Volver, de Pedro Amodóvar

Volver lo tiene todo, envoltorio y contenido. La brillantísima plástica almodovariana, el habitual reguero de colores vivos y relampagueantes, los recurrentes motivos del manchego, la atractiva iconografía pop, no son solo un decorado. Son también una bella plataforma para una historia y personajes poderosos.

Una increíble Penélope Cruz, más italiana que nunca, con las tetas de Sofía Loren y la determinación neorrealista de una Anna Magnani, lleva la batuta en Volver, este cuento cruel que no pierde la elegancia ni en sus momentos más truculentos o hasta escatológicos.

Desde la secuencia inicial, en el que la profanidad radical de las chachas de la limpieza contrasta con lo que limpian, que no es otra cosa que las tumbas de un cementerio, los grandes temas almodovarianos están aquí. Un grupo de mujeres golpeadas por la vida hasta lo que no puede ni contarse, pero que no son por ello reducidas a la inacción, ni se convierten en pequeños animales silenciosos, no se autodesactivan. Todo lo contrario, la tragedia las ensancha, miran cara a cara a la dura existencia, sin miedo o con el miedo justo. Resistirán, siempre resisten. Como Loles León, Victoria Abril y Antonio Banderas, arrancándose a cantar en la carretera en aquella secuencia final de Átame. Y es que cada cual debe encontrar su propio camino en la jungla, abrirse paso a golpe de machete, y triunfar. ¿Triunfar? Es decir, ganarse un determinado estado mental y emocional que permita llamar a lo que uno vive, justamente, vida.

El endiablado talento de Almodóvar para arrastrarnos al centro mismo de su historia, de implicarnos en las tribulaciones de unos personajes en apariencia enloquecidos y no pocas veces grotescos, es una especie de milagro cinematográfico. Algo casi tan sobrenatural como la cámara de Dreyer. Todo es posible en una película del Manchego. Aquí, una cuchillada irreflexiva y salvaje, la momentánea pérdida de la razón ante la injusticia, un crimen fortuito con el que no se contaba. Bueno, ¿y ahora qué? Puede que sus acciones sean cuestionables desde la moral convencional, pero lo que los personajes de Almodóvar no harán nunca será ponerse a lloriquear ante el infortunio, no más allá de unos pocos segundos. En seguida tomarán una decisión y moverán el culo. Venga. Se mete el cadáver en un frigorífico, se alquila una furgoneta, se junta a un par de amigas prostitutas, se cava una zanja en plena madrugada. Se sigue circulando. Y en medio de sus duros trabajos, se les regalarán momentos de una intensa poesía. 

A estas maravillosas Antígonas de Volver nadie va a juzgarlas, porque en realidad nadie puede. Criaturas nada sofisticadas intelectualmente, poco interrogativas, vitales y en absoluto existencialistas, cuentan con un descarnado sentido práctico que les permite moverse en planos de realidad y eficacia que muchos quizá no alcancemos nunca.

El cine de Almodóvar tiene un valor universal, por eso es admirado y aplaudido en todo el mundo. Pero si descendemos a nuestro propio contexto, Volver y sus otras obras nos hablan de una España creativa y enérgica, que resiste y se levanta una y otra vez.

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