Presentación Sobras Completas (I)

Franco, deleitando a la concurrencia con la lectura de uno de sus relatos.

La sesión de doctorado (los públicos de la revolución científica) se prolongó más de la cuenta. El amigo Pardo Tomás convierte cada clase en conferencia entusiástica, con turno de preguntas y debate. Casi tres horitas nos tuvo. Y los FFCC también se toman su tiempo para colocarte de vuelta en BCN. Total, que llegué a la Sala de Ámbito Cultural de El Corte Inglés alrededor de las 20,15, cuando la presentación de nuestro librito conjunto, Sobras Completas, llevaba en marcha ya cerca de una hora.

La sorprendida habitación estaba atestada: ocupadas todas las sillas, obstaculizada la entrada por gente hosca, nenitas en plan yoggie proyectadas sobre el pasillo central. Atónito, miré hacia el fondo: ni Javier Marías ni Rosa Montero ni siquiera la Echevarría. No. Era Jebluss el que tenía la boca junto al micrófono; y a su diestra (o a su siniestra), Rodrigo DC, nuestro querido antólogo. Joder, qué éxito tan inesperado, tan desconcertante, tan increíble -pensé con atropello. Según el programa, de la presentación se ocupaban (además de) Franco, Rodrigo y Lluc B., el director del Aula. No obstante, comprobé, con un suave mordisquito de terror, que Lluc se dirigía intermitentemente a algunos de los autores de Sobras para que se sentaran junto a Franco y Rodrigo, e intervenir de modo breve o extenso. Jetas conocidas como las de Marc Hendrix o Helena (la joven Gausí) se aupaban a la tarima. Una gotita de sudor frio, salvando la alambrada de las pestañas, llegó al blanco de mi ojo derecho: yo no había preparado nada, aquello no estaba en el guión, no sabría qué decir en caso de que una voz o un dedo hostil o juguetón me reclamasen al estrado. No, no sabría que decir, más allá de algunos temblorosos balbuceos rollo Garci/VolveraEmpezar (Thankyouverymuchthisisadreamcometrue). Resbaló otra gotita hacia el ojo aturdido, cuando descubrí entre la marea de cabezas a mi padre y a mi hermana que, desoyendo mis consejos, allí estaban, y en la fila segunda, bebiendo como ambrosía las palabras de Jebluss.

El acto concluyó y se fue secando mi espalda. Rodrigo y Franco cortaron orejas: estrecharon manos, abrazaron, besaron, estrujaron; junto a ellos (y por toda la sala) relumbraba el azul de las portadas. Relampaguearon las firmas y la estilográfica; el maravilloso tintineo de la caja registradora era insistente.

No hubo piscolabis. Me marché pronto.

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1 comentario
  1. Reconocer nuestro éxito puede significar el comienzo de nuestro fracaso… ¡Que leches! Un éxito de la hostia!!

    Tengo la muñeca enyesada de tanto firmar páginas dos…

    ¿Qué dirá QUÉ LEER de todo esto?

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