Caos somnoliento

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Emerjo (trato de emerger) de un cierto desorden mental. También físico, ya que buena parte de los objetos que me rodean se han desorganizado. No obstante, a pesar de cierto asumible desconcierto en los tiempos últimos, mi vida intelectual ha sido rigurosa, intensísima, audaz, recostada.

Obsérvese en la foto adjunta, si se duda, la enorme cantidad de papel encuadernado junto a mi colchón -hesito en llamarlo cama. Obsérvese el pequeño tomo de arriba del montoncito que hay sobre la alfombra: Aurora, del gran coronador de montañas, el dionisíaco ceñudo, el migrañoso, Nietzsche. ¡Ah, hay tantas auroras que aun no han despuntado!, anotó el bigotudo

Cierta crisis en la que se han amalgamado diversos nombres existenciales -entre ellos Mersault y su congénere Sísifo, así como su cantor Camus, así como el estrábico y Roquentín su criatura, y su chava, la Simone- me parece ya superada, felizmente. O al menos redirigida. Aunque debo confesar que, en parte, he intentado intelectualizar, embadurnar con filosofía masticada lo que no ha sido más que cansancio y no poco aburrimiento. Alguien me ha murmurado que en ocasiones consideramos falto de sentido a aquello que sencillamente ha dejado de interesarnos. Cuando disfrutamos de algo, entonces pensamos que tiene sentido o no nos interrogamos sobre ese sentido. Y cuando dejamos de disfrutar de ese algo, entonces nos decimos: esto no tiene sentido. El sentido no sería más que una fantasía pseudofilosófica, un prurito falsamente existencial referido a lo que no es más que ausencia o presencia de disfrute. Otro tanto puede decirse de la plenitud o la no plenitud. Bien por mis cavilaciones de tresillo: no han sido estériles.

El problema se plantea entonces del modo que sigue: ¿Como recuperar entonces la capacidad de goce? O pronunciado con labios existenciales: ¿Como recuperar la sensación de plenitud y de sentido?

Por lo menos, la cosa va dilucidándose. Tras varios meses de desorganización psicológica y Sartro-naúsea de carrito y supermercado, sí, va dilucidándose. Emerjo del caos con cierta certidumbre en relación a lo que deseo hacer en el futuro, contabilidad enérgica de los recursos con los que cuento, y sobre todo, conocimiento de en qué dirección marchar.

Con paso decidido y marcial hay que hacer esto último, una vez elucidado. Con mirada fiera avanzar hacia la ladera, despreciativos de las alturas que nos aguardan, oteando las nubes y el ápice del picacho. Disfrutar del sentido y del sufrimiento de la dura subida, sí, como el bigotudo. ¿Qué importa si me quedo en el camino, sino corono nada, si me desvanezco a penas superada la invitadora falda? El sentido de la coronación está en el ejercicio del ascenso: mirar en torno y hacia arriba, también recrearse en el delicioso vértigo de las modestas alturas que escalan las botas obedientes.

A veces me miro al espejo y me interrogo con extrañeza sobre lo que veo. Ese maletín de dispositivos biológicos, me digo, esa blanda deformidad de la evolución mutantemente obstinada, azarosa. No estoy chiflado. Otro tanto le sucedía al amigo Roquentin, que notaba un extraño organismo al mirar por el rabillo del ojo su propia mano, que descansaba sobre la mesa. El sentimiento del absurdo sólo puede superarse con la fluidez y el disfrute. Con el orden de la conciencia. Bien, esto último está conseguido. O al menos, puesto en marcha.

Ahora, levantémonos ya del sofá, coño.

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