Retomar la vida (París, Texas, 1984)

Existen dos tipos de suicidio. El físico, que es irreversible e implica la total autodestrucción, y el emocional.

El emocional consiste tan solo (y nada menos) que en autoanularse, autodesactivarse. Convertirse en un pequeño animal mudo que corretea aquí y allá, o que no se mueve en absoluto. Que ha renunciado a su condición de ser humano y complejo, con asertividad, proyectos y deseos. La autoanulación  puede llevar incluso a renunciar al lenguaje verbal. La Elisabet de Persona (Bergman), aunque más sofisticada, prefigura al Travis de París, Texas (Wim Wenders, 1984).

Un pasado poco memorable, una relación amorosa angustiada,  llevan a Travis (Harry Dean Stanton) al suicido emocional, y a convertirse en un cadáver ambulante. Ya no habla, transformado en un polvoriento golem silencioso que camina por los paisajes del medio oeste norteamericano, desolados e inmensos como su interior clausurado. La decisión es firme. Hasta la angustia puede ir apagándose cuando uno deja de ser humano.

Travis. Un suicida emocional. La vida es invivible, luego renuncio a la vida, pero evitándome la desagradable carnicería física. Puestos a escoger, es desde luego preferible el suicidio emocional que el físico. Este último no tiene vuelta atrás y supone la desaparición total, además de crear alrededor un enorme dolor, a poco acompañado que haya estado uno en vida. Por su parte, el suicidio emocional conlleva una oculta esperanza. La de que algún día, el autómata de barro se vea sacudido, en algún recodo del camino, por alguna chispa que lo movilice y devuelva a su pasada condición humana.

La chispa que nos resucita

Tal cosa es lo que le sucede al autoanulado Travis. Un buen día, en  sus vagabundeos por el desierto, no puede más y da de bruces contra el suelo. Es conducido a un centro de salud, y su rastro es así recuperado. Su hermano, con cuya familia vive el hijo de Travis, agarra el coche y la carretera y va a su encuentro. Travis no suelta prenda durante días, aunque poco a poco va “recuperando” el habla, que quizá no ha practicado en años. Va saliendo de su mutismo, de su condición semianimal autoimpuesta. Su vida va a adquirir un nuevo sentido. Va a regalársele un sentido. Retomar (o crear de la nada) la relación con su hijo, y salir a la búsqueda de la desaparecida Jane, su mujer (Nastassja Kinski).

El peregrinaje y la búsqueda hermanan a Travis con otro gran excluido: el Ethan de Centauros del Desierto (The Searchers, 1956), también él un cadáver sacudido por la inesperada chispa. Ambos deambulan por un desierto geográfico que es, claro, un trasunto de su desierto interior. En París, Texas, la odisea de Travis es además remarcada por las minimalistas notas de Ry Cooder que dejan el aire temblando, y resuenan, bellas y agrestes, en un mundo inmenso y solitario.

La chispa, el sentido que nos resucita. Una inesperada razón para vivir. De nosotros dependerá que nuestra vida recuperada sea definitiva y no solo un paréntesis.

4 comentarios
  1. Raul dijo:

    Un magnífico retrato de uno de los personajes más crípticos de Sam Shepard.

  2. Ah, claro. Shepard es el dramaturgo, el verdadero creador de Travis. Wenders solo lo reinterpretó. Tú llevando las cosas a tu terreno!. Saludos.

  3. Interesante tu visión del suicida emocional. Nunca había relacionado esta peli con “Centauros del Desierto”. Saludos!

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