Juegos

Víspera electoral de las autonómicas catalanas. Jornada llamada de “reflexión”. Pongo TV3. Se despliega en todo su esplendor la tertulia del Cuní. Cuatro habituales departen sobre los movimientos del pentapartito. El ruido no me deja reflexionar. Finísimos análisis que apenas han variado en los últimos quince años.

La murga del pentapartito suena desde Septiembre o así, momento en el que empezaron a verse los primeros cartelitos del inefable Montilla, proclamando llegada l´hora dels catalans (sic). Desde entonces, hemos asistido a un verdadero despliegue, exposición fotográfica auténtica, del personaje: el catalano-cordobés estrechando la mano de un ciudadano, el catalano-cordobés recortado sobre un fondo agrario,  el catalano-cordobés sonriendo anchamente: espléndido, restallante; el catalano-cordobés encerrado en un despachito atareado con legajos (mientras el ciudadano duerme: la lucecita de la Plaza Sant Jaume). Ningú no fará més pels catalans, proclaman los carteles. Es curioso, la palabra Catalunya, habitualmente extenuada, no aparece por ningún lado: tan solo el poco visitado gentilicio.

¿Y el resto? Mas firma ante notario que no pactará con la Bestia. La Bestia por su parte intenta movilizar patéticamente al abstencionista (como si este fuera imbécil) Aquestes també son les teves eleccions. Carod and Co. apelan al voto catalanista (que no independentista, palabra que suelen rehuir en campaña) y, como no, d´esquerres. El amigo Saura, Bio-Saura, recortado sobre un elegante fondo en blanco y negro -espléndido el diseño del cartel, felicidades- proclama su intachable condición de hombre d’ esquerres i inteligent. Maravilloso

El pentapartito explota al máximo el entramado mediático que de él depende. El Periódico de Catalunya (sic) publica un reportaje sobre los (sic) cinco candidatos a la Presidencia de la Generalitat. El Pais y La Vanguardia se refieren a los cinco partidos que se disputan los escaños del Parlament.

El circulo político-económico-mediático del pentapartito está completamente cerrado. Es él quien delimita el espacio de juego de la teledemocracia catalana. Son como niños (cinco) que cada dos o tres años se disputan los 135 cromos, a ver a cuántos salen por cabeza esta vez (señorita, Arturet me ha tirado de la coleta; Josepet me ha levantado la falda; Señorita, pepito ha dicho una palabrota).

Ja s´ho faran.

Tánger – Morocco

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La frontera, entrar en el Reino de Marruecos por mar. Con un barco de Transmediterránea. Entrar es fácil. La policia de Algeciras ve el granate de tu pasaporte (Unión Europea – Reino de España) y te hacen con la mano un gesto universal: venga, tirando. Hala, al barco, buen viaje. A la vuelta, para reintroducirte de nuevo en tu reino, tras dejar el de Marruecos, la cosa cambia: ha de quedar clara tu nacionalidad. Y mejor no seas oscurito de piel, ya puestos. Las comprobaciones pueden alargarse. Te miran a ti, a tu DNI y a tu pasaporte granate -y las tres imágenes consecutivamente, cotejándolas- y se tiran un cuarto de hora. España-Marruecos: el estrecho, las pocas decenas de kilómetros, las pateras, los engaños, los dramas. Quizá sólo la frontera EEUU-Mexico sea más intensa, acalorada, problemática.

Una vez allí, en el suelo magrebí, una vez superado el atolondrado escrutinio de la Policía local (las maletas por el suelo, todo fuera del remolque, venga): empiezan los vagabundeos, tras negociar unos dias de estancia en uno de los Hostales cercanos a la Bahía. Habitación amplia, modesta. Terracita. Buena vista. Abajo, la calleja serpenteante, al fondo una palmerita y el Atlántico.

Lo mejor de Tánger: la bahía recorrida por la antigua Avenida de España (hoy Boulevard Mohammed VI), en la arena de esa playa se tumbaron Paul Bowles y William Burroughs. Merodeó también Ginsberg, creo. Bowles vivía allí, en Tánger, aconsejado por Gertrude Stein. En esa Avenida, ese nuevo Boulevard Mohammed VI, se rodaron unas imágenes de El Cielo Protector, de Bertolucci, sacada de la novela de Bowles. También Capote recaló en Tánger. To Run away from myself, decía. Samuel Beckett se hospedaba en uno de los hoteles de la Bahía.

Lo mejor, también: la Medina. Un topicazo árabe. Callejuelas medievales abigarradas, concurridísimas; estallidos en árabe, teatralidad del regateo, aceitunas, latas de atún, tomates, teléfonos móviles, deslumbrantes naranjas marroquíes…Se movía mi Canon en el bolsillo, gemía casi, pero no me atravía a sacarla en medio de un escenario tan minuciosamente moruno (había leído en la guia visual Marruecos de EL PAIS AGUILAR, mi Corán, que a los marroquíes puede cabrearles que les fotografíen)

Los cafés de la Medina: vacíos, como los del resto de Tánger, ciudad nueva incluida, Pizza Hut (como comprobé el dia siguiente) incluido, MacDonalds incluido. Ramadán obcecado, agotador. En las terracitas de la ciudad medievalizante se apiñaban los lugareños, pero sólo tomaban el sol: nada había en las mesitas. Nada. Ni un agua. El espectáculo se repetía. Ya hablé en el post Tangerine Dream, sobre la dura prueba que para el no musulmán puede suponer querer tomarse un cafetín matinal, un triste zumito.

Superada una primera impresión de suciedad, de ciudad vagamente rufianesca, fui poco a poco percibiendo el encanto innegable, tan escondido. Pero Tánger no tiene nada que ver con las bonitas ciudades europeas de los vuelos Low Cost: clarito como piel de bereber.

Una noche -en realidad eran las siete de la tarde, pero ya todo oscuro- me perdí por la ciudad desconocida. Ninguna calle, ni avenida me llevaba al Puerto, ni al mar, ni al lugar donde me hospedaba. Con horror creciente, recordé historias de perros rabiosos que deambulaban en la negrura noctámbula de las calles de las grandes ciudades de Marruecos. Perros que si te mordían te contagiaban la rabia, que si te mordían te acordabas de no haber suscrito un seguro médico (absurdamente recordé un pop-out molesto que me advertía de ello)

Hay que ver lo mucho que puede alargarse el dinero en este pórtico de Marruecos. Lo baratito que es todo. De pronto uno comprende cosas, deshace dentro de sí mitos, elegantes enigmas, desconciertos algo impostados, de copeo: Welles y Brennan en Andalucia, Bowles en el propio Tánger. ¿Porqué esforzarse en buscar propósitos ocultos? Una habitación en Tánger: 50 dirhams (5 eurillos, doce veces menos que en Londres). ¿da eso alguna clave?

No dudo que también persiguiesen -incluso en algún caso, de manera preferente- la atmósfera de aventura que parecía desprender la Ciudad, la percepción allí del latido del mundo, como alguno de ellos declaró.

A pesar de lo agotador que era a veces procurarse un mendrugo, un vasito de algo, estupefacto, noté que sentía más simpatía por el Ramadán que lo contrario. El deshabitado, aunque glotonamente abierto, Pizza Hut, confirmaba que algunas zonas del mundo se resisten a confundirse, a mezclarse del todo con Occidente o su espuma. Los oigo (las oigo, los imagino): ” ¿Modernidad? Todo lo que quieras tú, mira que revistitas leo (Femmes du Maroc, Cosmopolitan a la magrebí, mucho menos vulgar, eso sí) pero a mi me dejas con mi caftán y mis comilonas nocturnas, mi acercamiento a Dios por los retortijones. Se está muy bien, en el fondo, sujetándose el estómago contra la mesita de un bar hasta que cae el sol. Luego todo cambia. No entendeis.”

Un desafiante Pizza Hut en medio de Tánger, pero ni un alma (sólo la mia, agnóstica y panzuda) en el sábado matinal. Es tiempo de ayuno.

Tangerine dream

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Escribo desde Tánger. Se me ha ocurrido viajar a Marruecos en pleno Ramadán; pese a la presunta modernidad del pais (no olvidemos que en 1987 susurraron entrar en la UE, aunque bien es verdad que nada tiene que ver una cosa con la otra) aqui esa desconcertante prescripción de ayuno se cumple a rajatabla.

Tanto es así que hoy (en mi segundo dia tangerino, primero completo) me ha sido dificilisímo encontrar algun lugar abierto en el que se me sirviese un tímido cafe au lait. Todo bar, pizzeria, restaurant, hallábanse herméticamente cerrados; finalmente pude recalar en un verdadero oasis: el café Metropole, en el que degusté un cafetito junto con otros señoritos coloniales (allí dentro solo se oía español y francés). Fuera arreciaba, ademas del Ramadán, una lluvia rabiosa, desconocida.

La falta de cafeína a mi tambien me tiene rabioso; y el japonés que llevo dentro tambien sufre: la lluvia y el corte que me da estar en un país musulmán dificultan mi habitual paroxismo fotográfico: en París o Londres a estas alturas ya llevaba hechas 100 o 200 fotos; aqui solo llevo unas pocas, míseras.

Bueno, ya seguiré en otro momento con mis Cartas marruecas.