Cría Cuervos (1976), de Carlos Saura

Los setenta fueron una de las décadas más brillantes del cine español. Una explosión de creatividad y furia contenida fue desbordándose en los años inmediatamente anteriores y posteriores a la desaparición física del dictador, ocurrida, como se sabe, justo en mitad de la década. En esos setenta vieron la luz joyas líricas como El Espíritu de la Colmena(1973) o pinturas negras goyescas en movimiento, como la formidable Furtivos (1975), de José Luis Borau.

Pero quien se llevó la palma fue Carlos Saura, acaso junto con Buñuel y Almodóvar el mayor autor que haya dado nuestro cine. Luis Buñuel iba por cierto a influenciarle poderosamente, y un surrealismo marca de la casa del legendario aragonés va a aparecer con regularidad en sus obras de estos años.

La primera pegada de Carlos Saura fue sin duda La Caza (1965), violenta alegoría de la Guerra Civil. Pero fue a partir de Peppermint Frappé (1967), donde aparece por primera vez su musa y amante Geraldine Chaplin, cuando iría fabricando, hasta 1979 (año en que rueda Mamá cumple cien años), una obra maestra tras otra. Todas ellas con su Geraldine en primer plano, y surgen así en tropel algunos de los hitos de nuestro cine: Ana y los lobos (1973), La prima Angélica (1974), Elisa vida mía (1977), Los ojos vendados (1978) o la mencionada Mamá cumple cien años (1979).

La obra mayúscula del gran Saura de los setenta vendría con Cría Cuervos (1976), auténtico cuento gótico de represión y perturbación infantil, de ensoñaciones oscuras y hasta instintos asesinos.

Se dice que Saura quedó impresionado con la niña Ana Torrent en El Espíritu de la Colmena, y que escribió Cría Cuervos pensando en ella para el papel principal. Pues la cosa salió redonda, ya que la pequeña Torrent logra su segundo gran milagro cinematográfico, vertebrando Cría Cuervos con la misma mágica intensidad que en la película de Erice. Pero aquí, la Torrent nos presenta un personaje mucho más inquietante, vagamente siniestro, que en El Espíritu de la Colmena.

La película está contada por completo desde su perturbado prisma. Las apariciones de Geraldine Chaplin (su madre muerta) son constantes evocaciones de su imaginación y su ausencia la lleva a una depurada agresividad (muy intima y hacia adentro) dirigida a las figuras supervivientes, en especial a la bienintencionada, aunque rígida, tía (Mónica Randall), que ha de ocuparse de la educación de las niñas tras la muerte de la madre.

Este polvo es un veneno que puede matar a un elefante
. La madre (Geraldine Chaplin) le había hecho entrega a Ana de esa discreta arma de destrucción, aunque solo lo será en la imaginación de la niña. Pero lo que cuenta son las intenciones. Y las de Ana son de verdadero cuidado. Espeluznantes.

El fantasma de la madre ausente 

Geraldine Chaplin encarna al fantasma de la madre ausente, pero también a una Ana futura, que nos habla desde un lejano 1995, dos décadas en el porvenir. La Ana adulta habla a la cámara en un dolido e inquietante monólogo en el que explica su peripecia emocional en aquellos años infantiles. Y desliza cosas como esta: “yo recuerdo mi infancia como un periodo largo, interminable, triste, donde el miedo lo llenaba todo.”

La niña Ana odia al padre (Héctor Alterio), militar franquista, al que considera responsable del sufrimiento y soledad de la que fue su madre. Y ya sabemos las funestas consecuencias que puede tener el resentimiento de la pequeña Ana…

Ana está obsesionada con una canción pop muy popular en España y en otros países de Europa hacia 1974 y 1975. Se trata del porque te vas, de la guapetona y melosa Jeannette, y es pinchada una y otra vez por Ana en su pequeño tocadiscos. Mientras escucha la canción en un rincón de la vasta y oscura casa, la a primera vista irrelevante letra es milagrosamente transmutada, redoblando sus significados.

Cría Cuervos se rueda a finales de 1975, con Franco ya entubado. Se estrena en enero de 1976. La simbología y el doble fondo político son identificados en seguida por los críticos. La niña Ana y sus dos hermanas son la nueva generación de la España que nace con la Transición. Cuestionan y aborrecen la mentalidad opresiva de la generación previa. En el caso más extremo anhelan destruirla, borrarla por completo. La sombría represión de décadas también la ha perturbado, como recoge espléndidamente el personaje de Ana Torrent.

Al final un torrente de luz, ruido y movimiento. Es el fin de la opresión, al menos la más directa y malsana. Es el futuro que por fin llega. Las calles, la rutina, el aire libre, la ciudad en definitiva, con sus exigencias y promesas. Y en las dos horas previas una de las más profundas y magistrales películas que se hayan fabricado nunca en España.

Artículo original 

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