Blow up, 1966. Antonioni

Como thriller, Blow up me pareció floja. El cuento de Cortázar en el que se supone se basa (Las babas del diablo) me pareció mucho más eficaz a la hora de atraparte, de absorberte. Un espasmódico crescendo de horror. Blow up ofrece desde luego momentos de tensión, pero creo que su verdadero interés es otro.

Ante todo, Blow up es otro espléndido safari antropológico por los sesenta, como las películas de Blake Edwards. Es inimaginable una película más sesentera que Blow up, desde el primer fotograma hasta el último. Casi parece un documental de una época, en ella están embutidos todos los tópicos de la década más chispeante del siglo. No se si Antonioni era consciente de lo que estaba filmando. La atmósfera, los colores, las superficies, la moda, la música, la irrealidad, la languidez, las conversaciones, los porros, todo es 1960s. El protagonista tiene 25 años (al menos David Hemmings los tenía), habita el swinging London, se dedica con éxito a la fotografía, conduce un descapotable y vive rodeado de chicas a las que retrata y que se mueren por que las retrate. El tipo desparrama una mirada sobre el mundo totalmente nueva, vigorosamente superficial, mirada que es la de su época y de su clase, pues la juventud empezaba a ser una clase. El mundo es color y movimiento y sobre todo una falta total de compromiso, como no sea el del falso tarareo político. Un continuo mariposear entre personas, cosas y proyectos. La felicidad de la inconstancia, del aleteo, del cambio.

Al fotógrafo un buen dia un descubrimiento le sale al paso. Un asesinato, un cadáver en un parque, y solo él parece saberlo. En medio del aburrimiento y la complacencia el tipo se las ha arreglado para sacar algo atroz a la luz, algo que debería hacerle tomar conciencia de que el mundo es algo más que una pasarela, y que contiene cosas horribles. Piensa por un momento en involucrarse, en ir hasta el fondo.

Pero el involucrarse no es lo suyo. Lo suyo es que las cosas pasen y vayan fluctuando, evaporándose.  Sí, hasta los cadáveres también se van, si no se piensa en ellos.

Barry Lyndon, 1975. Stanley Kubrick

Adaptación de una novela inglesa ambientada en el siglo XVIII, de William Thackeray. Un uso inteligente y muy eficaz de las  composiciones clásicas, como es el caso del trio op 100, uno de los tópicos schubertianos.

La tecnología, en auxilio una vez más de la creatividad y el arte. En esta ocasión, unas lentes desarrolladas por Zeiss nada menos que para la Nasa. Las superfast de 50 mm permiten a Kubrick una interesante innovación técnica: la posibilidad de filmar a la luz de las velas o con luz artificial muy escasa, lo que da un excelente realismo de época a la película y acerca su estética a la pintura del XVIII, a Hogarth. Barry Lyndon es, a ratos, pintura en movimiento.

La crítica se mostró muy dividida ante la película, en 1975, aunque gustó mucho en países como Francia, claro. No faltaron quienes la vapulearon. El joven Spielberg, que venía de rodar Tiburón, dijo que ver Barry Lyndon era como pasar el dia entero en el Museo del Prado, sin llevarse el almuerzo. Bueno.

Pero Barry Lyndon ha ido acumulando prestigio con el paso de las décadas y ahora se la considera una de las mejores obras de Stanley Kubrick. Y a pesar de ser una película de época, también se las arregla, como casi todas las obras de Kubrick, para ser eso que llaman un clásico de culto, esencialmente por su tecnología.

Mi secuencia favorita es, como no, la de la seducción por parte de Barry (Ryan O´Neal)  de la condesa Lyndon (Marisa Berenson). Un prodigio estético. No se cuantas veces Kubrick les haría en esta ocasión repetir la toma a los actores, pero el resultado es sin duda esplendido.

Si 2001 una Odisea del Espacio nos mostró la mayor elipsis de la historia del cine, Barry Lyndon nos regala aqui el mejor juego de miradas y Marisa Berenson la caída de pestañas más jodidamente elegante que se haya filmado nunca. Con o sin superlentes Zeiss.

El Resplandor, 1980. Kubrick

Jack Torrance tiene un problema. Es un currante que va viviendo de trabajos de temporada no excesivamente cualificados. Al mismo tiempo tiene grandes proyectos, o mejor dicho grandes sueños. Proyecta, sueña, con ser un gran escritor. Con publicar, con triunfar con lo que escribe, entrar en el gran mundo. Y no solo eso. Quiere llevar vida de escritor, de escritor de éxito en el sentido americano. Quiere ser Scott Fitzgerald. Quiere escribir El gran Gatsby y vivir la gran vida. Entrar en hoteles de lujo y que le fien por el morro (la casa invita, señor Torrance).

Torrance acepta un trabajo como vigilante de mantenimiento en el hotel Overlook, en la montaña. Ha de pasar allí los meses de invierno con el hotel vacio y en pleno aislamiento. Alli podra escribir, o intentarlo. Se lleva con él a su mujer Wendy y su hijo pequeño, Danny, que tiene el Resplandor.

El resplandor lleva a Danny a ver y a escuchar y a sentir cosas que no están ahí, o que están ahí pero que nadie percibe o estuvieron en el pasado. Tambien Jack Torrance puede verlas. Las presencias fantasmales del hotel overlook que pertenecen a un rico pasado mundano de fiestas y reuniones sociales, el escenario y la atmósfera de los roaring twenties, esos años veinte mágicamente atrapados en los salones de un apartado hotel de montaña. Los fantasmas rodean y seducen a Torrance, lo atraen hacia sí y el vigilante va enloqueciendo.

Su fantasía es ser un escritor de éxito, vivir, haber vivido, los locos y bellos años veinte. Como Fitzgerald. Su realidad es un matrimonio vulgar, su drama, no asumir esa realidad, ni proponérselo. La presencia de Wendy lo va sacando de quicio. Su esposa es el recuerdo de su vida real. Esto en sí mismo no es ningún hallazgo, le pasa a muchos, pero Kubrick lo cuenta con una especie de horrible elegancia. Y hace de El Resplandor la mejor película de terror psicológico que hayamos visto. Más