The Night of The Hunter, 1955
12 febrero, 2013
No me canso de ver Night of the Hunter. Es un enfrentamiento entre el Bien y el Mal (nada nuevo) en un entorno pastoral de llanuras infinitas, de cosechas laboriosas, granjas, ríos e iglesias; de gente campestre profundamente estadounidense, como salida de ese American Gothic, la pintura quintaesencial de Grant Wood. El Bien y el Mal, como en Melville, Tolkien o El Génesis. El Mal es aquí gratuito y puro, y no parece consecuencia de la injusticia, la miseria o la desestructuración. Simplemente es: forma parte de la realidad del mundo. Robert Mitchum es un psicópata de Biblia y cuchillo, y que nadie busque una explicación de su maldad criminal. No la hay, o la historia la ignora: el tipo es así. Es su carácter o su naturaleza. Lo percibe rápidamente el espectador en su alucinante monólogo inicial, tras cometer un primer crimen: mientras conduce el automóvil sin techo sobre la llanura hablándole a ese Dios que ahí está, supuestamente colgando en el cielo, escuchando sus razones. Un espeluznante diálogo, a la altura del de Norman Bates y su madre, en una película que aún estaba por hacer.
Mitchum es la compleja (por incomprensible) expresión del Mal. ¿Y el Bien? El Bien es simplemente el de aquellas gentes que viven y trabajan en esa Virginia Occidental de la Depresión, que van a la iglesia con fe de autómatas o sin fe, que conversan y festejan bajo el tórrido cielo del casi medio oeste. Los pequeños hijos de Shelley Winters (dos de los actores infantiles más formidables que se hayan visto en una pantalla) son el “Bien” que escapa, a través de los campos, y de la noche, y duermen en granjas abandonadas, o se deslizan en barca sobre silenciosos lagos nocturnos. Huyendo de ese Leaning on the Everlasting Arm, el aterrador estribillo del reverendo.
Hay momentos de estremecedora poesía en Night of the Hunter. Como ese en que los dos pequeños hermanos escapan por un pelo de Mitchum, empujando la barca un segundo antes de que el reverendo asesino pueda arrojar su corpachón en ella. A continuación, Laughton nos regala unos minutos mágicos, de terrores infantiles, sueño y música. Esa barca moviéndose en la soledad de la noche estrellada, la indefensión de los niños, la inocencia y la voluntad. Un momento Mark Twain, vagamente gótico.
Algo esencial en la increíble (y única) película de Charles Laughton: aquí el Bien sabe defenderse. Quizá porque ser “Bien” es algo abnegado y costoso, un nada fácil ejercicio de autodisciplina, sobre todo en esa Depresión, en esos tiempos difíciles en los que el Mal forzosamente crece. Lillian Gish acoge a los niños fugitivos, ya huérfanos, y planta cara por ellos y por un espacio moral (el suyo), trabajado y que cree recto; lo hace con su Biblia y sus sermones, y con historias y cánticos. Pero también con energía y valor, y con un rifle más grande que ella misma.
Generación X, variante española
2 febrero, 2013
Sobre la variante española de la generación X
¿Qué fue de la Generación X, básicamente aquellos nacidos entre 1968 y 1976, año arriba, año abajo? Su versión española ha sido especialmente desgraciada. Hacia 1995-96 se van asomando al mundo adulto, a la dura vida responsable, las profesiones, el mundo laboral, la búsqueda de vivienda y los laboriosos (luego no tanto) créditos. ¿Qué se encontraron? Pues, tachán, una España en crisis, en recesión económica desde como mínimo 1993, con un paro superior al 20%, y un reguero de corruptelas y escándalos, además de una insoportable crispación mediática. Y un reciente cambio de gobierno que se lanzaba a reformas impopulares. ¿Nos suena todo esto de algo?
Pero además, había que bregar en la época con una desventaja muy grave: en 1996 no había Internet (en la práctica), ni redes sociales, ni smartphones, ni vuelos lowcost. Irte a Londres, por ejemplo, era una aventura nada barata y casi temeraria. Y el abrelatas de las relaciones sociales y afectivas era todavia penosamente analógico. Había que lanzarse a la calle, al campus, a los cafés, al mundo noctámbulo o a los anuncios por palabras.
En 1996, Pedro Maestre, un joven de 29 años hoy olvidado, ganó el Nadal con su novela Matando dinosaurios con tirachinas. Alguien debería reeditarla. Al igual que el autor, su protagonista era un joven licenciado que no encontraba trabajo ni de coña y se dedicaba a masticar su hastío. Año 1996. Luego vendría en España una década de crecimiento económico caótico y bastante falsario, pero que nos hizo creer que el cutrerío ancestral del país quedaba atrás.
Bien. ¿Qué se nos ofrece hoy, entre 15 y 20 años más tarde, en este país? Pues más o menos lo mismo que entonces: un panorama de paro, recesión y corrupción. Vuelta al punto de partida. Qué asco, ¿no?, para esa antigua generación X que, ahora como treintañeros tardíos o cuarentones, además ya no están en el centro de los desvelos populistas de gobiernos y medios. Y es que una nueva generación joven, los nacidos a partir de 1981 (digamos) es ahora la estrella y nueva víctima, la última de la serie. La diferencia ahora, para los hastiados y estafados X que casi dos décadas después vuelven atónitos a la España de Pedro Maestre, es la existencia en 2013 de unas potentes herramientas tecnológicas que nos permiten moldear nuestra realidad como nunca antes. Y que son la única esperanza de sobreponernos creativamente a esta estafa de país, o de sociedad.Y evitar la sensación de que nos vuelven a colocar en la misma parada de autobus tras desvalijarnos durante la carrera.
Y con una ventaja adicional: sabemos muy bien como eran las cosas antes. Como eran aquellos años noventeros todavía más tristones en los que había que recurrir al Primeramà, poner anuncios en los tablones, coger el metro para pagar un recibo, buscar un buzón para enviar un CV o ahorrar para permitirse un modesto citybreak. Y justamente por eso valoramos más lo que tenemos ahora en las manos, todo eso que entonces hubiera sido una fantasía futurista. Al final resultará que somos unos privilegiados: nuestra perspectiva es inmejorable e intransferible.
Blur, The Universal (1995)
Amy Martin: mujer soñada
24 enero, 2013
“Juro por mi alma que no puedo recordar cómo, cuándo ni siquiera dónde conocí a Amy.
Largos años han transcurrido desde entonces y el sufrimiento ha debilitado mi memoria. O quizá no puedo rememorar ahora aquellas cosas porque, a decir verdad, el carácter de mi amada, su raro saber, su belleza singular y, sin embargo, plácida, y la penetrante y cautivadora elocuencia de su voz profunda y musical, se abrieron camino en mi corazón con pasos tan constantes, tan cautelosos, que me pasaron inadvertidos e ignorados.
No obstante, creo haberla conocido y visto, las más de las veces, en una vasta, ruinosa ciudad cerca del Rin. Seguramente le oí hablar de su familia. No cabe duda de que su estirpe era remota. ¡Amy, Amy! “
Muchísimas gracias a Javier Mulas por este maravilloso regalo a nuestro legado poético. Su Amy es una espléndida criatura de la imaginación, una deliciosa mujer soñada, digna ya de figurar en el mismo panteón que Ligeia, Morella, Berenice o cualquiera de las demás inolvidables figuras femeninas del devocionario de Edgar Allan Poe.
Por tu romanticismo y tu sentido estético, por esa sensibilidad a flor de piel, gracias, Javier.
Y desde luego nuestro agradecimiento también para Javier Caldera y la Fundación Ideas, sin los cuales nada hubiera sido posible. A todos, gracias!
Finales
12 diciembre, 2012
“Si quieres un final feliz, eso depende, por supuesto, de en dónde detengas tu historia“ Orson Welles, 1970
Cierto y el final escogido transforma radicalmente la historia. La rehace y rehace su significado, su mensaje, su estética y sus esperanzas. Coge It is a Wonderful Life, el más delicioso cuento navideño, y córtala en el momento en que James Stewart decide suicidarse, ahí inclinado en el puente sobre el rio resonante y oscuro. Poco antes de la aparición del ángel sarcástico y bonachón.
Coloca ahí el final y arranca los títulos de crédito. Convertirás un cuento de hadas humanista en un angustioso drama nihilista.
Otro: la secuencia final de Les 400 coups. No puedo imaginarla sin ese final. Impregna toda la historia de una felicidad extraña y dolorosa.
La Javanaise, 1975. Serge Gainsbourg
17 noviembre, 2012
Nous nous aimions le temps d´une chanson.
Gainsbourg le canta La Javanaise a una Jane Birkin más fria que el champán caliente.
El Espíritu de la Colmena, 1973
14 noviembre, 2012
En 1973, dos años antes de la muerte del dictador, el director vasco Víctor Erice se las arregló para rodar una de las películas más fascinantes de la historia del cine
La acción se sitúa en 1940, recién acabada nuestra Guerra Civil, cuando tras el trauma, los españoles, como insectos económicos, tratan de continuar con sus labores cotidianas, siguiendo un patrón y un dibujo ancestral. Una colmena, de seres atareados y asustados.
La República, con métodos educativos y buenas intenciones, había intentado dotar de un espíritu a la colmena, que las vidas de las “abejas” se parecieran algo más a auténticas vidas humanas, con la riqueza y complejidad que ello significa. Que la existencia no fuera solo la regularidad antigua del trabajo repetitivo, las jerarquías incuestionables, la lucha por la vida (material) como único criterio, o la banalidad y el sentimiento de culpa de los no pocos zánganos. Pero la República, el experimento de intentar colorear la existencia hexagonal de la colmena, es al final aplastada, con el apoyo o pasividad de bastantes de sus propios “insectos”. Desde ese momento, y sobre todo en los iniciales 1939 y 1940, los días van a ser básicamente trabajo, lucha y miedo. Una alienación rigurosamente pautada.
1940, en un pueblo recóndito de la Castilla profunda, en la vasta casa rural de una familia de clase media, pero igualmente acechada por la nueva miseria. Dos niñas, las hermanas Ana (Torrent) e Isabel (Tellería), corretean a sus anchas por los largos pasillos y las inacabables habitaciones. En la casa, en ese pueblo como aislado y rodeado de lejanas planicies, el padre (Fernando Fernan-Gómez), sobrio y contemplativo, vive en medio de estanterías cargadas de libros. Se le adivina un mundo interior complejo, pero que quizá va ya deslizándose hacia cierta dejadez e indiferencia. Algo a lo que desde luego ayudan las tristes circunstancias de la nueva época. Las ilusiones (políticas) perdidas.
Junto con pensamientos y volúmenes, el padre suele pasar largos ratos en la compañía de sus abejas, ese microcosmos que es una réplica de su propio universo cotidiano, y el de España. Por su parte, la madre (Teresa Gimpera), se dedica a escribir largas cartas a un amante exiliado y ausente, cartas que en realidad se escribe a sí misma. En algún momento le arranca notas a un piano, lo que nos permite adivinarle cierta pasada y renunciada sofisticación. Padre y madre se guardan entre sí un afecto algo distanciado, casi frio. Las niñas, mientras tanto, corretean y experimentan, se encargan ellas solitas de ir descubriendo el mundo, mientras los padres las contemplan y parecen tutelarlas desde una distancia inmensa.
Frankenstein entra en la vida de Ana e Isabel
Un buen día, un cinematógrafo itinerante llega al pueblo, y la película ofrecida no es otra que el Frankenstein, de James Whale, filmada solo nueve años antes, en 1931. La película y sus incomprensibles crueldades impresionarán a las niñas, como solo el cine como acto público y extraordinario en una habitación oscura era capaz de hacer. Ana es la que sufrirá más profundamente el impacto emotivo de la violencia gratuita del monstruo. “¿Por qué mata el monstruo a la niña en el lago?“, será la gran pregunta existencial de la pequeña Ana, algo sin respuesta y que será el centro de gravedad mismo de la increíble película del cauteloso Erice. Ana empieza a tomar conciencia de la existencia del mal, y se palpa vigorosa la simbología política de El espíritu de la Colmena.
Ana e Isabel son criaturas diferentes. Y arquetípicas. Isabel tiene quizá un par de años más que Ana, pero su mayor madurez y pragmatismo no son solo una cuestión de edad, sino de naturaleza. Hay en ella además un inquietante núcleo de dureza, quién sabe si de crueldad, que Erice nos muestra con clase y discreción. En uno de los momentos más turbadores del Espíritu de la Colmena, Isabel parece lanzarse al intento de asfixiar a un gato, ya que para ella experimentar y vivir no es solo la observación morosa de las maravillas primigenias de lo cotidiano, los correteos con Ana por la planicie o las investigaciones en la lejana granja abandonada.
Al intentar huir de Isabel, el gato la hará sangrar ligeramente, e Isabel saca inmediatamente partido del incidente: con la sangre de su dedo, se pinta los labios frente al espejo, en una de las escenas más elegantemente siniestras que se hayan filmado. Sin duda la psicología de Isabel es muy distinta de la de Ana. Hay quien ha dicho que es ella el verdadero monstruo, y no el de la película de James Whale.
El espíritu de Ana
Ana, he aquí el centro de esta historia bella y sutil. Ana, un pequeño miembro de la colmena humana, con un incipiente espíritu incisivo. Sus ojos, enormes, más insondables que el pozo junto a la granja abandonada en el que las niñas se asoman. Esos ojos parecen absorber todas las maravillas y horrores del mundo, porque a esa edad, a los seis, a los siete, todo es maravilla y horror, porque todo parece vivirse a otra escala. Sobre todo si se tiene la sensibilidad adecuada, y todo apunta a que Ana la va a tener y la tiene. El Espíritu de la colmena está repleta del inacabable espectáculo de las pequeñas cosas, del lento transcurrir del tiempo. La vida de cada día, decodificada, transfigurada por Ana en algo insistentemente misterioso, mágico.
Ana e Isabel, Isabel y Ana. Una de ellas (Isabel), pragmática y decidida, o casi seguro que es en en eso en lo que se convertirá. Un diligente “insecto” de la colmena española, en ese inclemente 1940 y en las décadas oscuras que se avecinan. Ana, por su parte, acaso guardará durante toda su vida un trocito de espíritu. El espíritu de la colmena.
How….?
14 noviembre, 2012
A Place in The Sun, 1951
4 octubre, 2012
A Place in the Sun (George Stevens, 1951), con Montgomery Clift y una recien florecida Elizabeth Taylor, aparentemente recuperada ya de su violenta pasión infantil por los caballos. El trio protagonista lo completa la pobre Shelley Winters, a quien aqui (como en Night of the Hunter) le dan también para el pelo.
Para quien no la haya visto, A Place in The Sun es algo así como Match Point (W. Allen, 2005), pero con la incómoda intromisión del Código Hays.
Grace Kelly, construcción mental
17 septiembre, 2012
No soy nada constructivista y los llamados “estudios culturales” (un campo de batalla ideológico) me producen cierta alergia. Pero me parecen muy sugerentes ciertas ideas de la crítica y académica feminista Tania Modleski (The Women Who Knew Too Much, 1988), sobre las mujeres en la obra de Hitchcock.













