Persona, 1966

Todos acabamos emprendiendo, o deberíamos, el mismo camino que Elisabet Vogler en Persona (Bergman, 1966). Lo cual no significa desde luego que hayamos de quedar reducidos al silencio.

El tránsito por la vida, la cercanía de la culminación, o simplemente el llevar ya recorrido un buen trozo de carretera, es una gran ayuda. No se ven las cosas de la misma manera a los veinte que a los sesenta. Las máscaras son fundamentales durante la juventud y la primera madurez. Sin ellas no podemos movernos, ni salir a la calle, vamos. Se impone la elección de un determinado papel, por mucho que uno no sea del todo consciente o más bien no lo sea en absoluto. Y buena parte de la vida futura va a ser un ceñirse de manera automatizada al personaje elegido, a la imagen que creemos estar dando al exterior, a su lógica. ¿Este acto que medito, esta decisión tomada, estas palabras que voy a pronunciar, esta forma de vestir, la parte de mí mismo que hago pública…¿se adecúa todo ello al personaje que proyecto (que creo proyectar) hacia afuera?. En función de la respuesta, hablaré o actuaré, mostraré o esconderé.

Llega un momento, como decimos avanzada la existencia, que empezamos a desechar el papel, todos nuestros papeles, pasados, presentes y potenciales. El abanico de personajes interpretados o por interpretar, si es que ha habido más de uno. Avanzamos hacia la autenticidad, suponiendo que tal cosa exista. Y que la libertad de movimientos del no-papel no sea también un papel. Y ello significa no tener ningún temor de sorpresas ni incoherencias. Solo los personajes del teatro llevan una línea de coherencia, o esas son las intenciones del dramaturgo que se precia. Los personajes pueden ser solidísimos, de psicología impecable. Su evolución psicológica dibujada con mano maestra. Shakespeare: personajes que nos aplastan de tan coherentes, por mucho que interactúen y cambien. Shakespeare se diría un dios mas diestro que el torpe dios que nos ha diseñado a nosotros, y al que nuestra cultura llama ahora Evolución. No, los humanos reales no son criaturas de fabricación impecable como los seres imaginarios del teatro, o algunos. Con lo cual cuando la edad te libra de las máscaras, a veces lo que emerge es más bien confuso, desconcertante. Teatro del absurdo. La máscara implicaba coerción, pero también una estructura, un orden reconocible.

Renunciar a interpretar

El renunciar a interpretar puede ser también una decisión tomada en la plenitud de la vida, como le sucede a Elisabet (Liv Ullmann). En mitad de una representación de Electra (es una actriz célebre y respetada), de pronto enmudece. Y no enmudece solo para ese papel en el escenario, si no para todos los papeles posibles del escenario de la vida, incluidos los de nuestra trama cotidiana. Renuncia a todo personaje, a todo artificio. No hace falta que vengan los años a imponernos autenticidad, podemos adelantarnos nosotros mismos, y eso es lo que hace Elisabet. Que lleva su decisión a tal nivel de radicalidad que renuncia al lenguaje verbal, el gran configurador de nuestra identidad exterior.

No, no es tampoco un suicidio emocional lo de Elisabet, una autodesactivación, como la del Travis de Shepard y Wenders, en París, Texas. Es una decisión fría, despreciativa. Elisabet no se transforma en un autómata. Sigue pensando, intelectualizando, analizando. Alma, la joven enfermera que va a ocuparse de ella mientras dura su tratamiento, va a ser la víctima de su voluntario y decidido vampirismo psicológico. Sí, su certeza de que la psicología humana es en parte una máscara de quita y pon, que puede arrancarse,  la lleva a vampirizar a Alma. Claro que no es sangre lo que sorbe de ella sino su propia, digamos, identidad, joven y aún volátil, todavía sin cuajar.

Elisabet ejerce frente a Alma (Bibi Andersson) su tremendo atractivo (Alma la admira como actriz, desea ser como ella). Alma va a volcarse en Elisabet, va a abrirle su interior, relatarle todas sus experiencias, sueños, vivencias, esas a través de las cuales ella (como cualquier persona antes o después) ha intentado forjarse trabajosamente una identidad. Pero tal vez sus veinticinco años no han sido suficientes para armar algo más que un amasijo desordenado de pequeños papeles.

Y Elisabet, cuyo silencio y renuncia eran originalmente una decisión “existencial”, va a transformar ese silencio con plena voluntad en un juego sofisticado y siniestro. Es consciente del gran magnetismo que ejerce en Alma, y de que es perfectamente capaz de modelar a su antojo esa psicología aun en formación. Estirarla y tensionarla a su antojo.

2 comentarios
  1. Alberto dijo:

    Hola, Serafín:

    Soy Alberto, de Barcelona, no sé si me recordarás, pero quedabamos de tanto en tanto para charlar de literatura. Me gustaría retomar el contacto, pero creo que tu correo del cofb ya no debe funcionar así que te agradecería que me facilitaras tu correo actual cuando tengas un momento.

    La calidad literaria de tus comentarios cinematográficos no tiene nada que envidiar a lo que se publica hoy en día en la prensa y revistas especializadas.

    Mi enhorabuena por los contenidos de este blog.

    Un saludo y un abrazo.

  2. Serafin dijo:

    Hombre, Alberto. Cuánto tiempo. ¿Qué tal andas?

    ¿Tu hija q tal, bien? ¿Alguna nueva web en el horizonte?

    No, ya no uso ese correo cofb. Escríbeme a SerafinLeon@googlemail.com
    Un abrazo.

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