Migración en bloque a la Tertulia de Helena

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Helena y Fanny, la morena y la rubia

Helena presenció ayer con entereza, con amabilidad y cortesía el espectáculo triste de un ocaso. La invitamos a nuestra tertulia languideciente, y pudo así contemplar la decadencia de lo que no hace demasiado tiempo era un escenario donde corrían la chispa, el diálogo vigoroso, la creatividad y el ingenio, la irreverencia elegante, los horizontes, los proyectos, el hambre de éxito y su convencimiento, su certidumbre.

Hoy de todo eso no quedan más que cenizas, incluso ya secas, ni siquiera humeantes. La triste realidad que Helena tuvo anoche ante sus ojos fue el espectáculo desolador de unos sujetos que cada vez necesitan mayores cantidades de alcohol para seguir aferrados a la fantasía de que son escritores. Una fantasía en la que ya casi nadie cree, ni tan sólo ellos mismos.

Tan sólo en algún tibio momento, la conversación dejaba entrever un destello más bien apagado: alguna referencia a los detalles más estrictamente físicos de la relación Rimbaud-Verlaine o la vida social y sexual de Kafka.

El presuntamente abstemio Cordano se recogió pronto, alegando resaca. Jebluss-Chiaravallotti se sostuvo más tiempo, no mucho más. Restos del Italia-Francia, del fútbol arrabalero, de la ebriedad más canalla y pastosa. Triste. Hace sólo unos meses los extraviados muchachos paseaban por Gràcia con energía y arrogancia lo que toda Barcelona al unísono los consideraba: dos promesas deslumbrantes de las narrativas italiana y argentina.

¿Y yo? No celebré nada el domingo. Ni soy italiano ni pude aferrarme a ancestros transalpinos, como Chiaravallotti. Pero también hube de mascar, junto a los otros, mi caída y mi fracaso.

Helena, conmovida, nos ha propuesto acogernos a su tertulia paralela, en la que podríamos tal vez recuperar alguna tenue reminiscencia del pasado esplendor, de la ya desaparecida brillantez.

Si somos honestos con nosotros mismos, tan sólo nos quedan ya dos desesperadas opciones: o fundar un Fight Club y descargar allí nuestra desesperación, nuestro resentimiento y hastío-algo que en alguna ocasión se ha insinuado con ojos vidriosos, huidizos- o bien, migrar masivamente a la floreciente tertulia de Helena.

Un resto de orgullo, de dignidad nos hará optar -asi lo espero- por esto último.

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