La Fiebre del Oro (proyecto de cuento)

Hace unos meses, se apoderó de mi imaginación una fiebre del oro. No me refiero sólo a aquella de 1848 en California. Sucede que en la vida, mágicamente entre el fango relumbra el oro. Alguna vez.

California, en el (casi) centro exacto del siglo XIX. De súbito, y ante un rostro embrutecido y barbado, un brillo relampaguea en la arena. Un paroxismo salvaje brota de esa arena y de ese oro y de su brillo, un paroxismo que recorre toda la geografia transversal de Norteamérica y atraviesa el océano y se llega hasta la misma Europa, atormentada por revoluciones burguesas, incómodas.

Miles de hombres y mujeres parten hacia California. Algunos franceses, huyendo de las turbulencias parisinas de 1848. Italianos también. Nórdicos no pocos. En barcos, en carrozas atestadas. Algunos, con ánimo de evitar las anchuras misteriosas de los Estados Unidos, bordean toda la costa americana: tocan el Cabo de Hornos y suben via Pacífico hasta California, aurea. Otros se atreven a hollar los paisajes desconocidos y de vértigo: se lanzan desde la Costa Este (la Norteamérica recatadamente inglesa) hasta el confin californiano, la otra América, la extramuros, la salvaje.

Todo por el oro, por aquel brillo entre el fango. Desdén hacia los valles y montañas sobrehumanas y los escenarios nunca vistos (un siglo tardaría el irlandés John Ford en cantarlos en imágenes definitivas); el chillido y el terror, las etnias asalvajadas y ululantes. Penurias. Sed y hambre. En pos del oro y del Sueño.

Talismán

Se apoderó de mi imaginación lo siguiente: un niño acompaña a una partida de hombres y mujeres que atraviesa el polvo del continente ignorado y vasto. Nada dejan tras de ellos y en frente creen tenerlo todo y todo abarcarlo. California, tierra ya de sueños, aún no de celuloide. California aurea, salvaje. En medio de la llanura y del vértigo, en la carroza traqueteante, un niño (soñado por mí) lleva consigo una Biblia.

Una Biblia. En su viaje a lo desconocido, una Biblia lleva. Protestante y rubito, la interpreta a su modo. Hubiera podido llevar la Odisea, pero lleva una Biblia. El niño viene de la Europa Nórdica (acaso de Escandinavia) y es una Biblia lo que lleva, y no la Odisea.

Con ella el niño cree transportar un mapa del mundo, un talismán. Eso es para él, ese texto. Alegorías que contienen la totalidad de la vida. Cabe en ella (en ese libro infinito) el paraiso y la magia y la expulsión, la del niño rubito y la de los suyos.

Soñé con ese pequeño ser -unos diez años, tal vez doce- durante días. En su carroza, con los hombres fantasiosos y embrutecidos, pero (de algún modo) a solas con su talismán. En pos también del oro, de su oro.

Bien ¿qué fue de él? ¿ Donde se encuentra ahora? ¿Alcanzó a ver el Pacífico o fue dispersado -él y su gente- por los Indios?

Escribe Borges maravillosamente en Las Ruinas Circulares:En general sus dias eran felices. Cerraba los ojos y pensaba “Ahora estaré con mi hijo“. O, más raramente: “El hijo que he engendrado me espera y no existirá si no voy”. 

De mi (de su soñador) depende que el niño rubito reviva. Que retome su camino o que en él se pierda.

3 comentarios
  1. me gustaria saber que allan cosas mas largas conseptos,cuentos,etc.

  2. Serafin dijo:

    Pero que gilipolleces estas diciendo, chaval?

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