero que quizá va ya deslizándose hacia cierta dejadez e indiferencia. Algo a lo que desde luego ayudan las tristes circunstancias de la nueva época. Las ilusiones (políticas) perdidas.

Junto con pensamientos y volúmenes, el padre suele pasar largos ratos en la compañía de sus abejas, ese microcosmos que es una réplica de su propio universo cotidiano, y el de España. Por su parte, la madre (Teresa Gimpera), se dedica a escribir largas cartas a un amante exiliado y ausente, cartas que en realidad se escribe a sí misma. En algún momento le arranca notas a un piano, lo que nos permite adivinarle cierta pasada y renunciada sofisticación. Padre y madre se guardan entre sí un afecto algo distanciado, casi frio. Las niñas, mientras tanto, corretean y experimentan, se encargan ellas solitas de ir descubriendo el mundo, mientras los padres las contemplan y parecen tutelarlas desde una distancia inmensa.

Un buen día, un cinematógrafo itinerante llega al pueblo, y la película ofrecida no es otra que el Frankenstein, de James Whale, filmada solo nueve años antes, en 1931. La película y sus incomprensibles crueldades impresionarán a las niñas, como solo el cine como acto público y extraordinario en una habitación oscura era capaz de hacer.

Ana es la que sufrirá más profundamente el impacto emotivo de la violencia gratuita del monstruo. “¿Por qué mata el monstruo a la niña en el lago?“, será la gran pregunta existencial de la pequeña Ana, algo sin respuesta y que será el centro de gravedad mismo de la increíble película del cauteloso Erice. Ana empieza a tomar conciencia de la existencia del mal, y se palpa vigorosa la simbología política de El espíritu de la Colmena.

El espíritu de Ana

Ana e Isabel son criaturas diferentes. Y arquetípicas. Isabel tiene quizá un par de años más que Ana, pero su mayor madurez y pragmatismo no son solo una cuestión de edad, sino de naturaleza. Hay en ella además un inquietante núcleo de dureza, quién sabe si de crueldad, que Erice nos muestra con clase y discreción.

En uno de los momentos más turbadores del Espíritu de la Colmena, Isabel parece lanzarse al intento de asfixiar a un gato, ya que para ella experimentar y vivir no es solo la observación morosa de las maravillas primigenias de lo cotidiano, los correteos con Ana por la planicie o las investigaciones en la lejana granja abandonada.

Al intentar huir de Isabel, el gato la hará sangrar ligeramente, e Isabel saca inmediatamente partido del incidente: con la sangre de su dedo, se pinta los labios frente al espejo, en una de las escenas más elegantemente siniestras que se hayan filmado. Sin duda la psicología de Isabel es muy distinta de la de Ana. Hay quien ha dicho que es ella el verdadero monstruo, y no el de la película de James Whale.

Ana, he aquí el centro de esta historia bella y sutil. Ana, un pequeño miembro de la colmena humana, con un incipiente espíritu incisivo. Sus ojos, enormes, más insondables que el pozo junto a la granja abandonada en el que las niñas se asoman. Esos ojos parecen absorber todas las maravillas y horrores del mundo, porque a esa edad, a los seis, a los siete, todo es maravilla y horror, porque todo parece vivirse a otra escala. Sobre todo si se tiene la sensibilidad adecuada, y todo apunta a que Ana la va a tener y la tiene. El Espíritu de la colmena está repleta del inacabable espectáculo de las pequeñas cosas, del lento transcurrir del tiempo. La vida de cada día, decodificada, transfigurada por Ana en algo insistentemente misterioso, mágico.

Ana e Isabel, Isabel y Ana. Una de ellas (Isabel), pragmática y decidida, o casi seguro que es en en eso en lo que se convertirá. Un diligente “insecto” de la colmena española, en ese inclemente 1940 y en las décadas oscuras que se avecinan. Ana, por su parte, acaso guardará durante toda su vida un trocito de espíritu. El espíritu de la colmena.

“El Espíritu de la Colmena”, de Víctor Erice   

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