La disolución del presente

(Sobre El mapa y el territorio)

Otra extraordinaria obra de Michel Houellebecq: El mapa y el territorio, ganadora del Goncourt en 2010, un premio nada fácil y cuya concesión implica ni más ni menos que el reconocimiento por parte de la casta literaria francesa de la categoría del autor. Que no ha sido domesticado ni mucho menos, digan lo que digan algunos. El francés no ha perdido nada de su irresistible gelidez. Su lectura sigue siendo tan tétrica como estimulante e intensa.

La novela se mueve cronológicamente a lo largo de la vida del protagonista, el artista plástico y fotógrafo Jed Martin, desde el momento de su nacimiento hacia 1975 o 1976 hasta su muerte a mediados del siglo siguiente. (Si bien la época central de la historia corresponde a la década de 2010). La narración toma por momentos la forma de una especie de ensayo biográfico de un autor desconocido, que escribiese en un futuro más bien remoto, quizá a un siglo de distancia. Como “ensayo”, el texto tiene un tono muy humanístico, con ideas muy elaboradas en torno al impacto del personaje principal (Jed Martin) sobre la cultura artística de su tiempo, su legado e influencias. Y con la presencia a lo largo de la reflexión, y como suele suceder en Michel Houellebecq, de las dos grandes fuerzas de la civilización humana: la ciencia y la tecnología, sin las cuales es imposible construir ningún discurso intelectual serio.

Vida de Jed Martin

El artista Jed Martin, que está destinado a convertirse en el porvenir (o “presente” de este ensayo imaginario) en una figura legendaria de la historia del arte, comparte espacio y tiempo con figuras tan actuales y reconocibles como Bill Gates, Steve Jobs o hasta Abramovich, el multimillonario propietario del Chelsea. Algo que contribuye a que el lector se afiance  mentalmente en esa época (la suya, la nuestra) y experimente con más eficacia su progresiva disolución a lo largo de la novela, al transmutarse poco a poco en un pasado lejano. El mapa y el territorio es desde ese punto de vista un eficaz y momentáneo antídoto contra el casi cómico presentismo que la civilización de occidente padece desde hace un siglo o más.

En un momento clave de su carrera, y tras haber hecho el tránsito de una fotografía objetual de vanguardia hasta una pintura falsamente figurativa, Jed Martin “inmortalizará” a dos individuos esenciales en el marco económico y tecnológico de la década del 2010: Bill Gates y Steve Jobs, y lo hará en un cuadro con la misma densidad psicológica de los de Velázquez. En la obra, que lleva el título de Bill Gates y Steve Jobs conversando sobre el futuro de la informática o la conversación de Palo Alto, nos muestra  a los dos personajes departiendo en el porche de la mansión californiana de Jobs, relajados frente a un tablero de ajedrez. Ante la pintura, los críticos y académicos del futuro, proclamaran con su habitual capacidad de penetración simbólica, que la obra recoge nada menos que la historia del capitalismo. Un capitalismo, por cierto, que según proclama Houellebecq en su libro, se encuentra en sus instantes finales: hacia 2016 tiene lugar otra devastadora crisis económica mundial, peor aún que la de 2008, lo que prácticamente supondrá la inminente liquidación del actual sistema económico. Aunque el autor no nos da idea alguna sobre qué puede substituirlo.

el_mapa_y_el_territorioHouellebecq, personaje de El mapa y el territorio

La novela o imaginario ensayo futurista nos expone la peripecia y detalles biográficos de Martin, sus experiencias vitales y sexuales, su itinerario intelectual y artístico, que ha de convertirlo un siglo más tarde en un artista aparentemente del tamaño de Picasso, Bacon o Kandinsky. La narración lleva en todo momento la marca de Houellebecq y no faltan la habitual desolación hacia la decadencia física de los cuerpos o la aparente imposibilidad de superar alguna vez nuestra desgraciada condición de partículas elementales.

Y el propio Michel Houellebecq aparece como personaje. Y lo hace de una manera sencillamente genial, insuflándose a sí mismo a un tiempo misterio y verosimilitud como criatura literaria. Triste y desvalido, aunque también sutil y punzante. Elementos del tópico mediático Michel Houellebecq conviven con reflexiones íntimas e irónicas. Y en el tramo final, el personaje se va a convertir en el trágico elemento central de lo que se transmuta en una absorbente novela policíaca. Casi del mismo modo en que Las partículas elementales (1998) se convertía, también en su último tramo, en increíble (y de la buena) ciencia-ficción.

Mucho hay en las páginas de El mapa y el territorio. Ideas, peripecias, psicologías desplegadas. Gozos y dolores. Perspectivas sombrías. Indagaciones creativas. Reflexiones sobre el futuro de Francia, la preservación de la cultura y el legado del pasado. Los chinos, nuevos dueños de Europa, van a ser unos barbaros mucho más ilustrados de lo que fueron en su día los estadounidenses: su dinero ayudará a preservar el pasado y la cultura. La novela también se explaya con soltura e ironía sobre el mercado del arte y las relaciones que establecen entre sí los representantes del gran mundo cultural y económico. El autor francés Frederic Beigbeder, aparece también como personaje en el libro y como amigo íntimo, o único, de ese esquivo escritor llamado Michel Houllebecq, que reside en Irlanda. Pero lo más destacado de El mapa y el territorio, desde mi punto de vista, es ese presente nuestro que se va disolviendo página a página hasta transformarse en un pasado remoto, del que solo permanecerán su arte, sus ideas y su ciencia, igual que ha sucedido con cualquier época pasada, desaparecida en el gran rio del tiempo. Ese presente, tan avasallador él, tan opresivo, y tangible, se convierte en texto, en historia, en sueño. En pensamiento.

Gran, gran novela. Grandísimo autor.

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