Vagabundeos parisinos (1)

Sobre París: Existiendo la tecnología digital, creo que ya no es necesario invocar, poner sobre la mesa, palabras trilladas, desgastadas por el uso, cliches que más bien lo que hacen es oscurecer la idea que uno querría transmitir, en lugar de tranparentarla. Como alternativa a decir cosas del tipo de increíble, soberbia, magnífica, espléndida, and so on, lo mejor es hacer un click y contemplar un slideshow. Bueno, no. Lo mejor es ir allí personalmente, claro, y verla. Es obvio que, aparte de Londres, no hay en toda Europa ciudad que pueda comparársele, al menos en lo que respecta a ese equilibrio entre Naturaleza y Civilización, magnificencia, colosalismo e intimismo y recogimiento. No estoy descubriendo desde luego el pollo frito al decir esto.

Pasé una noche inquieta con el traqueteo del tren hotel que me llevó a esa Ciudad, que han llamado de la Luz. No sé si fue el traqueteo que perturbaba la litera, o el saberme cada minuto más cerca de París, ese símbolo, lo que volvió mi sueño intranquilo. Aquello que se aproximaba a cada metro del chemin de fer no era sólo un montón de piedras, de edificios, sino el centro de gravedad cegador de la civilización que me ha tocado en suerte, centro de gravedad que lo ha sido durante 500 años: trasunto moderno y contemporáneo del pack Grecia-Roma. Eso era lo que se acercaba a cada metro, cada temblor, cada suave giro de vagón. Eso y un montón de imágenes literarias, musicales, cinefílicas, arquitectónicas, históricas, sociales, políticas, geográficas, gastronómicas, hasta tecnocientíficas. A cada traqueteo, a cada incómoda vuelta y revuelta en la litera, se acercaba el escenario del Gran Siècle, de Molière y de Corneille y de Richelieu, de Luisito el XIV, el tipo que se creía un astro y que mandó erigir Les Invalides, acaso lo más monstruoso y bello de París; se acercaba el escenario también de los empelucados del henchido XVIII y sus plumas satíricas; el empedrado de las grandes revoluciones de la modernidad ( y hasta de la mini-revolución-picnic de 1968); las tablas sobre las que se desplegaría Bonaparte, el liberal aficionado a Mantos y Coronas, el esquizofrénico del Código Civil y de la pompa imperial.

Era el vertiginoso XIX quien también se aproximaba, hábitat de los estrujados personajes de Maupassant, repartiendo sus neurosis por los barrios de la Ciudad infinita; la Ópera y el café que la enfrenta, abigarrada centuria de Balzac y de Flaubert, que contemplaba el mundo a través del prisma parisino; en la lejanía que la sonámbula Renfe iba deglutiendo, estaba igualmente aquel Rimbaud que en la noche de Difuntos de 1873, se dio la vuelta como un calcetín, abandonando para siempre Paris y la Poesía. Se me echaban encima, a cada paso de hierro, los desfiles militares y su catálogo: el de 1871 de los prusianos triunfantes, el de 1919 de los franceses, el nuevamente prusiano de 1940, y el de 1944 de los resarcidos galos. También se me vinieron fogonazos musicales, de Maurice Chevalier y de Josephine Baker (a esta última la llevaba en el zurrón, junto a Brel y Montand).

A las 9, 05 minutos de la mañana, el tren nocturno se detuvo en la Gare d´Austerlitz, temerariamente colocada junto al Sena. Lo primero que vi al salir fue el rio suntuoso y sus Bateaux Mouches. Bueno no, lo primero que vi no fue eso: un individuo bajaba por uno de los puentes; un tipo atildado, con traje de buen corte, como salido de un anuncio de Emidio Tucci. Todo normal, el tipo iría al trabajo, digo yo: tal vez fuera un directivo. Sólo que iba en patinete.

Aquello era París, y lloviznaba.

Vagabundeos parisinos (2)

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