
Un día los ángeles se desplegaron por el mundo. Desplegaron sus alas por el mundo. Se desplegaron los ángeles. Los seres alados, las presencias desconocidas, falsamente familiares, se enseñorearon del Planeta, lo anegaron y lo colmaron, lo subvirtieron.
A pesar de su intimidad de milenios con el mito, en los primeros dias los hombres se maravillaron ante estos nuevos inquilinos de lo Real; hubo quien se incomodó, algunos –muy pocos- se irritaron. Hubo quienes incluso proclamaron que en ningún caso aceptarían esas intromisiones del Sobremundo, y menos en una época instrumental, de recogida devoción científica, de digna tangibilidad.
Ahora que por fin hemos logrado –decían los enfadados materialistas- manejar de una manera aceptable este inconcebible solapamiento de seres y de conciencias que es el Mundo, ahora que de una vez nos hemos apañado en la gestión de este animal enloquecido que es el hombre, mediante disciplinas infinitas, diálogos desaforados e ingenierías culturales de lo más audaz, abnegado e imaginativo, vienen estos aquí ahora, estos ángeles, y se nos aparecen. Cuando ya no los necesitábamos, si es que alguna vez los hemos necesitado.
-¿Y cuando hacían falta, en esos infinitos siglos pretécnicos, donde estaban? ¿dónde se escondían?- corroboraban otros a los anteriores, con retórica y con burla.
Pero eran los menos. La aceptación –la resignación a lo mágico- era aplastante, indiferente. Aquella postración intelectual no dejaba de sorprender en un siglo –en una serie de siglos- de Racionalidad, de Experiencia.
Las recien aparecidas figuras doblaban en estatura la de un hombre; la delgadez era extrema, hiriente. Aquello los estilizaba casi hasta el infinito. Maravilla y espanto producía la envergadura de las alas. En todas partes se les veía. El rumor de los apéndices increíbles se sumó pronto al de los muchos otros rumores del mundo. Se repartieron por ciudades y por países y por continentes. Los había en las estepas y en las sabanas, junto a la Tundra y en medio de las lujurias selváticas. Decoraban urbes de vértigo y también mínimas aldeas; afilados edificios y chabolas apesadumbradas.
No tardaron en inmiscuirse –de hecho lo hicieron de inmediato -en los asuntos humanos. Comenzaron a sentar mil y una cátedras, a enmendarle la plana al Hombre en todas las materias de su incumbencia, que eran todas. Ninguna de las que agotaban y extenuaban el saber humano parecía serles ajena. Tras su incursión, los problemas amenazaban con disolverse de modo vertiginoso.
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De mi relato Ángeles (Septiembre, 2005)
ME ENCANTARÍA SABER COMO LOS ÁNGELES TE DAN LA CURACIÓN A TRAVÉS DE LA MEDITACIÓN, OSEA ESTOY BUSCANDO EL LIBRO EL BOTIQUÍN DE LOS ÁNGELES O JUGANDO CON LOS ÁNGELES