Santa Elena (proyecto de cuento)

Acurrucado en la húmeda habitación, intentó sacudirse una vez más el tedio, ese tedio insufrible que lo carcomía, que más bien lo devoraba. ¿Cómo había podido caer él en el fondo de aquella habitación y de aquella remota isla? ¿Cómo desplomarse hacia aquella Soledad, a las humillaciones minuciosas?

Lowe, ese hijo de puta – pensó. Desencajado. Rara vez se refería en otros términos a Hudson Lowe, gobernador inglés de aquella maldita isla, el ínfimo y apartado trozo de tierra que había acogido su desplome increíble.

Hasta las tertulias le aburrían ya, aquellas en las que era todavía posible sentirse el dios que había sido, en las que se sentía capaz de exigir aún la etiqueta cortesana; encuentros desvaídos en los que un puñado de hombres y sus familias lo adoraban como el nuevo Carlomagno que era todavía a pesar de todo.

“Malditos ingleses. Malditos, malditos. Canallas”  ¿Como había podido pensar por un tímido momento, por un tímido momento siquiera, que aquellos isleños semisalvajes iban a tratarlo con el decoro que él merecía? ¿esos recien llegados a la Etiqueta y a la Civilización? Él había asumido la derrota y el canto de cisne (canto que hizo por segunda vez temblar al Continente), tras el centenar añadido de dias, centenar inconcebible arrancado a última hora a sus enemigos, esos que lo creían ya enterrado.  Acabados aquellos dias, acabado el engañoso y último estertor, liquidado definitivamente su Manto, había pretendido marcharse a América. No a la América grosera y material que iba a mostrársele a aquel siglo y también al siguiente, sino la apacible y romántica de Chateaubriand, aquella recogida en su Atala. Sí, la América del aristocrático francés (ah Chateaubriand, cuantos tumbos tú también, de revolucionario a apólogo rotundo del Cristianismo, pero que noble y que sólido siempre!), la América revelada al comienzo electrizante del luego ramplón XIX. Ese viaje (de contenido mentiroso) del aristócrata a las antiguas colonias de los ingleses, pero ¿qué importa la mentira, cuando sus formas encubren la Verdad, o una Verdad?

Había pretendido huir a América. Y llevar allí una vida incógnita y rural, perdido en las  inmensidades del continente sobrehumano. El infinito revelado a Cortés. Desdibujado (él y su pasado), se quería desdibujado, en ese infinito. El sabría. Los demás, no. Pero él sabría, siempre.

América

Hubiera querido salir de Francia, llegarse por Océano a las Américas, a las trece colonias políticamente engoladas. Pero la costa francesa estaba infestada de ingleses. De ingleses. Toda la Armada Británica acordonándole la salida. No le permitieron cruzar el Océano. Y lo llevaron a aquella isla, donde estaba previsto que pasara el resto de sus dias.

En Longwood, el paraje más desolado de un islote desolado, aplastado por vientos -vientos que excitarían imaginaciones románticas en esas décadas iniciales, en aquel 1819- aplastado por recuerdos y por odios. Las termitas desmontaban Longwood, desmontaban la casa en la que lo recluyeron, y el tedio lo aplastaba a él, Emperador de Europa.

Acurrucado en la habitación, en el fondo de la casa, helados su sensibilidad y sus huesos, se dijo a sí mismo: “Aquí me han enterrado en un espacio minúsculo distante 2000 kilómetros de la costa africana, continente del que sólo conocemos las costas. 12 kilómetros separan los extremos de la isla mínima. Dos meses tardó el barco en traerme desde Francia. Ya en la isla, encontraron necesario colocarme a 500 metros de su suelo, en esta montaña, aquí en Longwood. ¡cuantas prevenciones, cuantos cuidados y miedos para vigilar a un hombre desplomado! Qué pequeños se me aparecen en el fondo los ingleses desde esta soledad y esta altura!. Los ingleses y el conjunto de los hombres.

Pues yo aquí acurrucado en esta habitación fria y alejada, desgajada de la Geografía y del Tiempo, soy acaso más grande que todos ellos juntos.”

SGL, 2007

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