El ladrón de cadáveres (proyecto de cuento)

(Con dedicatoria para postmodernos: “hay que enfrentarse cara a cara con la Naturaleza“)

Vio el fardo colgante. Lo vio desde lejos a través de la oscuridad y la espesura.

Se cuestionó una vez más acerca de la conveniencia de lo que iba a hacer. Mientras avanzaba, le volvió a la mente la imagen del viejo Galeno, el Príncipe. Barruntó si al de Pérgamo le fue otorgada la disección de algún cadáver. Humano. Roma lo prohibía. Un cuerpo. No de mono, ni de perro. Humano.

El señor de los médicos -de quien lo separaban 1400 años y la admiración de las Universidades- había recorrido el último arcano de la Anatomía, dejado escrita la palabra última, irrevocable. Eso se proclamaba en París, y lo proclamaba (con sonoridad especial) Silvio, su maestro.

El Príncipe de la Medicina Grecorromana había salido de la oscuridad de las épocas para restallar como dogma. Una palabra revelada la suya, palabra que los Siglos tras hurtársela había restituido a los hombres, conminándoles a la admiración unánime. Galeno, sus escritos: suerte de divinidad textual y filosófica, de Sagrada Escritura, como los Evangelios trabajadamente selectos que aquella Cristiandad de hierro aconsejaba (exigía) a los fieles.

Yo encontraré los errores, si los hay –pensó, a unos metros ya de la cuerda y del cuerpo, desconocido y oscuro.

Avanzó esa pequeña distancia final. Un rayo de luna le salió al paso, casi a tocar ya del cadáver colgante. Un criminal, tal vez. Acaso tan sólo un pequeño ladrón. Se preguntó si sería capaz de acarrear aquel peso solitario, sin ayuda. Hay que enfrentarse cara a cara con la naturaleza -se dijo- atreverse a abrirla en canal, no revolotear entorno de ella como hacen los modernos e hicieron no pocos antiguos.  No el Príncipe por cierto. No Galeno.

Agradables misterios

Con gran esfuerzo, descolgó el cuerpo. Le llevó muchísimos minutos transportarlo, arrastrarlo hasta su refugio. Durante el penoso trayecto -el penoso arrastre- se le abrió paso algún remilgo ético. Hasta ese momento tan sólo había escarbado en tumbas, atrayéndose partes y huesos: porciones tímidas de Naturaleza o de Muerte.  (300 años tardaría una muchachita inglesa, amarilla y lóbrega, en trasladar al papel una peripecia como la de aquella madrugada; 300 años tardaría Mary Shelley en recrear en el Arte y en el Sueño aquel trayecto suyo débilmente documentado.) Hay que recorrer el planeta y lo vivo y sus superficies desdichadas, se repitió. Sin rehuirlas, sin ampararse tras libros antiguos o tras los púlpitos o la púrpura. Yo voy a hacerlo. Y conmigo, Europa, a partir de ahora, también lo hará.

Al fin alcanzó su destino. Él y el cuerpo del maleante franquearon la entrada y el refugio. Respiró hondo tras soltar el cadáver. Aquella misma noche le echaría un primer vistazo. Un primer examen. Y al dia siguiente comenzaría a abrir aquel cofre robado, a arrancarle enigmas al Mundo.

Volvió a pensar en Galeno, a quien adoraba. Pensó en sus libros. En aquel regreso triunfal suyo al Occidente Cristiano tan poco tiempo antes, tras un milenio largo de olvido abarcante, obcecado. En la oscuridad, replegado él y su pensamiento, retornó a la imagen del cuerpo robado, anticipando agradables misterios.

No se incorporó ya, aquella noche. Antes de sumergirse en el sueño (en su agua oscura) con claridad de súbito deslumbrante, Andreas Vesalio se preguntó qué nuevos secretos de su funcionamiento y de la Vida le depararía esa nueva muerte.

SGL, 2007

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