Cálida velada familiar en el Puerto de Segur

Calafell, agosto. Chalet familiar. Hartos del agosto torrencial, amazónico y de su reclusión obligada, nos llegamos los tres (mi padre, Carmen y servidor) al pueblito vecino, nos internamos en la espesura del puerto de Segur. Con espanto, nos percatamos de que cada vez el paraje se parece más a la Villa Olímpica de Barcelona. Había una cantidad tal de guiris y de domingueros de agosto que apenas podía darse un paso. En medio de la confusión, del horror y del desconcierto, cometimos la imprudencia de sentarnos en la terraza de un horrible local pórtico -de puerto, de gilipuerto-  en la que cándidamente nos dispusimos a cenar. En el aire sonaba una música precursora de desastres, para cualquier sensibilidad atenta. Una rápida ojeada a la “carta” me confirmó lo peor: platos combinados, bocadillos, tapas, etc.

Incómodos, confundidos, devoramos patatas bravas, chorizitos fritos, pinchitos, calamares, nos regamos con aguita, cerveza y vinito. La grasienta, hacinada ocurrencia portuaria me costó (a mí, al menda) 31 euros.

Con más hambre de la que traíamos (gatuna, canina y aún lobuna), nos recogimos para cenar -en casa- como Dios Manda. Yo reflexionaba, absorto y preocupado, durante el camino de regreso. Segur, Calafell, Cubelles incluso, se han vendido, se han abierto de piernas. Pero Cunit aguanta, conserva la virtud, no nos bajamos las bragas: mantenemos a raya al guiri,al findesemanero, al agostero, al chancletero, al bermudero, al tipo que entra en los comercios sin camiseta.

Aunque sea al coste de mantener la zona marítima cunitense en un estado de insólito cutrerío, que destroza nuestra imagen desde los trenes, desde el imaginario playero.